En 2006 se gastaron 1,2 billones de dólares en armamento, mientras que se desperdició comida por valor de 100.000 millones de dólares y el exceso de consumo por parte de las personas obesas ascendió a otros 20.000 millones en todo el mundo. Frente a este espectáculo, “¿cómo explicamos a personas con sentido común y buena fe que no es posible encontrar 30.000 millones de dólares al año que permitan a 862 millones de personas hambrientas disfrutar del más elemental de los Derechos Humanos: el derecho a la alimentación, y por tanto el derecho a la vida?”. Esta pregunta se la hacía Diouf y nos la hacemos muchos. El avance del hambre en el mundo ya ha tenido trágicas consecuencias sociales y políticas en diferentes países y podría poner en peligro aún más “la paz y la seguridad mundiales”, porque el dilema de la inseguridad alimentaria es un asunto político. Es una cuestión de prioridades de cara a una de las más fundamentales necesidades humanas. Y son los Gobiernos con sus decisiones los que determinan el reparto de los recursos.

El momento de la acción ha llegado. Las causas de la mayor escalada de los precios de los alimentos de los últimos treinta años están suficientemente claras: la subida del precio del crudo, la utilización de los biocombustibles, el crecimiento de la población, el cambio en la dieta de países como China e India, el desastre ecológico, malas cosechas, sequías… Se acabó por lo tanto el tiempo de discutir, se necesitan soluciones ya, medidas eficientes que reduzcan la diferencia entre la oferta y la demanda. Es necesario incrementar la producción y la productividad en los países de bajos ingresos, para lo que urgen acuerdos entre países que tienen recursos financieros, capacidad de gestión y tecnología, y países que tienen tierra, agua y recursos humanos.

Lea la entrevista a Jacques Diouf en el número 162 de la revista Temas y el número monográfico sobre «Los problemas del hambre»: Temas 161