En Corea del Sur se ha registrado una exaltación nacional, también previsible. En el incidente murieron 46 marinos, lo que la convierte en la mayor desgracia naval de Corea del Sur desde la guerra de 1950-1953. Uno de los principales diarios del país, el CHOSUN ILBO, asimilaba la «agresión» norcoreana a una «declaración de guerra». Otros medios locales no han dejado de evocar el derribo, en 1983, de un avión de pasajeros surcoreano, atribuido a agentes norcoreanos, que costó la vida a más de un centenar de personas y provocó el periodo de mayor tensión entre Washington y Moscú, durante los primeros años del mandato de Reagan.

El gobierno de Seúl adoptó inmediatamente represalias económicas bilaterales contra su rival del norte, pero demandó sanciones complementarias «enérgicas» a la comunidad internacional, hasta que Corea del Norte «admita su culpa y se comprometa a comportarse como un miembro responsable de la comunidad internacional». Naturalmente, esto último parece lo único imposible de conseguir de las autoridades norcoreanas.

El régimen de Kim Jong-Il se atuvo al guión tantas veces escrito por su aparato de propaganda. Calificó de «fabulaciones» el resultado de la investigación, a las represalias bilaterales respondió con la «ruptura de las relaciones económicas entre los dos países» y a la eventual adopción de sanciones internacionales replicó con el consabido tono amenazador de recurrir a una «guerra generalizada».

El tremendismo del lenguaje verbal no impresiona a casi nadie, teniendo en cuenta el historial del régimen norcoreano. Sólo una gestión lamentable podría provocar que la «crisis» se saliera de control. El propio presidente surcoreano Lee Myung-Bak, después de aplacar a los a su frente interno más indignado, aconsejó «prudencia», sin rebajar por ello la exigencia firme de una respuesta coordinada y consensuada por las principales potencias regionales. Como medida cautelar, el Ministerio de Transportes surcoreano ha prohibido a sus aviones atravesar espacio aéreo norcoreano, para evitar cualquier provocación que pudiera reavivar la escalada.

Tan obvio resulta que ambas Coreas están agotando esta fase desafiante que empieza a ser evidente el deseo mutuo de no poner en peligro las cosas de comer. La zona industrial conjunta de Kaesong sigue funcionando a pleno rendimiento, como atestigua un reportaje publicado por el WALL STREET JOURNAL. Este complejo reúne a 120 empresas surcoreanas implantadas en territorio norcoreano fronterizo con el Sur y da trabajo a 40.000 norcoreanos y apenas a un millar de sus vecinos meridionales. El valor de sus productos es aún modesto, unos 250 millones de dólares, pero se trata de la operación más emblemática del deshielo intercoreano, iniciado a finales de siglo.

Pero que la tensión no haya traspasado de momento el umbral de la retórica no quiere decir que el asunto no merezca cierta preocupación de las grandes potencias regionales. La Secretaria de Estado Clinton, que se encontraba en Pekín (¿pura causalidad?) cuando se dio a conocer el resultado de la investigación, abordó inmediatamente con las autoridades chinas la adopción de medidas sancionadoras, antes de viajar a Seúl para escenificar una declaración de apoyo sin reservas a Corea del Sur y elogiar la «firmeza prudente» del presidente Lee.

EL PROBLEMA NO ES COREA SINO CHINA

Clinton no pudo, en cambio, asegurar a sus aliados surcoreanos que Pekín hubiera sacado todas las conclusiones lógicas del incidente naval. Dicen los colaboradores de la Secretaria de Estado que los chinos se mostraron muy receptivos («dispuestos a trabajar con Estados Unidos y otras partes», fue la fórmula empleada) pero en ningún momento asumieron los resultados de la Comisión internacional. Como suele ser habitual, dejaron en el aire su posición, para ganar tiempo y que el debate se prolongue hasta la inevitable sesión del Consejo de Seguridad.

China no sólo protege diplomáticamente a Corea del Norte. En realidad, contribuye decisivamente a alimentar a sus habitantes, proporciona la energía que necesita su arruinado aparato productivo y sostiene material y militarmente al Estado. No lo hace sólo por solidaridad con un viejo aliado comunista. La existencia de un peón con las características de Corea del Norte resulta de gran utilidad para la superpotencia asiática en la gestión del equilibrio regional. Pekín confía en poder seguir administrando los tiempos. Que la quebradiza salud del máximo mandatario se extinga, poner en el poder en Pyongyang a su favorito -que se ignora si es el mismo que el de Kim: su tercer hijo, Kim Jong Eun-, y asegurar una transición ordenada.

Estados Unidos considera justificadas las aprensiones chinas, de ahí que su demanda de aquiescencia para las sanciones se realice en un tono cauteloso. Washington comprende la necesidad de dar una satisfacción a Seúl y de mandar un mensaje inequívoco a Pyongyang, pero lo que le importa sobre todo es no complicar la neutralización de las ambiciones nucleares norcoreanas. Por otro lado, como resalta LE MONDE, a los norteamericanos les resulta de gran utilidad el protagonismo de Pekín, porque el Ejército Popular chino es la principal fuente de que dispone la inteligencia norteamericana para orientarse sobre lo que ocurre en Corea del Norte.

En las páginas del NEW YORK TIMES, algunos analistas de cuestiones estratégicas e internacionales pertenecientes a universidades y «think-tanks» chinos creen advertir el hartazgo de Pekín ante el «gamberrismo» de Kim Jong-Il y consideran que ha llegado el momento de ponerlo contra las cuerdas para que no ponga en peligro los intereses estratégicos chinos a largo plazo.

El problema es que el tutor no pueda controlar enteramente al pupilo, si éste pierde definitivamente los papeles o si se empeña en prolongar innecesariamente un clima de tensión. Los chinos temen que las presiones internacionales precipiten un final «prematuro» del agotado régimen, creando un escenario descontrolado de violencia y aluvión de refugiados hambrientos llamando a las puertas de China.