Detrás de la adhesión de Obama a la ‘regla Buffet’ late el cálculo de que puede tratarse de un arma directa muy eficaz contra su competidor republicano. Romney soporta una fiscalidad de chiste. Su fortuna procede de las ganancias de capital, que están gravadas sólo con un 15%, pero paga un punto menos, según su última declaración fiscal, por exenciones y descuentos varios. Además, es sabido que la actividad profesional del candidato republicano se ha basado en liquidar empresas y despedir trabajadores.

Por tanto, estamos ante un escenario de ‘Hombre rico, hombre pobre’, por decirlo de modo coloquial. Obama aparece más que nunca en sintonía con la base demócrata, desde su elección hace tres años y medio. Pero los medios progresistas temen que esta estrategia tenga fundamentos demasiado oportunistas. Los comentaristas más críticos con el sistema le reclaman que profundice en sus propuestas de nivelación social.

UN RETROCESO DE MEDIO SIGLO

Estados Unidos ha vivido un proceso de desigualdad social como no se conocía desde los años veinte. Los datos son aterradores. Según el último censo, LA MITAD DE LOS NORTEAMERICANOS SON POBRES O DE RENTA BAJA. Poca gente en Europa es consciente de ello. Peor aún: la mayoría de los medios de comunicación, de allá y de acá, o desconocen o escamotean este hecho y siguen ofreciendo una imagen distorsionada de la realidad social de Estados Unidos.

A los cincuenta millones de pobres, se unen casi otro centenar más que no llegan a los 45.000 dólares (35.000 euros) de ingresos anuales. Alguien puede pensar que mucha gente en Europa no disfruta de esa renta, pero hay que tener en cuenta que los norteamericanos no disfrutan de servicios básicos gratuitos o a muy bajo coste como los que existen (todavía, e irregularmente) en la Unión Europea.

Merece la pena consignar algunos datos de la evolución registrada desde que comenzó la ‘revolución conversadora’ en el arranque de la década de los años ochenta:

– la renta del 20% de las familias más pobres ha descendido más de un 10%.

– por el contrario, las 5% más ricas han visto incrementarse su renta en un 64%.

– seis de cada diez niños o ancianos viven en alto riesgo de caer bajo el umbral de la pobreza.

– como era de esperar, la raza sigue siendo un factor esencial de la desigualdad: tres cada cuatro hispanos son pobres; les siguen en el ranking de desfavorecidos los afro-americanos.

La actual crisis económica y financiera ha acelerado este proceso de desigualdad. Desde 2007, el número de familias que han descendido a este estadio de riesgo de exclusión social ha aumentado más del 30%.

LA DESPROTECCION SOCIAL

Frente a este panorama social desolador, los sucesivos Gobiernos se han comportado de forma insensible y hasta irresponsable, amparados bien en el supuesto afán de reducir fraudes, bien de aligerar las costas fiscales.

Este fin de semana, THE NEW YORK TIMES ha publicado un extraordinario informe en el que se denuncia el deterioro escandaloso del «welfare state». En el momento actual, cuando más se necesita un sistema ágil y vigoroso de compensación de los estragos causados por la crisis, asistimos a lo contrario: un abandono vergonzoso de los más vulnerables. Según estudios recientes, una de cada cuatro madres-solteras (por tanto, cabezas de familia) están desempleadas y carecen de ayuda social (no son menos de cuatro millones en toda la Unión).

Lo decepcionante es que el sistema de protección social que existía en Estados Unidos desde los tiempos del New Deal no empezó a ser demolido durante los años de Reagan o Bush Sr., sino en los de Clinton. Estimulado por el boom económico, el presidente demócrata de los noventa, desde sus acreditadas posiciones centristas, vio la oportunidad de «acabar con el Estado del Bienestar que hemos conocido», según el eslogan. El propósito era acabar con el abuso o la supuesta tendencia acomodaticia de millones de norteamericanos desfavorecidos. El viejo programa de Asistencia a familias con menores a cargo fue reemplazado por el de Ayuda temporal a familias necesitadas. Consecuencia: ahorro y desprotección.

En los años de bonanza, muchos de los beneficiarios del viejo ‘welfare state» se convirtieron en trabajadores de bajo nivel, regular o mal pagados, pero salarialmente independientes. Cuando la crisis estalló, los nuevos parámetros de la asistencia social crujieron y las Administraciones (la federal y las estatales) no respondieron adecuadamente.

La investigación previa ha demostrado algo todavía más insultante: que parte de los menguados fondos destinados inicialmente a la atención social se han empleado, en la práctica, en otras finalidades, lo que ha agravado la situación de desamparo y desprotección.

En 2008, Obama se mostró partidario de esta reforma a la baja de la protección social, seguramente para ganarse el apoyo de la clase media que no creía estar expuesta a los riesgos de la exclusión. Ahora tiene la oportunidad de revisar algunas de sus posiciones en esta materia y hacer mucho más consistente su oferta de justicia fiscal.