Aún no sabemos quién será Presidente en el gobierno autonómico catalán. No sabemos si los diputados independentistas elegirán Presidente entre los restos del pujolismo corrupto, o entre sus cómplices en la pseudo-izquierda de ERC, o entre sus otros cómplices en el peculiar anarquismo filoburgués de las CUP. Sí conocemos ya a la nueva Presidenta del Parlamento autonómico en Cataluña, y no es una buena noticia.

La coalición independentista pudo elegir como árbitro en la difícil legislatura que aguarda en Cataluña a una persona con perfil dialogante y constructivo, más partidaria de tender puentes que de cavar trincheras. Pero no ha sido así. Cuando más necesario se hace el entendimiento, han puesto al frente del Parlamento a una política extremista y radical: Carme Forcadell, que no asusta precisamente por la profundidad de su discurso, sino por su simpleza, una simpleza peligrosa. Peligrosa, en primer lugar, para la sociedad catalana.

Forcadell es un peligro por lo que dice y por lo que hace. Pertenece a esa categoría de políticos que prefiere la dialéctica belicista de amigos contra enemigos, antes que la dialéctica democrática de las soluciones frente a los problemas. Es de esos políticos que siendo incapaces de encontrar las causas complejas de una dificultad real, se limitan a encontrarle culpables falsos y a pedir sus cabezas como única salida válida. Todavía resuena en muchos oídos atónitos aquella sentencia suya memorable: “Necesitamos un Estado propio para que las mujeres catalanas puedan hacer de mujeres” (sic).

La nueva Presidenta se ha cansado de distinguir a los partidos, y por tanto a los candidatos y a los ciudadanos catalanes que les apoyan, entre los que “son de” Cataluña y los que “están en” Cataluña. No es la primera vez en la historia europea que un político diferencia en la que considera su patria a los auténticos patriotas de los antipatriotas. Durante cuarenta años ya hubo quienes distinguían entre españoles y antiespañoles. Primero se separa la paja del trigo, después se señala al traidor, y lo que viene a continuación no suele ser nada bueno. Peligroso.

Asegura que ella y los que piensan como ella son “el pueblo catalán”, y los demás, aunque vivan “en” Cataluña, no lo son. Y, claro está, no hay nacionalista radical que no identifique un enemigo tras identificar al amigo. Para Forcadell, el adversario del pueblo catalán es el “Estado español”, fuente de todos los males, desde el paro y la pobreza hasta la corrupción y las mujeres que no pueden “hacer de mujeres”. Veleidad totalitaria y simplificación tan falaz como peligrosa.

En su propio discurso de aceptación del cargo, sin cumplir tan siquiera con la cortesía de escuchar a los demás representantes del pueblo catalán allí reunido, ya avanzó la intención unilateral de iniciar “el proceso hacia la independencia” para “contar con un marco jurídico propio”. Es decir, en el acto de toma de posesión de una responsabilidad que obtiene por aplicación de la legalidad vigente, ya está llamando al incumplimiento de tal legalidad.

Ese mismo discurso se cerró con el grito de “Viva la república catalana”, confirmando la voluntad rupturista y antidemocrática con que inaugura su mandato. Tal expresión es radicalmente antidemocrática porque contraviene de manera directa la voluntad explicitada en las urnas por la sociedad catalana en las elecciones autonómicas del 27 de septiembre. Las opciones independentistas plantearon tal elección como una suerte de falso plebiscito y perdieron, porque más de la mitad de los votantes dieron la espalda a la “república catalana” que, sin embargo, ha proclamado Forcadell. Antidemocrático y peligroso.

Su primer acto jurídico como presidenta del Parlamento catalán ha sido también coherentemente peligroso. Forcadell ha tramitado la iniciativa de Junts pel sí y las CUP para “iniciar el proceso constituyente” y declararse en rebeldía frente a la legalidad y las sentencias de los Tribunales. Se trata de una bofetada a la voluntad democrática de la ciudadanía expresada tanto en las urnas como en el propio ordenamiento jurídico vigente, porque la ley no es sino la expresión jurídica de la voluntad popular. Ya hubo quienes arremetieron contra la legalidad democrática en nombre de “la patria” y no trajeron nada bueno. Muy peligroso.

Es verdad que tiene antecedentes. Como presidenta de la organización separatista ANC ya logró transformar lo que antes fue una fiesta de todos los catalanes, la Diada de septiembre, en una herramienta sectaria al servicio de los propósitos secesionistas. Y ahora busca convertir la casa de todos los catalanes, su Parlamento, en la trinchera de la minoría rupturista para romper con la legalidad, con la democracia y con la convivencia misma.

Resulta curiosa la manipulación burda con que maneja las palabras quien tiene formación lingüística. Forcadell dice que no es “política”, cuando no ha dejado de hacer política a lo largo de toda su vida. Milita desde hace muchos años en un partido político al uso como ERC, ha sido miembro de su máxima dirección, ha sido concejala por ERC en el Ayuntamiento de Sabadell, y ha presidido la organización política ANC que ha tensionado y dividido como nunca antes a los catalanes. Pero ella se dice “de la sociedad civil”. Será que los demás somos de la sociedad militar…

Asegura que si el Gobierno de España hace uso de los mecanismos extraordinarios que la Constitución pone a su alcance, “será un golpe a la democracia”. Pero, sin embargo, parece considerar su conducta como plenamente democrática cuando plantea subvertir de manera clara y directa las leyes de la institucionalidad democrática que ha permitido a Forcadell ejercer su libertad de expresión, organizar su ANC, presentarse a unas elecciones, ser diputada y hasta ser presidenta de un Parlamento democrático.

Y el colmo de la manipulación y el sarcasmo llega con su pretendido propósito de ejercer el cargo trabajando “para todos los catalanes”, cuando ha comenzado su mandato dando una bofetada a la mayoría que optó democráticamente por mantener la convivencia con el resto de la sociedad española.