Como en la mayoría del hemisferio occidental, unos y otros han acometidos programas de austeridad y recortes de beneficios sociales y de inversión pública. Naturalmente, pueden señalarse diferencias temáticas considerables. Pero la dimensión y el significado de esos ajustes son equiparables. En los dos países gobiernan partidos de centro-derecha: una coalición liberal conservadora en Londres y una formación casi monocolor, con adornos, en París.

En cambio, la respuesta social a estas políticas restrictivas está resultando muy distinta. En Francia, el malestar ha ganado la calle y está empezando a generar tensión, crispación creciente entre defensores y detractores y amagos de violencia. En Gran Bretaña, por el contrario, la protesta es tenue, al menos por ahora, las críticas se canalizan a través de discretos mensajes escritos y la resignación parece impregnar la mayor parte del tejido social.

ESTILO ALTIVO, RESPUESTAS IRRITADAS

Los analistas franceses, de cualquier lado del espectro ideológico, coinciden en hablar de «radicalización» del escenario político y social. El proyecto de reforma del sistema de pensiones emprendido por el gobierno constituye el principal y más sensible polo de fricción, pero no el único. A estas alturas, son muy conocidos los rasgos básicos de la reforma (retraso de la edad de jubilación de los 60 a los 62, ampliación de los años de cotización, etc.). También resultan familiares los argumentos de unos y otros, y recientemente en esta web el profesor Navarro ha analizado los datos del debate y señalado algunos mitos y equívocos sobre la viabilidad de este pilar esencial del modelo social europeo. Concentrémonos, por tanto, en la expresión del malestar y en la gestión de ese malestar por los dirigentes políticos.

Aparte de rechazar ciertos puntales de la reforma, sindicatos, partidos de izquierda y movimientos sociales están desafiando un estilo de gobierno y, más específicamente, su personificación en la figura de su presidente. Nicolás Sarkozy es uno de esos políticos que rara vez provoca indiferencia, incluso a los más neutros, porque se empeña a conciencia en lo contrario. Un punto de arrogancia y cierto perfume de autoritarismo, de maneras fuertes, de gusto por convertir en pulso cualquier discrepancia, ha envenenado el ambiente y abortado las opciones de negociación. El editorialista político de LE MONDE, Michel Noblecourt, escribía esta semana que «la intransigencia de Sarkozy, deseoso de mostrar a su electorado su firmeza, incluso su inflexibilidad, y de hacer valer su reforma, sea cual sea el precio político, es percibida por los sindicatos como una expresión de desprecio, que alimenta la radicalización».

La anterior valoración es ampliamente compartida por observadores independientes. El NEW YORK TIMES, a pesar de reconocer la «urgente necesidad» de la reforma y apoyar los principales aspectos del proyecto, considera que «Sarkozy había hecho un terrible trabajo para venderla» y recomienda al presidente que abra negociaciones con los sindicatos y con la oposición «para hacer la transición lo más justa posible para los más vulnerables».

Podrían añadirse opiniones equivalentes, que avalarían la degradación de la imagen internacional de Sarkozy. Sin embargo, es probable que el presidente actúe guiado por un cálculo político, apuntado en el comentario de Noblecourt. Para su base social, sería importante transmitir que no se arruga ante las presiones, y más aún cuando adoptan formas intimidatorias. «La Republica no se somete a bloqueos», ha proclamado. En la gestión de crisis quedan muchos capítulos por escribir y es importante no acumular reveses, sería la máxima presidencial.

ESTILO SUAVE, RESPUESTAS TIBIAS

Esta altivez sarkozyana contrasta con el tono «piadoso» de la pareja Cameron-Clegg, en el Reino Unido. La delicada operación de ensamblaje y convivencia que supone en sí misma la coalición tory-lib aconseja la contención. Además, claro, del factor personal de los dirigentes. Estos días, los comentaristas progresistas e incluso los más conspicuamente izquierdistas se lamentaban de la indolencia social ante el paquete de recortes más voluminoso desde la Segunda Guerra Mundial. La supresión de medio millón de empleos públicos encabeza una lista abrumadora que, en puridad, tendrá un impacto sobre los ciudadanos menos favorecidos abrumadoramente mayor que las reformas francesas.

Estos días se habla de «polite protest», de prudencia, de responsabilidad, para calificar la respuesta sindical. El flamante nuevo líder laborista, Ed Miliban, también se anda con pies de plomo en el Parlamento, aunque antes de ser elegido fuera presentado como «Edi el Rojo», en contraposición al otro candidato, su hermano, el blairista David.

En THE GUARDIAN, Simon Carr afirma que los laboristas no son capaces de frenar a esta «embalada coalición»: no pueden con su «encanto». Otro analista del mismo diario de centro izquierda, Polly Curtis, en referencia a la actitud sindical, asegura que los «Trade Unions quieren evitar los errores del pasado y sembrar apoyo popular para su causa, en vez de alienarse a la gente y echarla en los brazos del gobierno».

En definitiva, parece descartarse un «invierno del descontento» como el que destrozó al gobierno laborista de Callagham en 1978-79 o los episodios de lucha frontal contra la primera Thatcher de los ochenta. Que Cameron no es la «dama de hierro» es una obviedad. Pero la tautología se refiere al estilo no a la sustancia. Porque, como valora el nada sospechoso THE ECONOMIST, «la dimensión de los recortes de gasto de la coalición es mucho más grande de lo que la señora Thatcher siquiera intentó». Hamish Mc Rae, en THE INDEPENDENT, proclama que el miércoles 20 de octubre quedará como una «fecha eje», un antes y un después en la historia reciente del Reino Unido, «la señal de una nueva era de ambiciones reducidas de los gobiernos y un sector público en hundimiento».

En el mismo periódico, desde posiciones notoriamente contestatarias, Mark Steel arremete contra el «vergonzoso espíritu» de la endeble protesta social. Recuerda las manifestaciones de Francia (incluso de España) y el malestar expreso de griegos y belgas, para compararlos con el «servilismo» y la «docilidad» de los británicos. Le exaspera que, como explicación, se argumente que este gobierno ha sido bendecido por las urnas y recuerda Steel que muchas de las medidas adoptadas no figuraban en el programa electoral. Resulta de una especial pertinencia este punto, porque los conservadores edulcoraron su propuesta y los liberales plantearon cosas diferentes, lo que ya ha provocado mareas internas en su bancada. Pero lo peor de todo es que los principales perjudicados por reformas y recortes no sean los que han causado la crisis, sino los que han sufrido con mayor crudeza sus consecuencias.

Seguramente, el propio desenvolvimiento de la crisis modificará estos panoramas a ambos lados del Canal. Ni el sentimiento de humillación ni el impulso de la irritación podrán perdurar mucho tiempo.