La actitud de la Casa Blanca es razonable, aunque algunas críticas también lo sean. Hay motivos para exigirle a China ciertas garantías de comportamiento, si quiere que se le reconozca internacionalmente su liderazgo en el concierto mundial. La cuestión es cómo conseguirlo. Y en este punto es donde el “método Obama” no es necesariamente compartido por tirios y troyanos, por conservadores y progresistas, por occidentales y por los opositores chinos. Ni siquiera está claro que la nomenclatura china se sienta a gusto.

El aparato chino no ha facilitado la estancia de Obama. Quizás temerosos de que el encanto del joven presidente precipitase unos entusiasmos indeseables, los funcionarios chinos restringieron al máximo movimientos, exhibiciones y despliegues del ilustre huésped. Todo lo que no fueran contactos oficiales fueron resultaron eliminados, o recortados, controlados y codificados de forma asfixiante (encuentros con jóvenes, o con bloggeros, entrevistas con sectores sociales, apariciones informales, etc.). El muy prudente Hu Jintao y sus mandarines dejaron claro a Obama que no querían sorpresas mediáticas. El presidente norteamericano, fiel a su estilo respetuoso, aceptó. No sin resignación.

Esta aparente docilidad de la Casa Blanca no ha sido precisamente bien comprendida. Algunos protagonistas de la nueva sociedad china situados en los márgenes o abiertamente opuestos al sistema se han quejado no sólo de las presiones oficiales, sino de la actitud huidiza de los norteamericanos. EL NEW YORK TIMES nos ha ofrecido estos días algunos testimonios. Miembros de la Casa Blanca sondearon a algunos de ellos para un encuentro con el presidente o para otras actividades informales y luego, cuando los jerarcas consiguieron imponer el veto, no volvieron a llamar para excusarse y suspender el proyecto. Destacados disidentes, opositores o figuras de referencia de la apertura han expresado sin ambages su decepción.

En Estados Unidos, desde la derecha y desde la izquierda, se escuchan voces críticas. Los conservadores recuerdan que Bush (pero también Clinton) no se amedrantaron por esas protestas indignadas de Pekín y evocaron el asunto de los derechos humanos y las libertades políticas e individuales. Algunos, citados por el WASHINGTON POST, aseguran que Obama ha podido despilfarrar el esfuerzo de años anteriores. Los progresistas intentan comprender a la administración, pero no ocultan cierta incomodidad, porque advierten esa misma actitud evasiva en otros asuntos internos que exigirían más decisión y compromiso.

La posición de la Casa Blanca se basa en el convencimiento de que la presión sólo empeoraría las cosas. Pero el asunto de fondo no es una cuestión de estilo. La clave no es la debilidad de Obama, sino la debilidad actual de Estados Unidos. No presiona porque no quiere, sino porque no puede. Después de todo, es China la que está sosteniendo la estabilidad de la macroeconomía norteamericana, como le recordaba estos días el SHANGHAI MORNING POST.

Obama ha propuesto a China una estrategia compartida de partenariado para el liderazgo mundial. No porque simpatice con la visión del mundo que se proyecta desde Pekín, sino porque sólo desde allí se dispone de capacidad similar a la norteamericana para ejercer esa responsabilidad. Es una especie de tácito nacimiento del G-2.

Alguien ha visto en este planteamiento la recuperación de un mundo bipolar. No se trata de eso. Obama parece sinceramente fiel a una visión multilateral. No pretende regresar al viejo esquema de la guerra fría de dos superpotencias al mando del mundo. En los sesenta, después de la resolución de la crisis de los misiles de Cuba, Kruschev propuso la Coexistencia Pacífica, un concepto por el cual cada superpotencia se comprometía a aceptar a la otra y a reconocer sus intereses legítimos. Esa estrategia, con altibajos, se mantuvo hasta la desaparición de la URSS.

Ahora, con China, superada aparentemente la amenaza de la destrucción mutua, se trataría de edificar una suerte de Coexistencia Interesada. Se trataría de combinar la multilateralidad en las relaciones internacionales con esta bipolaridad difusa, no tanto basada en la fuerza disuasoria de los arsenales militares, sino en el juego de intereses pragmáticos dominantes en este mundo de las postideologías.

En este esquema, sin embargo, lo que interesa a Washington no es necesariamente lo que interesa a Pekín. Hay dos categorías de asuntos: los globales y los regionales. En todos ellos, los desacuerdos son más sonoros que los puntos de encuentro. Son conocidas las dificultades de Washington para conseguir el apoyo chino para coordinar la presión sobre Teherán y Pyongyang por sus respectivas ambiciones nucleares. O las desavenencias sobre el reparto de responsabilidades en la detención del deterioro medioambiental. Por no hablar del malestar que provoca en Washington la política monetaria china, aunque Obama también se haya abstenido de airearlo en Pekín. A este respecto, resultan muy interesantes dos artículos recientes de Paul Krugman y del semanario THE ECONOMIST, que comparten algunas conclusiones aunque se sitúen habitualmente en posiciones ideológicas bien distintas.

Pero lo que resulta extremadamente difícil de manejar para Obama son los asuntos que Pekín considera intratables, los internos, podríamos decir: la gestión de los derechos humanos en el interior de China, los conflictos étnicos en Xinjiang, la situación en Tíbet o la seguridad de Taiwán. Obama no puede ignorarlos sin arruinar su prestigio internacional. Su respuesta, como parece haber hecho estos días con Hu, es colocarlos fuera del escrutinio público, según han tratado de explicar con discreción sus asesores más próximos.

Los asesores de Obama admiten que el presidente no se trae de Pekín compromisos concretos, pero rechazan el balance de manos vacías. Leyendo entre líneas, la administración convierte su diálogo con Pekín es su tarea más estratégica y seguramente se da todo el mandato para encauzarlo. Es un método distinto al propagandístico empleado por Nixon en 1972, cuando se inauguró el diálogo chino-norteamericano.

Parece inevitable que numerosas organizaciones cívicas se sientan desplazadas y que ciertos valores idealistas se perciban sacrificados en el altar del pragmatismo. A Obama le costará explicar que no los abandona, sino que ha considerado otra forma más eficaz a largo plazo de hacerlos prevalecer.