¿A qué se debe todo esto? Los economistas convencionales contestarán con la simpleza que les caracteriza, sin profundizar en ningún caso en las causas que provocan estos males, que todo se debe al mercado laboral que apuesta por la estabilidad en el trabajo de los padres frente al de los hijos, y a un deficiente sistema educativo. Sin negar que hay que hacer reformas en el mercado laboral que acabe con la dualidad existente y que dé por terminado la precariedad de los jóvenes, el problema principal reside en la naturaleza del sistema productivo español, así como el modelo de desarrollo nacional e internacional, que está dejando a tantos excluidos en muchos lugares del mundo, mientras la polarización se agudiza.

Por lo que concierne al sistema educativo, que hay que mejorar en todos los niveles, éste no es el causante de la falta de competitividad de la economía española como tantas veces se dice, sino la deficiente capacidad en investigación, desarrollo e innovación que se padece y que se traduce en el hecho, que se puede fácilmente verificar, de que en lugar de invertir con una visión de medio y largo plazo se hace con miras a la obtención de beneficios rápidos y fáciles. Los que somos profesores universitarios, y en mi caso, he ocupado el cargo de rector, lo que me ha permitido tener una visión general de la universidad, sabemos que contamos con jóvenes muy bien preparados, sin embargo bastante desaprovechados. Con los mimbres que tenemos ya podemos hacer mejores cestos.

La responsabilidad de las administraciones públicas y del mundo empresarial en todo esto es muy elevada, sobre todo cuando se desaprovechan tantos recursos humanos con tan buena cualificación, y que han supuesto, además, recursos públicos cuantiosos para su formación. Los profesionales españoles son demandados en países desarrollados, como es el caso de Alemania que está solicitando ingenieros españoles, lo que rompe el mito de la inadecuada preparación de nuestros graduados. Las universidades españolas lanzan cada año a miles de licenciados, diplomados, o graduados, sin que todos ellos tengan posibilidades de realizarse en su profesión y en el desarrollo de sus capacidades.

Una situación de esta naturaleza tendría que crear un malestar social y una elevada conflictividad. A muchos nos sorprendía esta falta de respuesta de los jóvenes y su conformismo con la realidad de los hechos. Otros países europeos se han visto sacudidos por grandes protestas sociales, en las que los jóvenes han sido protagonistas principales. La resignación parecía ser la tónica general en nuestro país. El colchón familiar, que en España es muy elevado, era la única explicación posible que se encontraba para justificar un comportamiento tan pasivo y que contrastaba con lo que estamos viendo más allá de nuestras fronteras.

Sin embargo, como si la llamada del nonagenario Hessel en su libro” Indignaos”, o la del libro colectivo “Reacciona” hubiera hecho efecto, han surgido movimientos de protesta por toda España, el 15 de mayo, en los que se cuestiona la política actual y se denuncia esta situación que habíamos descrito. De cara a las elecciones del 22 de mayo, es una buena llamada de atención de estos jóvenes así como de muchos que les apoyamos, a los políticos y a la forma de hacer política, de cómo están llevando a cabo su función.

Están hartos, no solamente de la forma de hacer política, sino de cómo se concibe ésta, aislada de las preocupaciones de los ciudadanos. La corrupción de determinados políticos, que siguen en las listas electorales, y la complicidad de tantos ciudadanos que les votan a pesar de todo, ya es una muestra sin lugar a dudas de que parte de la sociedad se encuentra enferma, de falta de valores y de ética. Más allá de que se vote esto o aquello, no cabe duda de que es responsabilidad de todos cambiar la forma de hacer política, recuperar el prestigio de ésta, y atender las demandas de la sociedad.

Los políticos, no cabe duda, tienen una responsabilidad de lo que está pasando, pero unos más que otros. No podemos caer en la condena colectiva ni hacer diferencias ni matices, como tampoco podemos ni debemos meter en el mismo saco al PP y al PSOE, y mucho menos a Izquierda Unida. Los problemas graves por los que pasamos no tienen respuestas desde la política porque son el resultado de un sistema que no funciona. El capitalismo global fomentado desde las políticas neoliberales y fundamentalistas de mercado, ha sido un fracaso. Hay que cambiar, por tanto, no solo la política, sino también este sistema basado en la globalización financiera. Pero eso también corresponde a los políticos a hacerlo.