Hace años también se sorprendieron los franceses por los estallidos de violencia juvenil en varias ciudades dormitorio y por la recurrencia posterior de actos de destrucción sistemática de coches. Y la misma sorpresa también cundió últimamente en varios países, el último de ellos Grecia, a partir de una revuelta juvenil que se prolongó durante varios días.

¿Por qué sucede todo esto? El análisis más elemental de lo ocurrido en Pozuelo nos podría remitir a un tipo de juicio similar al que he escuchado de labios de una persona joven y nada sospechosa de tener prejuicios ideológicos conservadores: “Borrachuelos haciendo el gamberro a lo bestia”. Sin duda, estamos ante hechos de violencia que muestran incivismo y que no pueden ser justificados de ninguna manera. Pero si nos quedamos ahí en el análisis no nos enteraremos de nada. Por ello es preciso profundizar en las causas del actual malestar juvenil y en las tendencias de alienación y exclusión social que se están produciendo y que afectan de manera similar a inmigrantes y nativos (en el caso de Francia), a universitarios y no universitarios (en el caso de Grecia) y a sectores acomodados y no acomodados (en el caso de Madrid).

Lo relevante no es que se trate de hijos de familias de alta clase media, ya que es harto probable que en los incidentes de Pozuelo participaran muchos jóvenes procedentes de otros municipios que acudieron allí a beber en exceso y a divertirse a “su modo”. Lo relevante es que son jóvenes que se encuentran ante un nuevo contexto vivencial, de oportunidades y de perspectivas que están dando lugar a fenómenos de anomía a gran escala en una forma como hasta ahora no se había conocido.

Los estudios sociológicos que estamos realizando en el GETS y los libros y monografías que ya hemos publicado permiten identificar varias tendencias críticas y un conjunto de problemas de inserción que están afectando de manera especial a las nuevas generaciones, tanto en el plano vital, de las creencias y los valores, como en diversas dimensiones económicas, laborales y residenciales, que prefiguran perspectivas secundarizadas y precarizadas, en el seno de sociedades bastante prósperas, aun en contextos de crisis como los actuales. Lo cual conduce a que muchos jóvenes se estén haciendo bastante pesimistas sobre su futuro y sus oportunidades y se vuelquen a vivir un presente frecuentemente anómico y plano, asumiendo que están destinados a padecer procesos de movilidad social descendente respecto a los estándares de sus padres. Por ello no es extraño que en las “explosiones de disidencia anómica” participen también jóvenes procedentes de entornos de clase media.

Consecuentemente hay que entender que no estamos sólo ante problemas de orden público, sino ante manifestaciones patológicas de unos malestares sociales y unos déficits de integración social más profundos y preocupantes. Son situaciones y caldos de cultivo en los que inciden fracasos de los sistemas escolares, condescendencias mal entendidas en los procesos educativos (desde la misma infancia), crisis en los esquemas de valores y en los mecanismos de integración en la sociedad, alteraciones culturales peligrosas (como la exaltación permanente de una violencia sin sentido en prácticamente todas las instancias de proyección cultural y comunicacional) y, sobre todo, una evolución negativa de nuestros sistemas económico-sociales, en los que las derivas de precarización laboral y las tendencias dualizadoras han llegado hasta extremos inasumibles y altamente disfuncionales, tanto para los individuos como para la sociedad.

Lo que debiera sorprendernos en lo que está ocurriendo no son algunos acontecimientos concretos, sino las inflexiones sociales de fondo que generan procesos de precarización y de exclusión social a gran escala. De ahí el cinismo de aquellos que se llevan las manos a la cabeza alarmados cuando la crisis del sistema económico establecido pone en riesgo sus ahorros y sus riquezas, pero que permanecen insensibles ante los riesgos de que la crisis sistémica del modelo nos ponga en riesgo de perder a nuestros hijos, a unas generaciones a las que les ha tocado vivir en una época de incertidumbres y de cambios, a veces alocados o insolidarios, que tiende a abrir profundas brechas entre ganadores y perdedores. De ahí la ingenuidad de quienes piensan que aquellos a los que no se les ofrece un futuro y a los que en la práctica se les reduce a una condición de ciudadanía secundaria, se van a quedar resignados y cruzados de brazos, y de ahí la doblez de quienes sólo saben escandalizarse y reclamar mano dura para “otros”, sin darse cuenta de que las raíces de los problemas están en la propia base de sus hogares y en sus entornos más inmediatos.