Todo ello no es sino un reflejo de las debilidades y carencias de la construcción de la integración europea, que se ha sustentado en un mercado, una moneda, pero no en instituciones políticas sólidas capaces de articular una Constitución Europea, una política social y una política exterior común, entre otras. No existe una integración política y social en la misma medida que tiene lugar la económica y la del mercado. El dominio del mercado sin que éste tenga mecanismos compensatorios suficientes, aún admitiendo la relativa importancia de los Fondos Estructurales, ha favorecido en la UE la hegemonía del capital transnacional sobre los derechos de ciudadanía. No tenemos, por tanto, una Europa de los ciudadanos, sino la de los mercaderes y financieros. No hay una cohesión social a escala global, sino que ésta queda en manos de los diferentes estados-nación. Este proceso ha debilitado el modelo social europeo, que tan buenos resultados dio desde finales de la segunda guerra mundial hasta la década de los setenta.

Es cierto que la mayor parte de los países que componen la UE han tenido, y aún conservan, a pesar de los recortes habidos en los últimos años, un adelantado estado del bienestar, pero las políticas sociales y educativas varían notablemente de un país a otro, dependiendo de las políticas internas y no de las comunitarias.

La situación es bastante desigual, así tenemos, por ejemplo, que en el Reino Unido se produjo un desmantelamiento del Estado del bienestar desde el gobierno de Thatcher, y que no ha sido reconstruido por los laboristas. Los países como España. Portugal y Grecia, tienen bastante más subdesarrollado el Estado del bienestar que los más avanzados, los nórdicos, pero también que Francia y Alemania. Los países del este europeo desmantelaron la red social heredera del régimen anterior, y sus dirigentes, en su mayor parte, se han convertido, como todos los conversos, en fervientes fundamentalistas de mercado y en enemigos del estado social.

No es extraño, por tanto, la pérdida de confianza que los ciudadanos tienen en las instituciones de la UE y el desapego hacia éstas, que se viene manifestando en las elecciones al parlamento europeo y los bajos niveles de participación en las votaciones, que se vienen dando en las últimas convocatorias, y en casi todos los países. Ante la próxima convocatoria de elecciones todo esto es bastante preocupante y pone de manifiesto ese gran déficit democrático que se padece. Un déficit que se viene ya denunciando hace ya bastantes años y que no se ha corregido, tal vez porque no interese ni a los dirigentes políticos conservadores, pero tampoco parece que a los socialdemócratas, ni mucho menos al capital.

Esta realidad trata de ser encubierta en numerosos discursos con alusiones constantes al europeismo, sin que se sepa muy bien que significa esto, y queda como un paquete que tiene un bonito envoltorio, pero en el que dentro no hay realmente nada. Por esto considero que la mayor parte de los discursos que escuchamos haciendo gala de europeismo, no dejan de ser sino planteamientos absolutamente huecos sin contenido de ninguna clase. En España se padece en bastantes círculos políticos y académicos, un papanatismo ante todo lo que se considera que es Europa, que no es sino un síntoma del aislamiento que sufrimos durante los años de la dictadura franquista, para no irnos más lejos, pero que en este periodo al no participar de esa Europa de posguerra que fue capaz de rehacerse, desarrollarse con libertades, y con Estado del bienestar, nos ha dejado un complejo de inferioridad bastante considerable y que aún padecemos.

Así parece que con sólo mencionar la palabra Europa todo es extraordinario, sin entrar a considerar qué Europa queremos y qué hacer para llevar a cabo ese proyecto. Esperamos que en las próximas elecciones los partidos nos ofrezcan algo más que un bonito envoltorio en una caja vacía de contenido y significados. Pero a veces se deposita demasiada confianza en una Europa que no existe como unidad política y social, sino sólo económica, y se espera que las soluciones vengan de fuera haciendo bueno lo de que Europa no es el problema sino la solución.

Un ejemplo de esto lo pudimos observar cuando se llevó a cabo la propaganda a favor del euro. Se dijo que era una gran oportunidad para progresar y cambiar al sistema productivo de la economía española. El euro al impedirnos devaluar se dijo sería un revulsivo para mejorar la productividad, pues ya los ajustes no se podían hacer a través de modificaciones del tipo de cambio y eso nos obligaría necesariamente a mejorar nuestra capacidad para innovar y competir. Los resultados se encuentran a la vista. Se ha perdido productividad, y en lugar de modificar el aparato productivo, España entera se ha convertido en un paisaje lleno de grúas construyendo por doquier, a diestro y siniestro. Se ha especulado y se ha degradado el medio ambiente. Los resultados de todo ello lo tenemos delante y las consecuencias las estamos padeciendo, sobre todo los desempleados.

Otro tanto, salvando las distancias se está produciendo, con el Espacio Europeo de Educación Superior, conocido vulgarmente como Bolonia. Escuchamos a los fervientes partidarios de este proceso decir con frecuencia que Bolonia es una oportunidad para cambiar la universidad española y de mejorarla. Es no cabe duda un fundamentalismo que confía en las fuerzas externas más que en las internas. Espero por el bien de todos que esta gran mejora que nos prometen los grandes predicadores de la buena nueva no sean como el equivalente del euro con relación a la mejora de la productividad de la economía española.

Huyamos, por tanto, de los falsos discursos europeístas, huecos, y sin contenido, y no esperar que los cambios vayan a venir sin más desde fuera. Dejémonos de eslóganes fáciles y construyamos una Europa de los ciudadanos, y no usemos el término europeismo para encubrir los grandes intereses financieros y empresariales, que son los que realmente son globales, y no los derechos.