Por estos días se recuerda en Hungría el aniversario de la crisis de las embajadas, el movimiento de miles de ciudadanos que aprovecharon las vacaciones de verano para solicitar asilo en países occidentales. Aquella chispa que desencadenó el proceso de derrumbamiento de los regímenes comunistas, simbolizado en la caída del muro de Berlín.

Veintiséis años después de aquel verano inolvidable de 1989, Hungría, país pionero en las crisis del comunismo, erige ahora otro muro, de otra naturaleza pero igualmente reprobable.

HUNGRÍA, COMO SÍNTOMA

Hungría es hoy el país más sospechoso de la Unión Europea en materia de derechos humanos y libertades. Gobierna con mayoría cómoda el populista Viktor Orban, aferrado a unas políticas nacionalistas, no exentas de provocaciones exhibicionistas, aunque últimamente haya moderado sus excesos, para apaciguar a sus socios europeos.

Aprovechando la falta de una política clara y firme de la Unión Europea en materia de migración, el Gobierno de Orban decidió en primavera construir un muro de 175 kilómetros de longitud y cuatro metros de altura a lo largo de la frontera con Serbia. El objetivo de esta instalación es impedir el acceso al país de los migrantes, la gran mayoría procedentes de distintos lugares de conflicto en Oriente Medio (especialmente, Siria, claro está), siguen la ruta de los Balcanes con la pretensión de alcanzar tierras supuestamente seguras en Europa.

Las autoridades húngaras aseguran que, en lo que va de año, más de 80.000 personas desplazadas de sus lugares de origen han cruzado las fronteras húngaras. El ministro de exteriores magiar aseguraba estos días que, a este ritmo, a lo largo del año se superaría la cifra de 150.000 inmigrantes itinerantes.

La ruta balcánica sigue un trazado que arranca de Turquía, continua por Grecia y luego atraviesa las antiguas repúblicas yugoslavas de Macedonia y Serbia, y desde última se aboca a Hungría. En las últimas semanas se ha experimentado un flujo creciente de personas. Los especialistas de FRONTEX, el dispositivo de seguridad europeo establecido al efecto, creen esto puede deberse a las tragedias de los últimos meses en el Mediterráneo. Aunque se apuntan también a las restricciones en la concesión de visados que se han registrado recientemente en países circundantes de las áreas de crisis. En el caso húngaro, se alude al endurecimiento de las medidas del control migratorio en Bulgaria.

El Comité Helsinki de Derechos Humanos, una organización que tiene sus orígenes en la lucha por los derechos humanos en la fase final del comunismo europeo, se ha destacado ahora por la atención y protección de los derechos de los migrantes. Desde su oficina en Budapest realizado un importante trabajo de información y asesoramiento (1).

Tanto el Comité Helsinki como otras organizaciones humanitarias denuncian acciones populistas del Gobierno húngaro para escamotear derechos a los migrantes. Previamente a la construcción de ese muro de contención, el Ejecutivo de Orban había lanzado una consulta a la población sobre las políticas a adoptar. Algunas de las preguntas tenían un sesgo xenófobo indudable. Se demandaba a los ciudadanos, por ejemplo, si creían que existía una relación entre la inmigración y el terrorismo. Como era de esperar, tras un trabajo propagandístico ad hoc, el 80% de los participantes reclamó políticas de mayor control y restricción. La maniobra de legitimación estaba concluida.

Los húngaros arguyen que, después de todo, estas medidas de control vienen en parte forzadas por las adoptadas anteriormente en otros países. Bulgaria ya procedido a clausurar ciertos puntos fronterizos con Turquía y Serbia, con medidas similares. El Gobierno procederá también a desmantelar cuatro campamentos de refugiados instalados en áreas muy pobladas y trasladarlos a zonas remotas, en las que se reduzca el impacto social (2).

La impresión de las organizaciones humanitarias es que el Gobierno húngaro, criticado habitualmente por su retórica xenófoba, nacionalista y populista, ha adoptado medidas coherentes con sus planteamientos políticos e ideológicos, pero antes con una dosis conveniente de apoyo social. Otro factor que puede haber facilitado la tarea a los dirigentes magiares es el desconcierto, la falta de acuerdo y cierta parálisis de sus socios europeos. Aunque se están adoptando medidas de urgencia, es palmario el fracaso de la UE en definir una estrategia a largo plazo. Los propios líderes europeos lo admiten abiertamente.

OTRO ENFOQUE ES POSIBLE

Hace unas semanas, el diario francés LE MONDE publicaba en el suplemento de Cultura e Ideas un formidable informe (3) en el que se recogían las iniciativas más innovadoras e imaginativas sobre el movimiento migratorio global. Destacados especialistas con formación muy acreditada cuestionan algunos tópicos y falsas creencias sobre la inmigración, que los partidos populistas y xenófobos han utilizado para confundir a amplias capas de las poblaciones europeas y “tetanizar” a no pocos dirigentes políticos.

Estos especialistas han analizado históricamente los procesos migratorios y han detectado una serie de constantes que permitirían establecer hipótesis positivas sobre las consecuencias de otras políticas diferentes a las adoptadas hasta el momento. Los recursos consumidos en seguridad de fronteras alcanzan una media de cien millones de euros anuales desde comienzos de siglo, sin resultados satisfactorios.

Las ideas alternativas expuestas en el mencionado artículo están orientadas en el sentido inverso: en vez de cerrar las fronteras, abrirlas. Es muy probable que, como ha ocurrido en el pasado, en ciertos momentos, la migración libre tendría efectos positivos, contrariamente a la propaganda xenófoba. “Una apertura global de las fronteras no conduciría a una explosión de llegadas en Europa”, según François Gemenne. Otro de estos expertos, Michael Clemens, asegura que “una apertura total de las fronteras aumentaría considerablemente el producto interior bruto mundial”. Estas y otras propuestas son, como poco, sugerentes.

Los partidarios de este modelo creen, entre otras cosas, que las medidas represivas no pueden impedir el movimiento de población, que la situación actual está muy lejos de la saturación migratoria, que los flujos migratorios tienden al equilibrio y que los Gobiernos son poco receptivos a estudios y proyecciones que contradigan el relato político dominante, crecientemente hostil al fenómeno migratorio. El asunto merece, al menos, una amplia y profunda reflexión.