Seguiremos estrujando la definición y haciendo uso del ejemplo de los padres, que en esto de educar, resultan una figura recurrente. A muchos de ustedes les sonará una frase muy de progenitor que dice “la mejor herencia que le puedo dejar a mis hijos es una buena educación”. Nuevamente el orgullo (en su acepción más positiva) fluye junto a estas palabras si, además, los hijos responden con su esfuerzo. Pues bien, se ve que estos que mandan no comparten el sentimiento ni el sentido común de esa figura tan utilizada en Derecho denominada “el buen padre de familia” (que, aunque no sea este el tema, no deja de manifestar la esencia patriarcal de la que adolece el resto del sistema) y dejan eso de las herencias para justificar sus políticas cuando no dan los frutos deseados. En cambio, ven enemigos allá donde les dicen que se equivocan y sacan el lado orgulloso a relucir, pero con las peores connotaciones, y dan respuestas a quienes les preguntan con desdén y pose arrogante, vanidosa y con exceso –mucho—de autoestima. Vamos, lo que en la jerga más común se denomina actitud “chulesca”.

El pasado 30 de abril, la Conferencia de Rectores de España (CRUE), formada por los rectores de todas las universidades del país, tanto públicas como privadas, hizo lectura de un comunicado conjunto donde expresaban su preocupación y malestar por las restrictivas “medidas excepcionales” que “asfixian” a los campus. Una carta que surge a tenor de los recortes presupuestados que se vienen experimentando en las Universidades desde el año 2009 –y que alcanzan ya los 1.400 millones—y la subidas de tasas y cambios en las condiciones para conceder becas, que no solo se han vuelto más restrictivas, sino que la demora en su pago conlleva al endeudamiento de muchos estudiantes y sus familias.

Es por ello que los rectores solicitaban la rectificación de estas decisiones, una vez que el Gobierno celebra que la crisis está en su punto final y que la recuperación económica ya es, según ellos, una realidad. Pero Wert, según manifestaba esta semana en el Congreso, no tiene intención de hacer rectificación alguna pues considera que el escrito contiene «afirmaciones manifiestamente inciertas» y «juicios de valor infundados». Será que los rectores ahora se dedican a especular e inventar escenarios desastrosos en una especie de conspiración contra el Gobierno, o que Wert, que parece que lo sabe todo, no necesita escuchar a quienes lidian día a día con la realidad que, más allá de normativas, entiende de seres humanos.

Al margen de la obviedad de lo absurdo en la actitud del Ministro y de la falta de empatía de los miembros del Gobierno con aquellos ciudadanos que viven en primera persona los efectos de la crisis y de las medidas aplicadas para su recuperación, surge en mí una honda preocupación después de ver la sonrisa de Wert al defender su posición. Y es que tengo claro que salir de la crisis económica en la que estamos inmersos saldremos seguro, con independencia incluso, de quién gobierne en el país. La economía es cíclica y a lo largo de la historia se han vivido períodos de recesión, crisis y depresión que han sido superadas y se han alternado con momentos de mayor esplendor económico. De hecho, es probable que sean ciertas ya algunas de esas cifras que a niveles macroeconómicos auguran unos resultados menos malos para los años venideros, pese a tener mucho de ingeniería financiera. El problema no es la posibilidad de vivir en una crisis eterna, sino las condiciones en las que vamos a salir de ella porque de lo que aun no somos conscientes es de que la crisis económica no es la única crisis en la que estamos inmersos y, me atrevería a decir, ni siquiera la más grave. El Estado de Bienestar se ha herido con consecuencias fatales y con poca probabilidad de recuperación pese a que los resultados dejen de ser negativos. El neoliberalismo ha empezado a campar a sus anchas en nuestras vidas y la mentalidad de quienes ahora están en el poder –no solo en España sino a lo largo de la geografía europea—ha impregnado a base de miedo una filosofía desconocida para quienes hemos nacido al amparo de la Constitución y ha sentado unos precedentes muy peligrosos en cuanto son para todos desconocidos. Sin olvidar, la brecha de desigualdad que se está generando cada día, con cada recorte, con cada decisión contraria a los intereses de la mayoría de los ciudadanos, que ven como sus hijos han de abandonar sus estudios porque el retraso a la hora de pagar las becas hace que en hogares donde están todos sus miembros en paro, no hay para pagar las subidas de tasas universitarias. Eso tendría que ser la prioridad de nuestro gobierno: devolver la garantía que hasta ahora había tenido la educación como herramienta de cohesión social, como elemento de movilidad que permitía que el hijo de cualquier individuo, si se esforzaba, si se capacitaba, si cumplía con las normas establecidas pudiera ser un alto directivo de una multinacional gracias a su trabajo y su constancia, independientemente del nivel económico o la posición social de su familia. Más allá de la fatalidad en la consecución de proyectos vitales de aquellos a los que ya denominan algunos “la generación perdida”, el hecho de que la educación se esté viendo poco a poco desprovista del espíritu de equidad entre los ciudadanos que un día nos brindó la Revolución Francesa, da margen para la segregación de las personas desde su infancia, dividiéndose entre aquellos que pueden acceder a ella y los que quedan fuera de un sistema que rechaza la igualdad de oportunidades. Ese es el gran drama que se esconde detrás de la crisis económica que, finalmente, se ha convertido en una pantalla bajo la que esconder la otra crisis, la que realmente va a cambiar las coordenadas del mundo en el que hasta ahora nos hemos movido.

Mientras, podemos cambiar leyes y marear a los alumnos y al sistema generando gastos innecesarios para borrar de un plumazo lo que hay hecho por los de antes, para hacer algo diferente –que no por ello mejor—y sellar unas siglas políticas en una materia que debería ser objeto de una gran pacto de Estado entre los partidos políticos; o podemos imponer leyes que amordazan la libertad de expresión, en vez de fomentar la Educación para la Ciudadanía, con dosis de ética y valores de convivencia y civismo desde pequeños; o podemos seguir a ritmo de tijera coartando el futuro de nuestras generaciones venideras y por ende apostando por un país menos preparado y menos formado, al mandato de una Europa que clama e impone austeridad mientras permite derrochar recursos y dinero en un espectáculo como es Eurovisión, donde el despliegue de medios y la realización del show ha sido tan genial como su elevado coste (y donde, por cierto, una vez más la diferencia se ha convertido en noticia solo por el hecho de ser diferente). Tal vez en todo ello, encuentre razón la sinrazón de Wert y sus motivos para auto congratularse ante una victoria que nos sepulta un poco más hacia mecanismos de atraso del bienestar adquirido.