XKey Score, un potente servidor que centraliza, analiza y clasifica miles de millones de datos capturados a través de dispositivos secundarios, se ha convertido en uno de los exponentes del poderío global norteamericano. La base del poder a lo largo de la historia viene determinada por el desarrollo tecnológico. En nuestro tiempo, la clave es la electrónica.

Desde que, hace unos meses, Edward Snowden, un empleado de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), decidiera desvelar el complejo y sofisticado entramado de vigilancia que los servicios norteamericanos ejercen sobre instituciones, organizaciones y ciudadanos de Estados Unidos y de todo el mundo, se han activado las alarmas sobre la protección de la privacidad y la vulnerabilidad de la intimidad. Elementos ultrasensibles de la convivencia.

Sabemos lo que sospechábamos: que todos somos escuchados, escrutados, vigilados. La predicción orwelliana, inspirada en otras visiones diferentes pero concomitantes de universos futuros, como el ‘mundo feliz’, de Aldous Huxley, trasciende la crítica sobre el denostado sistema político estalinista y se proyecta sobre un ‘triunfante presente liberal’, altamente codificado y controlado por impulsos electromagnéticos.

Para muchos, Snowden se configura (al igual que Julian Assange, el fundador de Wikileaks, y otros personajes secundarios del mismo libreto) como héroe: un ‘whistleblower’, término norteamericano para definir al que alerta de una actividad ilegal o de un peligro contra las libertades. En cambio, para otros, se trata simplemente un traidor, porque habría debilitado el sistema que el poder público ha construido en defensa de sus legítimos intereses y los de sus ciudadanos. Que se refugie en Rusia, imposible ejemplo de transparencia y de respeto a las libertades, ahonda la percepción negativa.

Las revelaciones de los últimos meses han ido creando un clima de desconfianza y preocupación cívica en Estados Unidos. ¿Podemos fiarnos de nuestro Gobierno?, se han preguntado líderes de opinión, portavoces de organizaciones ciudadanas y hasta políticos que hacen bandera del debilitamiento de los poderes públicos, algunos con el oportunista designio de allanar el camino a otros poderes más abrumadores pero más silenciosos aún.

Abruman los datos -millones de escuchas diarias- y los medios empleados en la tarea -potentísimas redes cibernéticas de escucha, depuración, clasificación y almacenamiento de datos-, pero lo que verdaderamente agobia es el desconocimiento de las motivaciones. La justificación de sus responsables, basada en la necesidad de prevenir, desenmascarar , neutralizar, perseguir y desmantelar redes terroristas ha sido, hasta la fecha, difusa, esquiva, fragmentaria y en absoluto convincente.

ESPIAR A LOS AMIGOS.

Las recientes filtraciones de que la NSA estaría ‘espiando’ a dirigentes y/o aparatos de gobierno de sus propios aliados en Europa y América ha recrudecido el debate.

Públicamente, la reacción de los supuestamente ‘escuchados’ ha sido la que podía esperarse: malestar y exigencia de explicaciones. En cada caso, se han reflejado las peculiares relaciones con la superpotencia. La susceptibilidad de los franceses, la duplicidad de los mexicanos y la cautela de los alemanes.

Francia es un aliado firme de Estados Unidos. Lo fue de forma fehaciente y sólida en las dos grandes guerras del siglo pasado y durante la guerra fría. Pero no un aliado servil, como las dictaduras de toda laya; o incondicional, como Gran Bretaña, su antigua metrópoli. La lealtad francesa durante las últimas décadas ha sido crítica, por momentos incómoda, e incluso tensa. Pero difícilmente puede dudarse de ella.

Por todo lo dicho, se entiende que en Francia se haga duelo público de estas revelaciones de ‘espionaje’. Sin embargo, ¿es creíble que sorprendan? Desde luego que no. Sería presumir una ingenuidad irreal en las élites francesas (y lo mismo cabría decir de las alemanas, mexicanas o brasileñas).

