Óscar Aibar nos ofrece en su tercer largometraje, una película que sin ser redonda, logra contarnos una historia real de forma fresca y muy entretenida. Sin duda, su planteamiento inteligente a la nostalgia nos hace perdonar sus debilidades.

“El gran Vázquez”, su historia nos traslada a Barcelona, finales de los sesenta. Cuando el genial dibujante Vázquez está en su plenitud profesional con sus personajes ?las hermanas Gilda, Anacleto, la familia Cebolleta…?, triunfal entre los tebeos de la Editorial Bruguera. Mientras, el mejor dibujante de tebeos de España disfruta de lo que quiere cuando quiere, no paga nada, esquiva con ingenio a sus acreedores, burla y tima a sus jefes y se casa alegremente, coleccionando una familia tras otra. Surge lo que la racionalidad impone, un gris contable de su editorial decide que debe pasar por el aro como todo hijo de vecino. No será tarea fácil: para el gran dibujante, pero tampoco para el tecnócrata, aunque al final salga triunfante.

Mi generación y yo en particular, no podemos ser neutrales a la hora de valorar esta cinta. Porque, cada semana nos asomábamos a las páginas de los tebeos de la editorial Bruguera como si se tratara de un soplo de aire fresco. Era uno de los momentos más esperados. Y desde luego, más allá de la hegemonía de Mortadelo, Filemón y todos los personajes surgidos del lápiz de Francisco Ibáñez, el nombre de Manuel Vázquez destacaba sobre todos los demás, quizá el mejor dotado para el dibujo y con un sentido del humor que trascendía lo que se suponía sólo para el público infantil.

Óscar Aibar se ha dado cuenta que bajo el logotipo de la editorial Bruguera, de sus numerosas publicaciones y del mundo del cómic en general de esa época, se ocultaba un mordaz análisis sociológico de la sociedad española. Una evocación descriptiva de las inquietudes, los miedos y los sueños de una ciudadanía que empezaba a bostezar en la decadencia franquista. El imparable impulso individual y colectivo de una España temerosa con sus represores y sus impuestos catecismos. Los tebeos eran un auténtico torrente de páginas que ofrecían semanalmente el reflejo de una sociedad que apenas despertaba al consumo, con la ilusión de apuntarse a la cola para recibir un 600 al cabo de dos años (por supuesto, a pagar en cómodos plazos).