Los estrategas norteamericanos contaban con la superación de los tradicionales afanes en Oriente Medio y la antigua URSS, para centrarse en una política equilibrada y fecunda, frente al inevitable ascenso de China como innegable competidor por el liderazgo económico (que no militar) global.

Las cosas no han salido como Obama quería. Por un lado, Oriente Medio ha generado tantas frustraciones como de costumbre y ha consumido más energías de las deseables. De otra parte, Rusia ha exigido una atención muy permanente, debido no sólo a la pretendida reafirmación nacionalista del régimen poscomunista, sino también a los errores y descuidos acumulados desde 1989. Resultado: Obama se ha distraído de su misión asiática

HONG KONG: LA INQUIETUD DEL CONTAGIO

Otras complicaciones propiamente regionales han dificultado el plan del presidente norteamericano. China no termina de estabilizar su modelo de capitalismo autoritario, debido a las contradicciones y tensiones sociales y regionales internas y a la resistencia de los vecinos a admitir un ‘hiperliderazgo’ que perciben como amenazante. Estas incertidumbres y recelos han generado otras pulsiones nacionalistas en Japón, en Corea, en Vietnam y Filipinas. El habitual campo de conflicto (económico, comercial) se ha extendido a otros de carácter territorial o emocional, más volátiles y escurridizos en gabinetes y negociaciones técnicas.

A estos riesgos, se une ahora una preocupación interna. La protesta de Hong Kong, por local y concreta que sea, pone de manifiesto una de esas contradicciones del ascenso chino: la dificultad creciente de conciliar desarrollo económico e inmovilismo político. El riesgo de la extensión de estas ‘primaveras de protesta’ no radica tanto en el contenido de las mismas cuanto en la capacidad de gestionarlas, digerirlas y absorberlas. Lo que seguramente más preocupa en Pekín es el riesgo de contagio al corazón del país. La opción ‘Tiananmen’ (represión de escarmiento) resulta hoy mucho más complicada que hace 25 años. Pero estos mandarines ‘pseudocomunistas’ no contemplan la victoria de los manifestantes.

INDIA, COMO FACTOR DE EQUILIBRIO

El otro acontecimiento de la semana es el estreno occidental del primer ministro indio, Narendra Modi. Su abrumadora victoria electoral de este año auguraba cambios de notable dimensión: por la importancia del país, por la ideología rupturista que se presume y por su efecto en la recomposición de los equilibrios regionales. De momento, las esperadas medidas de liberalización económica y aligeramiento burocrático se hacen esperar, al menos para los analistas occidentales que habían concebido grandes esperanzas con el triunfo de Modi (1).

En Asia hay un juego a tres bandas (China, Rusia e India, unidos en un contradictorio club de países emergentes) que tiene la teórica capacidad de cuestionar el orden regional de la superada ‘guerra fría’. Pero, para ello, esas potencias deben demostrar su capacidad para resolver problemas bilaterales cruzados muy antiguos, complejos y profundos.

Modi se presentaba esta semana en Estados Unidos con la etiqueta de «genocida», por su responsabilidad (no completamente esclarecida) en la oscura represión de musulmanes en el estado de Gujarat, en 2002. Abogados que actuaban como representantes de algunas de aquellas víctimas aspiraban a amargarle a Modi su estreno internacional.

La Casa Blanca maniobró para neutralizar tal sobresalto. El presidente Obama no dudó en acudir a uno de esos gestos tan suyos en el manejo de los símbolos. Sacó a Modi de la frialdad de los despachos para enseñarle la capital e instruirlo en el monumento al reverendo Martin Luther King. Aunque muy diferente a su invitado en referencias ideológicas y culturales, Obama jugó la dudosa carta de las circunstancias coincidentes: orígenes alejados de la plutocracia política, dirigentes ‘naturales’ por encima de maquinarias y dinastías, su habilidad para moverse mejor en campañas que en gabinetes y su pretendida prioridad a los asuntos internos por encima de las ambiciones exteriores.

Washington se juega mucho en las relaciones con la India: un acuerdo comercial que resuelva unas disputas arancelarias demasiado incómodas, una colaboración técnica y política que aporte tranquilidad en el mapa de los recursos nucleares, y una cooperación diplomática que genere equilibrio estratégico regional.

EL CAMBIO DE GUARDIA EN AFGANISTÁN

Por lo demás, India es, además, un actor nada desdeñable en Asia Central y, en particular, en Afganistán. Delhi puede colaborar en estabilizar este país, siempre y cuando se cuide de no provocar a su gran rival histórico, Pakistán, que contempla a aquel ‘estado fallido’ como poco más que un ‘protectorado’. Modi quiso desmentir a los que pronostican que su nacionalismo a tambor batiente engendra el riesgo de una nueva guerra, realizando una pronta visita al vecino. Sin resultado fructífero aparente.

El cambio de guardia en Afganistán es el tercer escenario de la semana. Los norteamericanos confían en que el flamante presidente Ghani entierre pronto la herencia del imprevisible Karzai. Mucho le ha costado a la Administración norteamericana reparar la chapuza electoral con un ‘imaginativo’ (para algunos, inverosímil) reparto del poder con su rival, Abdullah Abdullah (más claramente en la órbita de Washington). Veremos si este apaño funciona en la práctica.

Por otro lado, Ghani presenta unas credenciales personales no del todo discretas. Que haya construido su carrera técnica en Estados Unidos, donde adquirió la nacionalidad norteamericana, mientras su país se desangraba en un proceso interminable de guerras internas y externas, no parece suficiente. Su concepción de la política como una especie de ‘bricolaje’ (sic) le capacita teóricamente para los pactos, tomando de aquí o de allá lo necesario para construir. Pero algunos de los que le conocen se muestran un poco escépticos (2).

De momento, Estados Unidos ha conseguido enseguida lo que no pudo sacar de Karzai: un acuerdo bilateral de seguridad que asegure hasta 2017 la presencia militar norteamericana y occidental (10.000 soldados norteamericanos y otros dos mil más de países de la OTAN). Se trata de un tiempo prudencial para asegurar el debilitamiento de los ‘talibán’, estabilizar el país y consolidar cierta recuperación de la economía, hoy en pura ruina.

No está claro que este acuerdo de seguridad sea suficiente para obligar a los antiguos estudiantes coránicos a replegarse y aceptar un pacto que los convierta, a los sumo, en una opción política más. Este verano han sido capaces de sostener la campaña militar amplia y sangrienta de los últimos años, lo que ha conseguido inquietar sobremanera al Pentágono. Ghani ha reiterado su oferta de negociación, ya anunciada durante su campaña electoral. Pero antes de aceptar, los ‘talibán’ querrán comprobar si el nuevo gobierno tiene nervio y estómago para soportar el desafío.

(1) Para las primeras “decepciones” con el primer ministro indio, ver “Modi misses the marks. India’s new government lacks economic visión”. DEREK SCISSORS. FOREING AFFAIRS, 8 de Septiembre de 2014.

(2) Un análisis interesante de la trayectoria del nuevo presidente afgano en: “Ashraf Ghani’s struggle. SUNE ENGELS RASMUSSEN. FOREIGN POLICY, 29 de Septiembre de 2014.