Yo no recuerdo haber sufrido un impacto similar en mi infancia. Pero en el mundo en el que le tocó vivir a Susana y a mis otros dos hijos no es imposible que cualquier niño, haciendo zapping en el televisor de su casa, se pueda topar con la transmisión pública de un espectáculo que, a quien lo contempla por primera vez con ojos ingenuos y sin prenociones, ha de parecerle tremendamente cruel e inhumano.

No sé si actualmente está permitido transmitir en abierto este tipo de espectáculos en horas de posible audiencia infantil, ni tampoco sé si en estos momentos hay disponibles en el mercado mandos de televisión programables que permitan a los padres bloquear eficientemente el acceso a aquellos canales en los que puedan darse espectáculos que estimen inapropiados para sus hijos.

Desde luego, la reacción de Susana y de tantos niños españoles como ella es perfectamente lógica. Y creo que el número de personas como Susana cada vez será más numeroso en España. De hecho, creo que ninguno de mis hijos, ni de sus amigos, ha ido nunca a una corrida de toros. Y, por lo tanto, no sé si podrán hablar de esta antigua tradición española con suficiente conocimiento de causa. Pero tampoco sé si ello les preocupa en especial. Simplemente ven la fiesta de los toros como un espectáculo cruel y un anacronismo que acabará desapareciendo.

Sin embargo, yo sí he acudido más de una vez a un espectáculo taurino y, aunque no padecí tal tipo de impresión infantil, sí puedo hablar de tal cuestión con cierto grado de conocimiento, aunque con nula empatía.

Desde luego, la pretensión de algunos nacionalistas catalanes de mezclar la crítica a los toros con extraños propósitos políticos es un auténtico desatino, que no hará sino despertar simpatías y reacciones allí donde no las había. Pero esa es en realidad una cuestión colateral.

La cuestión central es, ¿por qué persiste aún una costumbre tan atávica y sangrienta prácticamente sólo en España y en los países latinoamericanos que han recibido nuestra herencia cultural? Si un antropólogo con suficiente capacidad de neutralidad y distanciamiento analizara esta práctica ritual, lo primero que destacaría es su estricto acotamiento geográfico. Incluso un poco más allá de las fronteras formales de Francia y de Portugal.

La mayor parte de los argumentos que se están manejando en este debate revelan que estamos ante una cuestión que no es fácil que sea abordada sin fuertes componentes emocionales y/o irracionales, incluso por personas que en otros asuntos dan cumplidas muestras de inteligencia, equilibrio y sentido común. Lo cual, indica que estamos ante algo verdaderamente atávico.

Entre los defensores de la fiesta, por lo general, predominan los argumentos colaterales y de elevación al absurdo. Por ejemplo, estos días abundan los razonamientos del tipo de “también a los pollos se les trata cruelmente en las granjas de crianza” y “a las ovejitas y a los cerdos se les acuchilla o electrocuta sin piedad”. Pero que yo sepa en ninguno de estos casos se sigue un ritual de heridas progresivas, sacrificio, humillación y muerte, ni se realizan transmisiones por televisión. Amén, claro está, de la legitimidad –también– de todas las críticas que puedan realizarse al maltrato de otros animales. Críticas en las que por supuesto hay que ser capaces de reconocer una sensibilidad propia de seres cada vez más civilizados.

Por eso, me parece que el único argumento serio a favor de la fiesta es el que resalta su carácter de “tradición” y de “arte”. Lo segundo, desde luego, no se puede negar, ni tampoco lo que pueda tener de valentía y de coraje, casi de epopeya, en un lance peligroso, por parte de personas que realmente se juegan la vida. Lo cual me parece algo excesivo y totalmente inapropiado. ¿Qué pensaríamos y diríamos si en el residuo que aun se mantiene en nuestras sociedades de los espectáculos de gladiadores –el boxeo– el combate comprendiera el uso de armas y utensilios cortantes que implicaran un peligro para las vidas humanas? Y, por cierto, el boxeo también me parece una salvajada. En ocasiones implica riesgos ciertos para la salud, incluso con el resultado de muerte.

Por lo tanto, el espectáculo por el espectáculo, y el valor por el valor, creo que no debiera manejarse como argumento favorable por personas civilizadas. Y si se usa, ¿dónde se ponen los límites?

Tampoco el argumento de la tradición y la costumbre lo puede justificar todo. ¿Somos conscientes realmente de todas las tradiciones que ha superado –y erradicado– felizmente la especie humana en el camino de su evolución civilizadora? De hecho, la fiesta de los toros tiene un origen evidente en las prácticas y ritos de los sacrificios realizados en el marco de algunas religiones primitivas. Muy verosímilmente en los asociados al culto de Mitra, en el que la sangre del toro cumplía una función iniciática y purificadora. Y posiblemente todo ello combinado en el tiempo con las prácticas de habilidad de los pastores y criadores de ganados, en sociedades que eran muy diferentes a las actuales en muchos aspectos.

De hecho, en algunas fiestas populares (sobre todo en España) aun se continúan practicando ritos crueles con animales, y en algunas religiones que han persistido hasta nuestros días todavía se mantiene la retórica de los sacrificios. Aunque hace tiempo que no se inmolan animales en los altares. ¿Por qué? Sencillamente porque se consideran prácticas poco humanas y civilizadas, que progresivamente fueron cayendo en desuso. ¡Y eso sí que eran tradiciones arraigadas!

Eso es precisamente lo que me parece que acabará pasando con la fiesta de los toros, que irá cayendo en desuso, porque la sensibilidad de mucha gente, sobre todo entre las nuevas generaciones, destacará más lo que tienen de espectáculo cruel, sanguinario y violento, que lo que tienen de arte y ejercicio de valentía. Y así, poco a poco, más allá de la atracción causada por algunas figuras destacadas, la fiesta perderá seguidores y quedará relegada poco más que a la condición de un espectáculo singular para turistas, curiosos y algunos aficionados irreductibles. De hecho, me cuentan que los tendidos cada vez están más llenos de “guiris” y “japos” que no paran de hacer fotos, entonar olés deslucidos y aplaudir a destiempo.

Pero lo de prohibir la fiesta, como tal, eso sí que me parece que es otro cantar. ¿Quién será el empresario taurino que ha convencido a algunos conspicuos nacionalistas catalanes de tal propósito?