LA DERIVA DEL 11-S

Estados Unidos pasó el más emotivo aniversario de los tiempos presentes atrapado entre la frustración de las respuestas fracasadas, inadecuadas o claramente equivocadas y el malestar de una sociedad todavía demasiado inclinada a identificar nuevos enemigos internos y externos, más que a identificar las causas de las amenazas. La polémica por el proyecto de Centro Islámico en NY o la oprobiosa iniciativa del pastor de Florida constituyen ejemplos flagrantes de una corriente islamofóbica, irresponsablemente consentida en otro tiempo desde el poder. A pesar de los intentos de Obama por liberar a EEUU de esta lacra, la intensificación del daño infligido en los años posteriores al 11-S no será fácil de restañar. Ahí están las encuestas. Recientes estudios, menos conocidos, acreditan el odio, desprecio, ignorancia y estupidez de los creadores de opinión norteamericanos con respecto al Islam. Actitudes devastadoras que más que fortalecer la seguridad de América, fomentan los riesgos.

TURQUIA: RAZONES Y TEMORES

En otra dimensión, el «problema islámico» se encuentra también en el dilema de futuro que afronta un país clave en el nuevo diálogo Occidente-Oriente, como es Turquía. El referéndum con el que el primer ministro Erdogan consagra su liderazgo se celebró (sin espacio a la casualidad) en el trigésimo aniversario del último golpe militar. El triunfo del líder islámico cobra así un simbolismo no necesario pero sí auxiliar. La Constitución turca ha quedado profundamente reformada, en gran parte para cumplir con las exigencias democráticas de integración en Europa, lo que incluye la neutralización de la tutela de los aparatos estatales (con los militares al frente) sobre el proceso político turco.

Pero, según temores de ese heterogéneo campo que resulta ser la «oposición», para facilitar una deriva islámica. La casta kemalista (militares, judicatura, altos funcionarios) encuentran extraños compañeros de discurso en los intelectuales y progresistas laicos, éstos a menudo victimas de aquéllos más que de los taimados islamistas y sus programas ocultos. «Erdogan se ha colocado sólo por detrás de Ataturk en la Turquía moderna», ha escrito el diario progresista israelí HAARETZ. Juicio acertado y meritorio, por el lugar del que viene, en momentos de tensión bilateral (algo mitigada recientemente), debido al dossier nuclear iraní y al bloqueo en Palestina.

TRAMPAS DE LA PAZ

Allí, en Palestina, se debería haber festejado otro de los aniversarios de estos días: el único acuerdo entre ocupantes y ocupados en más de siete décadas. No había caso. El proceso de Oslo, culminado hace 17 años en los jardines de la Casa Blanca (bajo la tutela de un Clinton todavía confiado en dorar su legado con la resolución del más intratable conflicto del panorama internacional contemporáneo), se ha agotado. En realidad, lleva una década extinto, desde que un Clinton bien distinto, tan frustrado como sus antecesores, perdiera la paciencia, y la neutralidad y levantara acta de defunción del proceso de paz, en las montañas de Maryland, ante la indiferencia de Barak y la decepción del debilitado y casi moribundo Arafat.

Ahora, diez años después del fracaso y diecisiete del ilusorio éxito diplomático, le toca el turno a Obama cumplir con el rito presidencial de «volver a intentarlo». Bajo la amenaza de una ruptura automática, si no hay un gesto israelí sobre la congelación de los asentamientos, las dos partes negocian envueltas en una falsa, o solo aparente, discreción. Exceptuando Estados Unidos, el patronazgo internacional (ese fantasmal cuarteto que hace las voces) y regional (las potencias árabes, más interesadas que generosas) tiene un desigual significado para unos y otros: en los palestinos opera como presión, en los israelíes, como decorado. Efectivamente, Netanyahu puede ofrecer una detención parcial (y siempre temporal) de la colonización, para ganar tiempo y desplazar la presión sobre los palestinos, como ocurrió en Camp David (2000).

No es de extrañar que el aniversario de los acuerdos de paz de 1993 haya pasado inadvertido. No hay paz que celebrar. La no guerra no es la paz. Una buena parte de la expresión política de los palestinos, la que representa Hamas gobierna en Gaza y mantiene una importante influencia en la ribera del Jordán, no milita en este proceso de paz: está encuadrada en ese Islam percibido como amenaza, como enemigo.

ENEMIGOS INDULTADOS

Decía LE MONDE en un reciente editorial que, ya sea en Francia ya en Estados Unidos, «en periodo de crisis socio-económica aguda, dos modelos republicanos bien diferentes pueden generar manifestaciones similares de la fobia del enemigo interior. Para su deshonor».

Tanto celo en la persecución de estos «enemigos interiores», ya sean gitanos, árabes o cualquier otro elemento foráneo, contrasta con la timidez demostrada en el combate contra otros enemigos, más insidiosos, pero mucho más destructivos. Eso conecta con el último aniversario citado al comienzo del comentario: el crack financiero. Estos días, los medios analizan con cierta candidez la modestia de las medidas adoptadas para prevenir futuros desastres como el de 2008 y la infame debilidad exhibida en la persecución de los entramados codiciosos, tramposos y hasta difusamente delictivos.

Mientras ese «enemigo» resulta indultado sin explicación convincente, pasan desapercibidas las últimas cifras sobre el avance inexorable de la pobreza en Estados Unidos. El 15% de la población es pobre (o sea, muy pobre) en la superpotencia. Una cifra que no se conocía desde los años sesenta, antes de los programas sociales de Johnson. Pero son los que defienden las políticas que han generado esta situación quienes sacan pecho ante la convocatoria electoral de noviembre. Los republicanos han dado luz verde al caballo de troya de los fundamentalistas fieramente conservadores bendecidos por los tea party para asegurarse el asalto al Congreso. Los demócratas parecen presos de la perplejidad que les produce una creciente hostilidad ambiental, bien sazonada por algunos medios siempre beligerantes. A lo sumo, buscan atajos para atenuar la catástrofe, como si persiguieran sombras, en vez de analizar causas y hacer propuestas honestas y valientes (véase un interesante informe de THE NATION).

Obama, también dubitativo y preso de ciertos automatismos, ha intentado desprenderse, no obstante, del discurso de los enemigos externos y sus corresponsales internos. Ciertos gestos como la liquidación de los regalos fiscales a los ricos y la extensión de un vasto programa de obras públicas para generar empleo y rebajar esa pobreza emergente son bienvenidos, pero se antojan escasos, flojos, desprovistos del vigor o la agresividad que sus rivales, crecidos, exhiben.