El problema es que cuando a los Jurados, y a los intereses que pretenden manejarlos, se les va la mano los resultados pueden llegar a ser un tanto dudosos, con el consiguiente desprestigio de los galardones. Lo cual no siempre importa mucho a los profesionales en la manipulación del gusto, ya que en cualquier caso saben que siempre contarán con algún público y, en el peor de los casos, si un “premio” se desprestigia siempre se podrán inventar otros nuevos.

Desde luego, los que operan de esta manera saben que cuentan a su favor con el factor “fetichista” de los premios y con una cierta inclinación inercial e ingenua del público. De hecho, conozco a una persona que siempre despotrica sobre la calidad de las novelas galardonadas en un conocido premio literario. Pero siempre lo hace a posteriori. Es decir, una vez leída la novela premiada. Lo cual sirve a la perfección a los intereses económicos de la editorial promotora.

Todas estas reflexiones vienen a cuento de los últimos premios Oscar que, una vez más, han revelado que no siempre coinciden los gustos del público con los criterios de los Jurados. Y, a veces, la no-coincidencia puede ser estruendosa, o sustentarse en criterios un tanto complejos. De hecho, algunos grandes directores, o actores, o películas, nunca han sido premiados por los “sabios” de Hollywood.

En esta ocasión el “desacople” ha tenido más morbo personal, en la medida que los dos grandes competidores han sido una pareja separada. El triunfo aplastante de la “mujer”, con una película de coste más reducido, de impacto popular más limitado (al menos, de momento) y de beneficios más parcos, frente a una película tan singular como “Avatar”, que está convirtiéndose en la película más vista y con mayor recaudación en la historia del cine, no deja de ser sorprendente. Si alguien mínimamente independiente intentara analizar fríamente este fenómeno tendría que llegar necesariamente a la conclusión de que o bien los espectadores hemos perdido totalmente el gusto, o bien los Jurados van a su aire y proceden de acuerdo a otros criterios. Lo cual puede ser doblemente cierto.

No obstante, habrá que esperar a ver si las opiniones de los sabios acaban modificando las tendencias iniciales del mercado y si, una vez que el público ha sido advertido sobre la película que tiene más calidad, modificarán sus comportamientos iniciales y acudirán en masa a ver la película que les han prescrito los expertos, que teóricamente son los que más entienden de “buen gusto cinematográfico”. Pero, ¿qué ocurre si tal contratendencia de los mercados no se acaba dando, como ya ha ocurrido en ocasiones anteriores? Pues, sencillamente se demostrará, una vez más, que en nuestras sociedades una parte importante de las élites oficiales va por un lado, con sus “honores”, y una parte notable de la sociedad va por otra, con sus “gustos”. Cosa que, por supuesto, no ocurre únicamente en el cine, ni tampoco sólo en el campo artístico. Aunque, ya se sabe que las élites más astutas, en caso de necesidad, siempre podrán recurrir al truco de premiar casi el mismo día y de forma simultánea a una famosa actriz, por ejemplo, por la mejor interpretación y la peor al mismo tiempo. ¿A que es una buena idea para lograr tener siempre una parte de razón y de sintonía? Aunque, ahora que lo digo, la verdad es que no sé muy bien si algo de este tipo habrá ocurrido en los últimos días. No sé. De momento me inclino a pensar que lo he soñado. Y más adelante, si es necesario, ya rectificaré.