A muchos, seguramente nos ha sorprendido ver al autor de esta novela histórica, adentrarse en un ámbito donde no le relacionamos habitualmente, pero, ahora entraremos en ello, la sorpresa es mayor al percibir el amplio conocimiento de la etapa histórica, muy analizada desde la arqueología, pero poco divulgada en el marco de nuestra historia, que presenta Arturo Gonzalo Aizpiri, y sobre todo la imaginación puesta al servicio, habitualmente de algo tan concreto como las ciencias ambientales, ahora se manifiestan de manera no menos intensa en la literatura.

Seguramente es difícil entender esta novela si previamente no nos situamos geográfica y culturalmente, por lo que la primera sugerencia que hacemos para una mejor comprensión y dimensión de esta novela histórica o historia novelada (lo explicamos brevemente más adelante), es ir a la página 379 y ver la “Nota del autor”, donde se ponen de manifiesto parte de las claves que nos permitirán una lectura más convincente y sobre todo algo que hace el autor con gran habilidad dar cuerpo de realidad a lo imaginado.

Es una interesante narración la que nos ofrece el autor de El heredero de Tartessos, distinguiéndose la narración de la historia, lo que le da un valor al representar una situación que diferencia narrador y novelista. Pero hay algo que no podía faltar, conociendo la trayectoria profesional de Arturo: su descripción entre la humanidad y su entorno.

Estamos acostumbrados a ver que la literatura relacionada con el medio ambiente esta realizada especialmente con ensayos filosófico – literarios. Pero en esta novela vemos como el autor es capaz de plasmar en su relato las reflexiones producidas en su observación de la naturaleza. Se percibe un proceso emocional trasmitido de su relación con la naturaleza y proyectado en el relato, lleno de pequeños detalles, por los que la naturaleza muestra su belleza. No hay que rebuscar, a lo largo del texto podemos encontrar innumerables ejemplos como el siguiente párrafo de la pag. 140: “Los tres corrieron pendiente arriba hasta alcanzar la cima. Hacia poniente se abría a sus pies el claro del bosque desde el que sus caballos los observaban atentamente, inmóviles junto a los túmulos; hacia levante tenían una perfecta visibilidad del río y el cruce de caminos.” No parece una descripción de un químico al uso, más bien parece una descripción geográfica.

La novela histórica que tiene sus comienzos en el XIX y que a lo largo del siglo XX había perdido fuerza, al menos en España, ha comenzado el siglo XXI con una gran difusión del género. Estamos, en mi opinión, ante una auténtica novela histórica, pues se percibe la abundante documentación , preparación y erudición que hay detrás del relato. Hay algún momento en que se atisba algún rasgo de historia novelada, pues el autor intenta aportar alguna conclusión sobre diferentes interpretaciones en la investigación de algunos elementos del periodo. El propio prologuista del libro, Enrique Baquedano, hace hincapié en este elemento: “Inicié la lectura más atento al gazapo histórico o arqueológico que a la propia trama, pues pensé que requería de mi más como supervisor arqueológico que como crítico literario, y pronto me vi sorprendido por la abundante documentación histórica y las fuentes clásicas que Arturo Gonzalo Aizpiri ha tenido que manejar para encajar los sucesos en la Iberia prerromana.”

Es, posiblemente, la síntesis que nos ofrece la contraportada, el mejor aliciente para invitar a la lectura de una obra que puede abrir las puertas a la divulgación de una parte de nuestra historia:

“Una tarde de comienzos de verano, junto a un cruce de caminos en el corazón de los montes ólcades, un joven celtíbero es testigo de un combate entre soldados cartagineses y guerreros oretanos. El celtíbero se ve impulsado a tomar partido, y esa decisión lo conducirá a conocer aspectos insospechados de su propio pasado y a jugar un papel protagonista en los trascendentales acontecimientos que están a punto de cambiar el destino de Ispania.

La huella del legendario reino de Tartessos, el avance irresistible de Amílcar Barca por el valle del Betis y la resistencia desesperada de la ciudad íbera de Hélike, se entrelazan en un fascinante fresco histórico, que recrea aquel tiempo en que las serranías del interior de la península ibérica se convirtieron de pronto en el escenario decisivo de la lucha por el poder en el mundo antiguo.”

Algo que el propio autor en una entrevista reciente resume de la siguiente forma:

“aquel tiempo en que las serranías del interior de la Península Ibérica se convirtieron de pronto en el escenario decisivo de la lucha por el poder en el mundo antiguo».