AL FILO DE LA HIPOCRESÍA

En este sentido, resulta llamativa la sentencia realizada por el Presidente de la Comisión de Leyes de la Asamblea Nacional francesa, Jean-Jacques Urvoas: «los Estados Unidos no tienen aliados, sólo objetivos o vasallos», ha dicho a LE MONDE. Palabras gruesas, que son sin duda las que el orgulloso ciudadano francés quiere escuchar en situaciones como ésta.

En otro momento, cuando se le pregunta cómo puede Francia defenderse de esta intromisión, Urvoas responde en un tono más mesurado y realista, comparando los medios que su país y Estados Unidos consagran al espionaje. La desproporción es de siete y pico a uno. En esta afirmación fría, alejada de la vehemencia del titular, está la clave. ¿No es el espionaje una cuestión de capacidad más que de voluntad?

Algo similar podemos decir de Alemania. Lo que ha trascendido a los medios es que la Canciller Merkel telefoneó directamente a Obama para exigirle aclaraciones sobre el supuesto seguimiento de su teléfono móvil por parte de la macrored norteamericana de escuchas. Y, sin embargo, la agencia de inteligencia alemana ha sido señalada como colaboradora de ese insidioso aparato de intromisión planetaria. Pero, además, recientemente, se conocieron otras conductas vergonzantes de los servicios secretos alemanes, como la negligencia continuada frente al desarrollo de organizaciones extremistas de inspiración racista y neonazi. Se tiene la impresión de que con la desaparición de la Stasi no se acabó con el ‘poder de las sombras’.

Si Estados Unidos (quien sea lo que haga, y por orden de cualquiera que lo ordene, lo tolere o lo encubra) espía a Francia (a sus dirigentes y a cualquier anónimo ciudadano) no es porque es una potencia maligna o desprovista de ‘alma democrática’ (es decir, de respeto por los derechos y las libertades). Lo hace porque puede hacerlo. Es más: ¿no es menos cierto que la actividad de espionaje norteamericano ha contado con la complicidad de muchos servicios nacionales y locales de inteligencia? Por lo que sabemos, esa complicidad ha sido activa y extensa. Lo que explicaría el silencio o la máxima discreción de los dirigentes europeos en los últimos meses. Los franceses deberían recordar la máxima de su filósofo y moralista La Rochefoucauld: «la hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud».

¿Y qué decir de México? En un contexto de agravios inveterados, que un ex-Presidente mexicano se sienta ofendido por ser objeto de escuchas por el gran vecino del Norte cae como lluvia sobre terreno mojado. Pero fue ese mismo alto dignatario espiado, Felipe Calderón, el que mantuvo una colaboración secreta con los servicios de inteligencia y las fuerzas armadas norteamericanas para afrontar el desafío de los cárteles narcos. En un mundo regido por la lógica despiadada del poder, no debe sorprender casi ninguna de sus manifestaciones sólo porque, en ese caso, no se participe de ellas.

El diario francés LE MONDE, asociado con el semanario alemán DER SPIEGEL y otros medios, ha desvelado las últimas novedades del sistema de escucha. En un editorial que acompaña el dossier periodístico, su directora refuta las justificaciones de quienes ven en las denuncias de Snowden, Greenwald y otros «lanzadores de alarmas» un debilitamiento irresponsable de la lucha planetaria contra el denominado ‘terrorismo internacional’. Natalie Nougayrède asegura que urge un debate sobre la incidencia del fenómeno de las escuchas sobre las libertades, para conseguir que «el trabajo de los órganos de seguridad de los Estados democráticos sea encuadrado por procedimientos de control eficaz, parlamentario o judicial».

Loable propósito el formulado por la colega francesa, digno del más rotundo respaldo. No estaría de más, no obstante, reclamar también un mayor control de las grandes empresas cibernéticas globales, colaboradoras necesarias de esta gigantesca red de intromisión. Y ya puestos, aunque a una escala menor, exigir también a los medios una mejora de sus procedimientos de investigación y tratamiento de la vida privada de los ciudadanos, responsables políticos incluidos, para evitar desprestigios y hasta linchamientos apresurados. A cada cual debe exigírsele según sus responsabilidades y capacidades. Aunque sólo sea para desterrar la mínima tentación de hipocresía.