La idea que debe presidir el próximo Congreso del PSOE, a mi modesto entender, es la idea del Partido Socialista de Europa. Si algo hemos aprendido en los últimos años los socialistas españoles es que contar con un Gobierno nacional y una amplia mayoría en el Parlamento nacional no proporciona la influencia necesaria para ejecutar un programa de políticas progresistas. Los objetivos del ideario socialista no pueden alcanzarse desde el poder democrático de un solo Estado, sobre todo si ese Estado corresponde a una economía de potencia media-baja como la española.

La crisis económica ha venido acompañada de un grave aumento de las desigualdades sociales y de un retroceso democrático muy significativo en el seno de Europa, otrora referencia de progreso y desarrollo humano para el resto del mundo. La causa de esta realidad hay que buscarla en la acción global de los grandes poderes económicos y financieros, con la cobertura y complicidad de las fuerzas políticas conservadoras.

Mientras tanto, las fuerzas progresistas han limitado su débil respuesta al ámbito impotente de los Estados nacionales. La ausencia de un discurso y de una estrategia socialdemócrata transnacional está facilitando la imposición de un recetario derechista en el combate a la crisis. Y llama la atención la falta de una respuesta común y contundente del socialismo europeo ante una dinámica, liderada por el binomio conservador Merkel-Sarkozy, que alargará inexorablemente la crisis y agravará sus peores efectos sobre el paro y los retrocesos sociales.

Los grandes ideales de la socialdemocracia europea están más vigentes que nunca, porque nunca estuvieron tan amenazadas entre los europeos las más celebres conquistas históricas de la libertad, la igualdad, la justicia social y la democracia. Pero, a diferencia de los tiempos pasados, ya no basta con que los socialistas alemanes, franceses, suecos o españoles combatamos cada cuál desde nuestra trinchera para mantener y ampliar el territorio conquistado. O los socialistas de Europa actuamos como un solo ejército, o perderemos definitivamente esta guerra.

La derecha europea impone este fin de semana su binomio mágico frente a la crisis: austeridad y disciplina fiscal. Es la receta que conviene a los poderes financieros, pero supone una condena cierta a la recesión económica, el paro y la quiebra social para la mayoría de los europeos. Los socialdemócratas de varios países, como Rubalcaba en España, han planteado alternativas: una reducción flexible de los déficits públicos, compatible con planes de reactivación económica y la consecución definitiva de un auténtico gobierno económico para la Unión Europea, que impulse los eurobonos, que regule los mercados financieros, que imponga un régimen fiscal común y progresivo (incluyendo la tasa sobre las transacciones financieras), que ejecute un plan agresivo de inversión pública para estimular la demanda agregada…

Las ideas no faltan. Algunas surgen país a país, como el “nuevo contrato social europeo” que proponen los sindicatos españoles. O el “plan de rescate social” que plantean los socialistas franceses. O “la fiscalidad justa” que han promovido los socialdemócratas alemanes en su reciente congreso. Otras ideas llegan allende los mares, como ese “Pacto Nacional contra la Desigualdad” que impulsa Obama en los Estados Unidos. Pero ni aquellas iniciativas ni estas ideas llegarán a nada serio si no se plantean desde un instrumento serio de poder democrático, como el Partido Socialista de Europa.

Los grandes retos son de índole global, nuestros adversarios también lo son, y las únicas herramientas útiles para afrontarlos desde los principios de la izquierda han de trascender necesariamente las fronteras nacionales.

En consecuencia, el futuro del partido socialista español pasa inevitablemente por el presente del partido socialista de Europa. Aquí y en todos los rincones del continente.

Hagamos de esta idea una bandera a blandir en el próximo Congreso del PSOE. Y hablemos después de los nombres, porque habrá que hacerlo…