De los dos hombres, uno es blanco y héroe condecorado: John Mc Cain (en nuestro film podría interpretarlo Steve Martin) y representa a esa rara avis dentro los republicanos que supone la continuidad del pensamiento idealista neo-conservador. El otro es Barak Obama (personaje cinematográfico pensado para Will Smith) que representa a esos personajes rebeldes generacionales (David Salinger y su Guardián entre el centeno). Aún así, ambos son conscientes que, sea quién sea el próximo Presidente de los Estados Unidos, tendrá que administrar la caída de esta forma de entender el capitalismo y el inicio de un nuevo ciclo; una nueva era del sistema económico mundial.

En el trasfondo de la decisión de ambas Cámaras y de la posición claramente electoral de ambos candidatos, este “plan de rescate” -presentado como una pieza fundamental para evitar el derrumbe del sistema financiero- supone la escenificación del fracaso estrepitoso del sistema económico preponderante en esta fase de la globalización especulativa. Y también el fracaso de las Administraciones estadounidenses, especialmente esta última, y la de muchos gobiernos occidentales que no dudaron en participar en esa foto de las “Azores financieras” y alentaron un crecimiento falso sobre la base de las ficticias cuentas de resultados y de sueldos millonarios para ejecutivos sin ideología y sin escrúpulos.

Las generaciones crecidas en las épocas convulsas de finales de los sesenta y alimentadas en las fuentes universitarias críticas del materialismo dialéctico, cuando vemos esta escenificación del desastre que es la votación en la Cámara de Representantes y del Senado de los Estados Unidos, no podemos dejan de pensar, en que probablemente este momento haría las delicias de Rosa Luxemburgo, Otto Bauer, Henryk Grossmann y todos los teóricos del “derrumbe del capitalismo”, si no fuera porque la factura de esta crisis, como ocurre siempre, la pagarán los trabajadores y las clases medias.

En muchos sectores estadounidenses (inclusive en el sector más crítico de los Demócratas) y mundiales, la oposición a este Plan y a los Planes de Rescate que se avecinan, dentro y fuera de la UE, viene determinada por la valoración de lo claramente injusto que supone acudir con dinero público al auxilio de un sistema podrido, inyectando dinero de los contribuyentes, sin conocer claramente las condiciones -la letra pequeña del Plan- y sin depurar responsabilidades económicas, financieras y también políticas. Muchos estadounidenses y ciudadanos globales pueden entender, pero no justificar, el correr en socorro de las torres gemelas del imperio financiero, Lehman Brothers y Merrill Lynch, cuando caen derribadas –por cierto también en septiembre- por unas hipotecas basura que habían hecho las delicias de un sistema económico convencido de que el ladrillo y la especulación inmobiliaria eran la base de la riqueza fácil y rápida de las instituciones financieras al uso. El vale todo de esta barra libre financiera.

Incluso Mc Cain y los jefes parlamentarios de ambos partidos, justifican el sentido afirmativo de la votación bajo el argumento de la Defensa del National Interest; sin embargo, son muchos los que en el fondo piensan que en lo fundamental de la crisis y de la decisión adoptada lo que ha pesado ha sido el Special Interest, el Interés Egoísta que algunos destacados historiadores en los Estados Unidos han asignado a la política de este país en momentos en donde primaba la “diplomacia del dólar” y el imperio de las stocks options.

Una vez aprobado en el Senado, la Cámara de Representantes de los Estados Unidos muy probablemente en las próximas horas volverá a votar para cambiar su inicial negativa al “Plan de Rescate” presentado por Bush. Flota en el ambiente que estamos asistiendo al final de un ciclo en los Estados Unidos y en el conjunto del sistema capitalista, el “plan de rescate” y los planes futuros merecerían aprobarse si la nueva fase del capitalismo que nos esperara fuera la de “rostro humano con avance social”; pero sospecho más bien, que será el pago del “rescate” por un secuestro financiero -perfectamente consentido y alentado- que todos hemos sufrido.