El miedo a los mercados resulta paralizante tanto para gobiernos de derechas como para gobiernos de izquierdas. Nadie se atreve a distanciarse un milímetro de los análisis y las recetas de la ortodoxia mercantil, a pesar de que todos sabemos que tales fórmulas se encuentran en el origen mismo de la crisis brutal que ha puesto patas arriba el sistema económico mundial y que ha ocasionado un coste extraordinario en términos de desempleo y precariedad social. La posibilidad de recibir un castigo por parte de las agencias de calificación o en los índices de cotización provoca pesadillas entre los responsables de las economías nacionales.

En este contexto, cualquier iniciativa en el sentido de racionalizar los tiempos previstos para reducir déficits, para mantener niveles de gasto público compatibles con el estímulo a la demanda, para asegurar una fiscalidad europea homogénea y progresiva, para impulsar instrumentos de banca pública, o para fijar alguna regulación útil en la selva financiera, es recibida con auténtico pavor por quienes temen despertar a la “bestia” a la menor veleidad heterodoxa.

De hecho, la definición de los modelos de bienestar social en toda Europa está siendo objeto en estos momentos de una clara ofensiva desde los gurús de los mercados. El propósito es el de reducir el peso del Estado y en consecuencia los derechos sociales de los ciudadanos, con la consiguiente ganancia fiscal para quienes no cesan de acumular ganancias en el lucrativo negocio financiero.

Pero los “mercados” y sus “gurús” no son meros analistas desinteresados que exponen sus tesis con ánimo de favorecer el interés general. No, los “mercados” que determinan las políticas económicas hoy en todo el mundo responden a unos pocos nombres comerciales y a unos pocos apellidos perfectamente identificables. Son los mismos que se enriquecieron engordando la burbuja financiera, los mismos que llamaron al “paréntesis en la economía de mercado” cuando la burbuja estalló, los mismos que reclamaron dinero de los impuestos de los ciudadanos para recomponer el sistema destrozado, y los mismos que ahora enarbolan sus recetas fracasadas como martillos de herejes frente a cualquier proyecto que busque algo de racionalidad, algo de equidad y algo de justicia en este panorama. Para seguir enriqueciéndose a costa del interés general.

Puede entenderse perfectamente el vértigo al que ha de enfrentarse cualquier responsable económico cuando los mercados financieros enseñan los dientes y exigen su tributo injusto. Y también puede entenderse que esos responsables económicos, los más progresistas incluso, dispongan de un margen escaso o nulo para desviarse del camino que marcan los “gurús” del interés propio. Pero a veces se echa de menos un poco de liderazgo y de coraje en la socialdemocracia europea para plantar cara y para defender lo que nos corresponde.