Ahora, con todo su tinglado en amenaza de extinción, el converso Gaddafi habría querido venderle a Occidente su “último servicio”: frenar el proceso revolucionario en el mundo árabe. Como están las cosas, tal objetivo sólo podría lograrse mediante una escalada represiva. Para hacer retroceder a los suyos y para prevenir levantamientos populares en otros países donde la tensión es creciente.

Por lo que se conoce, la matanza está en marcha. El panorama que pintan los “informadores ciudadanos” (valga la expresión) es dantesco. Una carnicería. Salvando errores y exageraciones -que suele haberlos, como hemos aprendido en décadas de profesión-, la represión está siendo desproporcionada, inaceptable y seguramente criminal. Sin ambages.

Hasta ahora nadie se había atrevido a ejecutar una respuesta represiva de este calibre, sin contemplaciones. En parte, por presiones de Estados Unidos y sus aliados. Aunque, se diga lo que se quiera en público, los poderes occidentales (gobiernos, empresas…) están inquietos por el proceso y no han sabido o no han podido canalizarlo.

LA “UTILIDAD” DE LA REPRESIÓN

Para Estados Unidos hubiera sido una tragedia no haber contenido el reflejo represivo de las autoridades de Bahréin el pasado fin de semana. A Washington no le hubiera cabido otro remedio que replantearse ciertas políticas en el Golfo. Todo el discurso oficial hacia las reaccionarias monarquías petroleras se hubiera cuarteado mucho más que en Egipto.

El NEW YORK TIMES asegura que los saudíes no se fiaban de la “lealtad” de los Estados Unidos y habían decidido proporcionar apoyo militar al gobierno de Al-Jalifa, si resultara necesario. Esta opción habría incomodado mucho a la Casa Blanca, no tanto al Pentágono.

Arabia Saudí había levantado la voz sin disimulo, advirtiendo a Estados Unidos que el cortafuegos de la península arábiga es innegociable. Para los jeques de la familia Saud, la pesadilla es que los chiíes triunfantes en Bahréin pudieran encender ínfulas contestatarias en los chiíes que pueblan las provincias petroleras orientales. Ignoramos hasta donde ha llegado la preocupación, pero han corrido rumores de que las autoridades religiosas chiíes han sido llamadas a capítulo para mantener a sus fieles a raya. En todo caso, este riesgo de contagio del malestar de los chiíes de Bahréin a sus correligionarios del oriente saudí había servido de alarma útil para aplacar el entusiasmo de las simpatías revolucionarias, más propagandísticas que reales en las cancillerías occidentales.

Por lo tanto, si alguien iba a decidirse a apretar con entusiasmo el gatillo, lo más conveniente es que no fuera “uno de los nuestros”. A falta de los ayatollahs iraníes, más astutos, Gaddafi era el villano adecuado. Su pretendido ‘heroísmo revolucionario’ (“resistir hasta la última bala”, “morir por la revolución”, “sacrificio hasta el final”) resulta ahora patético. ¿Y qué decir de su hijo predilecto, Saif Al Islam? Con su pose entre paternalista y matona, su traje de corte occidental y sus argumentos de sociología tribal, con sus palabras blandas para trasladar amenazas duras, el reputado sucesor ha hecho trizas su pedigrí ‘reformista’.

Si fracasa en esta estrategia de huida hacia adelante, como parece que está ocurriendo, Gadaffi será hombre muerto. Si prevalece, no tardará en ser un cadáver. Las tribus, que han soportado su excentricidad porque era rentable, se aprestarán a buscar otra fórmula para mantener el equilibrio en el país.

La cuestión es si, pase lo que pase en Libia, este “sacrificio” de Gaddafi puede haber servido como medicina preventiva. Está por ver si la revolución queda confinada a Túnez y Egipto (y aún en estos dos casos restan muchas dudas por despejar). En el resto de países leales, Occidente se conformaría con ajustes políticos y sociales cosméticos, retóricos, pequeñas concesiones a la oposición, mucho de democracia electrónica y poco de justicia social. Sería un cierre que haría respirar a más de uno. Los autócratas, con o sin corona, volverían a dormir tranquilos.

DAÑOS COLATERALES

En todo caso, la deriva libia y está comportando otras consecuencias inmediatas. La más inmediata, si la represión no remite, es el riesgo de una afluencia masiva de ciudadanos libios aterrados a los puertos italianos, sobre todo. La obsequiosa amabilidad de Berlusconi con el “compañero dirigente” libio en los primeros momentos de la crisis se explica en parte por esta razón. Pero no únicamente. IL GIORNALE, uno de los periódicos de Il Cavalieri, comentaba contrito que tanto si cae como si triunfa, será muy incómodo seguir cultivando esa amistad, y añade: “los contratos millonarios de las empresas italianas estarán en peligro”. Más claro, agua.

La otra gran preocupación es el petróleo. Si se prolonga mucho la crisis libia, el precio seguirá aumentando. Lo que constituye una amenaza suplementaria sobre las dificultades de la recuperación económica y la salida de la crisis. Otra razón para que Gaddafi creyera que la represión del levantamiento podría ser secretamente contemplada con alivio en Occidente.

UNA REFLEXIÓN PRESTADA

Finalmente, quisiera traer aquí una reflexiones sobre las “revoluciones árabes”, realizadas en el diario CLARIN por el sociólogo aléman Ulrich Beck, tan querido en estas páginas. Bajo la divisa de que “en política también puede haber milagros”, Beck recupera el mensaje de Hanna Arendt acerca del milagro de la acción política: “la posibilidad irreductible, presente siempre y en todo lugar, de poder empezar de nuevo”.

Beck establece unos paralelismos entre las revoluciones de 1989 en Europa central y oriental. A saber: el carácter pacífico de los levantamientos, la ruina económica y moral de los países, la privación de oportunidades, el anhelo de una vida digna, entre otras semejanzas, que compartimos. Pero lo más interesante de su análisis es la diferencia que establece entre ambos procesos revolucionarios. La caída del muro se celebró y se festejó en todo el mundo. En cambio, las revueltas árabes han provocado sentimientos contradictorios. «Se puede entender el levantamiento árabe también como una protesta paradójica en nombre de valores occidentales contra el dominio todavía vigente de Occidente», afirma con mucha razón Beck.

Las revueltas árabes han desmentido la exageración del terrorismo islamista o del virus del extremismo religioso como antídotos contra la apertura y la democratización. Los tiranos lo han empleado con obscenidad con el consentimiento, la complicidad y el respaldo militar de Occidente.