No pudo imaginar George Orwell, cuando publico en el año 1949, su novela de política de ficción distópica 1984, que a comienzos del siglo XXI los Big Data, que define Gartner como”los activos de información caracterizados por su alto volumen, velocidad y variedad, que demandan soluciones innovadoras y eficientes de procesado para la mejora del conocimiento y toma de decisiones en las organizaciones”(http://www.gartner.com/it-glossary/big-data/) permitirían almacenar y, posteriormente, analizar buena parte de nuestras acciones, en nuestra cotidianeidad, con todo tipo de finalidades.

Quizá ustedes tengan algún conocido e incluso amigo que les haya “confesado” que no dispone de teléfono inteligente y, consecuentemente, no puede hacer uso de los WhatsApp, una posibilidad reciente de comunicación que se vende como “una aplicación gratuita para tu teléfono con la cual podrás enviar mensajes de texto totalmente gratuitos a tus contactos que también tengan WhatsApp instalado en el móvil”, o acceder a Internet en todo momento y lugar (siempre y cuando haya cobertura telefónica). A mí me ha sucedido y la verdad mi primera reacción fue pensar que cómo era posible que alguien no dispusiera de un artilugio tan práctico, llegando finalmente a la conclusión de que se trataba de una persona cuanto menos anticuada y fuera de contexto.

Con los años, mi percepción ha variado notablemente, soy consciente de que cuando estoy en mi domicilio un GPS tiene localizada mi ubicación. Me resulta francamente fascinante, al tiempo que inquietante que al buscar en Internet el más rápido recorrido para llegar a una dirección desconocida, aparezca en pocos segundos con total exactitud mi ubicación en un mapa. También me genera cierta zozobra que al salir a la calle, coger mi automóvil o cualquier otro medio de transporte, mi camino está siendo seguido en tiempo real por un nuevo gran hermano poderoso y omnipresente. Que decir tiene que lo mismo ocurre con tablets, ordenadores portátiles, medidores de constantes vitales con conexión a Internet (en los que, además, se incluye información muy sensible de nuestra propia salud) etc, sin olvidar que todas las transacciones que realizamos con nuestra tarjeta de crédito están siendo recogidas con todo lujo de pormenores.

Hace varios años, Malte Spitz, militante del Partido Verde alemán solicitó judicialmente a la Justicia alemana que obligara a su compañía telefónica, la Deutsche Telekom, a que le facilitará toda la información “virtual” de la que disponía sobre su persona. Tras meses de espera, la Justicia alemana aceptó la demanda y la empresa le entregó una base de datos, en donde se registraban con gran profusión de detalles sus movimientos desde el 31 de agosto de 2009 hasta el 28 de febrero de 2010, entre otros aspectos, sus ubicaciones geográficas, dónde se encontraba cuando escribió cada tweet, los mensajes que compartía en redes sociales, el número de mensajes de texto que envió, cuántas llamadas hizo, a quién llamaba, cuántas llamadas recibió, quién le llamaba, cuánto tiempo dedicaba a navegar por Internet, qué páginas visitaba etc…(http://www.zeit.de/datenschutz/malte-spitz-data-retention). En definitiva, un mapa perfecto de seis meses de vida de Spitz que cruzados con datos de su vida pública reconstruyeron su día a día al milímetro.

Pero nosotros mismos nos hemos convertido en aprendices de grandes hermanos. Hagan para ello una prueba sencilla. Con su ordenador personal y conexión a Internet podrían acceder en pocos minutos a una cantidad extraordinaria de información de cualquier persona. Por ejemplo, localizar su dirección particular o número de teléfono y a través de redes sociales como Linkedin, Tuenti, Facebook o Instagram conocer su perfil profesional, quiénes son sus amigos, sus gustos, cómo es su vida, su familia y todo ello ilustrado con imágenes y fotografías personales.

Asimismo, estarían en disposición de conocer sus inmuebles al conectarse con el Registro de la Propiedad, comprobar si se encuentra en bases de datos de impagados e incluso si tiene abiertos expedientes judiciales por esta causa o si sus empresas se encuentran en una situación concursal. Además, bastaría con acceder a cualquier servidor de Internet para localizar más información, que en algunos casos podría incluso transgredir la debida protección de datos.

Y éste es desde luego el debate de fondo, ya que los Estados pareciera hubieran delegado la protección de tan delicada información en manos de empresas privadas que buscan rentabilidad y oportunidades de negocio, al precio que fuere.

Y llegamos a la conclusión que el gran hermano ya no es, como en la novela de Orwell, el guardián de la sociedad, el Dios pagano y el juez supremo. El nuevo Gran Hermano está en quiénes gestionan, codifican y analizan la información de los Big Data y, para hacernos sentir partícipes y justificar su quehacer, nos hacen pensar, en nuestra candidez, que nosotros formamos parte de ese mundo virtual paralelo, en donde todos estamos integrados en “nubes”, que no es que estemos en las nubes, aunque empiezo a tener dudas razonables al respecto.

Un mundo virtual paralelo que denota un nuevo narcicismo hacia el que han derivado las sociedades avanzadas de nuestros días, en donde la realidad se construye desde lo intangible, desde la propia historia recreada por el sujeto, que cree adquirir un protagonismo indiscutible y se siente sujeto activo de su propio yo, en un escenario planetario que comparte con millones de personas, que también se exponen en el escaparate del gran teatro humano, aunque se crean inmunes a la atenta mirada de este nuevo gran hermano, que nadie sabe dónde está, pero que a todos nos vigila sin pestañear.