Pero resulta injusto. El castigo ha sido injusto con el PSOE por excesivo. El Gobierno socialista no ha tenido menos responsabilidad en esta crisis que otros gobiernos, pero su compromiso con las políticas de bienestar en un contexto de ajuste merecían mayor reconocimiento por parte de su electorado. El candidato Rubalcaba, además, ha hecho una campaña valiente y solvente, que no se corresponde con el resultado de las urnas.

Tan excesivo ha sido el castigo socialista como el premio popular. El PP no ha estado a la altura de su responsabilidad en los momentos más decisivos de la crisis, anteponiendo siempre su interés electoral al interés del país. La campaña de Rajoy, por otra parte, ha pecado de ambigüedad y falta de transparencia, en una estrategia más que evidente por ocultar sus auténticas intenciones en el Gobierno.

La alta participación en las elecciones constituye una buena noticia. El pequeño retroceso en el porcentaje de voto válido respecto a los comicios de 2008 no desmerece el claro respaldo de los españoles a la democracia representativa y al régimen constitucional. Tras unos meses de cuestionamiento del sistema en algunos foros, este dato aporta seguridad y estabilidad. La crisis no afecta tanto al sistema como a las políticas que se aplican desde el sistema.

No obstante, se detectan cambios de calado en el mapa político español. A la mayoría popular y la caída socialista debe añadirse el retroceso general del bipartidismo en beneficio de otras formaciones hasta ahora muy minoritarias. Parte de los cuatro millones de votos perdidos por el PSOE han desembocado a su izquierda sobre IU, y a su derecha sobre el partido de Rosa Díez. Sería de agradecer que este caudal de apoyos se aprovechara para ponderar sus posiciones y abandonar ese punto de demagogia que suele acompañar el discurso de quienes se saben liberados de la responsabilidad de gobernar.

Mucho más preocupante resulta el crecimiento de los apoyos a los partidos nacionalistas en el País Vasco y en Cataluña. Todo parece indicar que el aumento de votos se transformará pronto en una intensificación de la diatriba victimista y de las propuestas más egoístas, sobre todo en el campo de la fiscalidad. Esperemos al menos que los siete diputados batasunos sepan responder con un mínimo de inteligencia a la generosidad con la que el pueblo vasco ha premiado el abandono de la actividad terrorista. Aunque me temo que sea mucho esperar.

El pretendido vuelco político en Andalucía no ha sido tanto, y aún cabe la esperanza de que el PSOE pueda encabezar una remontada progresista para seguir gobernando la primera de las comunidades españolas. En términos de calidad democrática y de equilibrio de poderes, sería interesante que al menos una parte del mapa autonómico escapara del azul popular. Por cierto, Alfonso Guerra y el PSOE sevillano merecen un reconocimiento por su triunfo frente a la marea popular.

Corresponde ahora reclamar al ganador responsabilidad y altura de miras. Los populares han ganado clara y limpiamente. Pero eso no les faculta para imponer su programa máximo a sangre y fuego. Diálogo, acuerdo, ponderación, sentido común, son valores cuyo ejercicio todos agradeceremos.

Y el PSOE tiene ante sí la tarea ardua pero inexorable del análisis crítico sobre su gestión en los últimos años, y la determinación de superar los problemas para servir debidamente a la sociedad española desde sus principios y valores de siempre. Tan poco inteligente sería eludir la autocrítica como enfangarse en el conflicto interno.

Hacen falta nuevas ideas, nuevas formas y nuevos equipos. Pero prescindir de la capacidad y la experiencia de hombres como Rubalcaba sería un error grave. Hay tiempo por delante, y un todo un Congreso por celebrar, para que el PSOE vuelva a merecer la confianza mayoritaria de los españoles.