El jueves 18 de junio de 2015 se celebró la enésima reunión del Eurogrupo dedicada a solventar el problema de la deuda pública griega, sin que se lograra ningún avance. En consecuencia, se ha programado una reunión extraordinaria del Consejo Europeo para el lunes 22 de junio.

 El principal escollo entre el Gobierno griego y sus acreedores parece ser la reforma del sistema de pensiones, y en parte también los tramos del IVA. Según la Comisión Europea, Grecia gasta muy por encima de la media comunitaria en pensiones, como porcentaje del Producto Interior Bruto (PIB), quizás olvidando que el PIB griego se ha contraído del orden el 25 por ciento desde el principio de la crisis, mientras que lógicamente el número de pensionistas no se ha reducido en la misma proporción (más bien lo contrario, debido a la evolución demográfica y el mayor número de prejubilaciones entre los parados mayores). Lo que no quita que haya que corregir abusos e incoherencias del sistema de pensiones griego, como las jubilaciones de trabajadores en activo antes de los sesenta años, en la medida en que se den.

Parece en cualquier caso exagerado situar a la Eurozona al borde del precipicio por las discrepancias en torno al sistema de pensiones, si en efecto hubiera acuerdo en el resto de materias. Es común caracterizar la negociación entre Grecia y el resto de la Eurozona como el llamado «juego de la gallina», en el cual dos coches se dirigen uno contra el otro en una carretera y pierde el menos valeroso, «cediendo» y cambiando de carril. Si en efecto tomamos la teoría de juegos que popularizara el recientemente fallecido John Nash, como instrumento analítico para predecir el resultado final, es preciso identificar cuál de los dos jugadores tiene más que perder si el choque acaba produciéndose, fundamentalmente en la forma de una suspensión unilateral de pagos por parte del Gobierno griego que conlleve una salida de la Eurozona:

 

Eurozona Grecia
Elevadas pérdidas financieras por impago de la deuda Pérdida de acceso a la financiación internacional
Contagio financiero a otros países (España, Italia, etc.) Abandono del euro y devaluación monetaria
Pérdida de credibilidad en la irreversibilidad del Euro Encarecimiento de las importaciones
Debilitamiento político del proyecto europeo Empeoramiento de las relaciones políticas

 

De la lectura de esta tabla indicativa, es evidente que ambas partes tienen mucho que perder; si no se alcanza un acuerdo el coste que tendrá que soportar Grecia y el resto de la Eurozona es muy elevado.

Una suspensión de pagos unilateral por parte del Gobierno griego obligaría a Atenas a introducir simultáneamente controles de capital para frenar la consiguiente fuga de depósitos que dejaría al sistema financiero sin liquidez. Asimismo, tendría que mantener un presupuesto en equilibrio, financiado únicamente con impuestos, y con la deuda pública que estén dispuestos a comprar sus propios ciudadanos y bancos (en la medida en que no quiebren ante la falta de acceso a las líneas de crédito del Banco Central Europeo), ya que no podrá obtener recursos de parte de prestamistas internacionales (públicos o privados). Si como parece previsible, y en respuesta al impago, Fráncfort cortara la financiación a los bancos helenos, el banco central de Grecia se verá obligado a emitir su propia moneda, complicando la opción de mantener el euro aun cuando técnicamente seguiría formando parte de la unión monetaria.

En este escenario de introducción de una moneda nacional, se produciría una inmediata devaluación de salarios, pensiones y ahorros, posibilidad que los ciudadanos griegos conocen de sobra y razón por la que se oponen a salir de la Eurozona con la misma energía con la que rechazan las recetas de la Troika. Las importaciones de materias primas se encarecerían sustancialmente, si bien las exportaciones podrían beneficiarse de un cierto auge (sería éste el único desarrollo positivo derivado de abandonar el euro). Finalmente, Grecia sufriría un importante enfriamiento de sus relaciones políticas con el resto de sus socios europeos como consecuencia del impago unilateral de la deuda pública.

Las consecuencias no serían menores para la Eurozona en su conjunto. La quiebra del Estado griego provocaría inmediatamente, por efecto contagio, feroces ataques especulativos contra la deuda pública española, portuguesa e italiana, lo que podría contrarrestarse por parte del Banco Central Europeo con compras masivas de bonos. Lo que no podrá compensarse es la fenomenal pérdida en términos financieros para todos los países de la Eurozona por el impago griego. Como quiera que Grecia pide ahora una mejora de los términos financieros, una quita unilateral sobre el total es desde luego mucho peor que acordar un plazo de amortización más largo. Casi más grave, la salida de Grecia del euro supondría un grave precedente que pondría en cuestión la irreversibilidad del euro y del propio proyecto de construcción europea.

Todo sumado, ambos «jugadores» tienen poderosos incentivos para ceder, siendo por tanto muy posible que haya una cesión mutua, aun cuando seguramente quien tiene más que perder es la Eurozona. Al fin y al cabo Tsipras podría convencer al electorado griego de que el coste exigido por la Troika para mantenerse en el euro es demasiado elevado, al tiempo que intentaría una suspensión de pagos parcial (por ejemplo con respecto al crédito con el Fondo Monetario Internacional) que le permitiera seguir en la Eurozona, al menos a corto plazo. Los líderes europeos deben actuar, ahora más que nunca, con el máximo grado de responsabilidad.