Cada etapa de la historia de las relaciones internacionales tiene sus actores principales, sus secundarios, su reparto y hasta sus extras. En este mundo que dejó de ser bipolar hace dos décadas -a efectos prácticos, más-, pero que no es exactamente multipolar, a pesar de los intentos optimistas y bienintencionados de algunos analistas, sino más bien unipolar, el gran desafío es encajar el «fenómeno chino».

Se atribuye a Obama la convicción de que China debe ser su prioridad internacional. Pocos se lo discutirán, pese a que la “hiperpotencia” norteamericana se encuentre enfangada en guerras herederas, justas o discutibles, mucho más sangrientas e inciertas. No hay tanto consenso, en cambio, cuando se presentan las fórmulas de actuación con Pekín.

El viaje de Obama a China en noviembre de 2009 no fue precisamente un éxito. Conservadores y progresistas le reprocharon su debilidad aparente hacia los modernos mandarines post-comunistas, por razones diferentes: el artificialmente bajo valor del yuan, las reticencias a presionar a Irán o el escaso respeto a derechos humanos y libertades cívicas, entre otras de menor impacto mediático.

Obama tiene problemas para hacer exigencias a Pekín, como los tuvieron sus antecesores en la Casa Blanca. Su capacidad de presión es reducida. Pero, además, su posición bilateral es vulnerable. China es el principal acreedor de Estados Unidos. Atesora la mayoría de su deuda interna en bonos. Una palanca temible. El presidente norteamericano se mueve entre dos necesidades: la cautela y el ejercicio del liderazgo internacional.

Hace unas semanas, Obama mantuvo parado el Air Force One en la pista del aeropuerto próximo a Washington, porque la conversación telefónica que mantenía con su homólogo chino, Hun Jintao, no terminaba de concluir. Al final, Obama le arrancó el compromiso de asistir a esta cumbre sobre la proliferación nuclear. La Casa Blanca tuvo interés en señalar que en ese contacto se confirmó «un nuevo clima» bilateral.

En los últimos días, algunos habían querido apreciar posturas más flexibles de Pekín en los dos asuntos más sensibles del momento:

– un cambio en la política monetaria, con graduales apreciaciones inmediatas del yuan, postura que ya defiende abiertamente el Banco Central chino, frente a otras instancias más inmovilistas en el Ministerio de Comercio o en la Asamblea Nacional Popular.

– una predisposición más favorable a aceptar el «principio de las sanciones» para forzar un cambio en la política nuclear de Irán.

Para ganarse a Pekin, Obama había ofrecido previamente ciertos estímulos:

– renuncia a publicar un memorándum en el que, por petición expresa del Congreso, se denunciaban las manipulaciones monetarias de las autoridades chinas para colocarse en situación de ventaja competitiva.

– garantía de aprovisionamiento petrolero, en el caso de Teherán tomara represalias contra Pekín, si China se une al campo de las sanciones, según publica THE NEW YORK TIMES.

El azar ha hecho que un acontecimiento no esperado, aunque trágico, pueda favorecer el clima de diálogo. Ciertamente, el último terremoto ofrece una espléndida oportunidad para que la administración Obama exhiba gestos de extraordinaria generosidad con China.

En cualquier caso, las reglas del juego de este nuevo directorio están todavía en construcción. China ha observado cierta maestría en jugar al caliente y al frío. Lo más probable es que Pekín siga dilatando el proceso de discusión de las sanciones contra Irán, aunque deje de obstaculizar abiertamente esta opción. El catálogo que la diplomacia norteamericana ha trabajado con sus socios occidentales no está cerrado. Se manejan las siguientes: privación de acceso a crédito internacional, suspensión de la inversión extranjera en el sector energético iraní, medidas contra las numerosas e importantes empresas de los Guardianes de la Revolución (la fuerza pretoriana del régimen islámico), a la que los servicios de inteligencia occidentales atribuyen también el control del programa nuclear. Pekín siempre podrá establecer una alianza de conveniencias con Rusia para proponer fórmulas alternativas que permitan acomodos con Teherán.

Con respecto a las discrepancias sobre la política económica, los dirigentes chinos sostienen que Occidente tiene una actitud farisaica. En palabras de Zhu Feng, director adjunto del Centro Internacional de Estudios estratégicos de la Universidad de Pekín al diario LE MONDE: «Washington debería responder de manera positiva a Pekín, por el papel estimulante que China juega en la economía mundial, en esta fase de crisis financiera internacional». Considera Zhu Feng que «la rigidez de la posición americana no refleja la naturaleza de la nueva simbiosis chino-americana».

Sorprende el término «simbiosis» aplicado al actual momento, porque indica una aproximación de colaboración y no de confrontación. El pragmatismo chino es proverbial. El comunismo de Mao siempre tuvo un componente nacionalista, por mucho que costara percibirlo en el contexto de la guerra fría. Sus herederos, en cualquiera de sus facciones rivales, no se han apartado de ese principio rector de la doctrina internacional del fundador de la República Popular.

La clave para seducir a Pekín consiste es no presionar, pero también en desterrar cualquier impresión de que hace en silencio o de forma diplomática. Obama ha comprendido esto a la perfección, y eso explica sus atenciones públicas -a veces casi obsequiosas- con los chinos. Si Obama consigue fijar con China una relación bilateral sin sobresaltos, mejorará el registro histórico de Nixon y Kissinger en los setenta. Entonces, Washington y Pekín se encontraron en el terreno común de la contención de una declinante pero aparentemente todavía poderosa potencia soviética. Hoy se trata de otra cosa. La defensa de sus respectivos intereses estratégicos nacionales no tiene aún que conducir a un enfrentamiento inevitable. Aunque históricamente eso pueda ser inevitable, es probable que falten años para eso.