EL FINAL DE “JAPON INC.”

Hace veinte años, las perspectivas de Japón eran bien distintas. Los expertos económicos -o al menos los que se dedican a vaticinar- aseguraban que al iniciarse la segunda década del siglo XXI -es decir, el tiempo que vivimos-, Japón habría desbancado a Estados Unidos como primera potencia económica mundial. Japón como otra forma de Imperio del Sol naciente. Lo que ha ocurrido, como se sabe, no ha sido precisamente eso. Al concluir la primera década del siglo, la economía japonesa pesaba lo mismo que cuando se hicieron aquellas optimistas predicciones. Con las actualizaciones de cambio correspondientes, el producto interior bruto se ha estancado en 5,7 billones de dólares. En cambio, el líder supuestamente destronado había duplicado el valor numérico de su poderío económico, hasta alcanzar los 14,7 billones de dólares (Datos de la OCDE). Japón no sólo no ha desbancado a Estados Unidos del primer puesto, sino que hace apenas nueve meses perdió la segunda posición, en beneficio de China, que es la potencia que amenaza ahora la hegemonía norteamericana. ¿Qué ha pasado en Japón para que se hayan defraudado esas expectativas tan brillantes?

JAPON=DEFLACIÓN

Hay bastante consenso entre los economistas en el análisis sobre la concatenación de fenómenos que han conducido a esta situación. Incluso se habla abiertamente de ‘modelo japonés ‘ como definitorio de una serie de políticas y comportamientos económicos.

Japón vivió una fiebre especulativa en los ochenta que generó, básicamente, dos tipos de burbujas, una bursátil y otra inmobiliaria, con amplias y nocivas consecuencias para el sector financiero -que ha estado varias veces al borde del colapso- y para toda la actividad económica en general. A comienzos de los noventa, poco después de las predicciones triunfalistas mencionadas, las burbujas reventaron. Los sucesivos gobiernos intentaron sostener la situación mediante respaldos de dinero público que generaron un crónico déficit público, el más alto del mundo (200% del PIB). Posteriores políticas de austeridad para corregir esta tendencia no resolvieron la depresión económica y se instaló en el país una deflación persistente, durante toda una generación, hasta el punto de que Japón se ha convertido en el exponente arquetípico de este comportamiento económico en los tiempos actuales.

La caída de los precios en términos reales ha sido de tal envergadura que, por citar el ejemplo del mercado inmobiliario, el más emblemático en la crisis del país, el valor medio de una propiedad es hoy la misma que en 1983. Si tomamos como referencia el mercado de valores, las empresas que cotizan en Bolsa valen hoy cuatro veces menos que en 1989.

PESIMISMO, REPLIEGUE, NUEVOS HÁBITOS SOCIALES

Las sucesivas manifestaciones de la crisis económica (financiera, bursátil, presupuestaria, económicas) ha provocado auténticos tsunamis sociales. Los expertos advierten un indiscutible cambio en el patrón de vida de Japón a lo largo de la presente generación, durante las últimas dos décadas. No ayudó mucho el desprestigio casi generalizado de una clase política atrapada en la corrupción, el clientelismo, la incompetencia.

El pesimismo ha condenado el consumismo japonés. El miedo a las consecuencias de la crisis ha provocado un repliegue en los hábitos aparentemente consolidados de la clase media japonesa de pedir créditos, adquirir bienes de consumo y servicios. El ciclo endeudarse y gastar es ya historia. Los japoneses ya no inundan aeropuertos y museos mundiales con sus pequeñas cámaras fotográficas. Ahora viajan mucho menos y son muchos menos los que viajan.

El presidente del Instituto de Investigación sobre Hábitos de Mercado y Consumo, Hisazaku Matsuda, decía en un reciente libro glosado por THE NEW YORK TIMES hace unos meses que los japoneses habían pasado de ‘consumistas devoradores’ a “consumption-haters” (personas que odian consumir).

Pero no se ha reducido el gasto en consumo, en el ocio, en el disfrute, en lo que parece superfluo. En un sector de primera necesidad como la vivienda, la deflación ha tenido efectos devastadores, porque muchos propietarios que han querido sostener con la venta de su piso una mala situación económica o laboral se encuentran con que el valor del mismo es varias veces inferior a la hipoteca que aún no han terminado de pagar.

La crisis se ceba con especial crudeza en las nuevas generaciones. Los jóvenes se hacinan en las famosas ‘microcasas’, auténticas cajas de cerillas en el paisaje urbano. Las aspiraciones de un joven japonés de clase media, o media alta, de completar sus estudios en las universidades norteamericanas se han desvanecido por completo. Este ambiente de pesimismo ha incidido en el clima laboral. La tradicional laboriosidad japonesa se resquebraja. Los jóvenes que trabajan no pasan tantas horas en la oficina o en el taller. Conscientes de que los sueldos no les van a permitir un nivel de vida como el que han conocido en sus padres o abuelos, se sienten sin estímulos para el esfuerzo. Pocos se sienten animados a pedir créditos, a crear sus empresas, a asumir riesgos.

En el plano social, la depresión de las expectativas ha llevado a una crisis de la pareja y del universo emocional. Se ha incrementado aún más el índice de suicidios, que ya era notablemente alto antes de la crisis, en comparación con otras potencias industriales avanzadas. El cine o la literatura japonesa de estas dos últimas décadas ofrecen abundantes ejemplos de esta ‘melancolía social’ que amenaza con arruinar ese espíritu emprendedor que se percibía desde Occidente.

FORTALEZAS PARA RESISTIR

Y, a pesar de todo lo anterior, Japón dispone aún de fortalezas importantes para remontar. Continua siendo una potencia industrial de primer orden y no ha perdido pie en la vanguardia tecnología. Dedica un 3,8% de PIN a investigación y desarrollo, una cifra que ya se querría en Europa.

Hace unos días, el corresponsal de LE MONDE en Tokio destacaba, como lo han hecho otros colegas, el ejemplo de civismo del japonés golpeado por las actuales catástrofes naturales. Atribuía Philippe Mesmer esta actitud a la educación: «desde la escuela -aseguraba- se transmite el valor del grupo, se aprende a hacer las cosas juntos». Afrontar en bloque la tragedia. Ese, efectivamente, ha sido un valor de la sociedad japonesa.

Pero la educación no es la única explicación. Contrariamente a China, el capitalismo nipón adoptó ciertas provisiones del capitalismo renano y se dotó de ciertos mecanismos de cohesión social, que amortiguó las diferencias sociales propias del sistema. El paro, pese a los “tsunamis” económicos y sociales no supera el 5%. La población tiene sus necesidades básicas y menos básicas bastante cubiertas. La población de elevada edad está bien cuidada. No hay tensiones sociales alarmantes, aunque la reducción del papel corrector del Estado pueden hacer aflorar problemas latentes. En todo caso, lo más inquietante es el estado de ánimo de los más jóvenes. El fracaso reiterado de la clase política, la frustración ante fórmulas ‘renovadoras’ como la representada por el actual primer ministro añaden pesimismo al escenario.

Las consecuencias de este último desastre están aún por evaluar con rigor. Pero seguramente contribuirán a debilitar las respuestas públicas y, por lo tanto, a ahondar la crisis social en el país. LE MONDE concluye su editorial dedicado a los efectos duraderos de la catástrofe con una frase elocuente: “Japón vive un momento churchilliano”. Sangre, sudor y lágrimas…