El acuerdo interino sobre el desarrollo y control del programa nuclear iraní entre la República Islámica y las grandes potencias mundiales se asemeja a un prisma. Como tal, se distinguen caras visibles (los términos escritos) y ocultas (los compromisos diplomáticos que han forjado el consenso), vértices (los elementos claves que articulan en plan pactado) y aristas (las distintas interpretaciones que apuntan elementos futuros de fricción). Según el ángulo de visión desde el que se contemple y los argumentos que se proyecten sobre él, de este prisma pueden obtenerse reflejos (resultados) diferentes. Veamos sumariamente estas visiones.

DESDE ESTADOS UNIDOS Y LA UNIÓN EUROPEA

– El acuerdo (si se respeta) restringe el programa nuclear iraní al ámbito civil y hace imposible su deriva militar (la fabricación de la temida bomba) durante al menos quince años.

– Las instalaciones nucleares iraníes se someten a un estricto programa de desarrollo; a saber: reducción de los centrifugadores, limitación drástica del enriquecimiento de uranio en niveles inhábiles para producir la ‘bomba’), congelación de la renovación tecnológica de las instalaciones y prevención de la producción de plutonio.

– La combinación de todo lo anterior hace que, si Irán vulnerara el acuerdo, necesitaría más de un año para estar en condiciones de fabricar la bomba (el denominado ‘breakout’).

– Se instaura el sistema de inspección y verificación «más intrusivo de la historia», en palabras (certeras, según los técnicos) del Presidente Obama.

– Las sanciones no empezarán a levantarse hasta que se confirme el cumplimiento iraní.

– Se consigue el ‘engagement’ del régimen iraní; es decir, la aceptación de compromisos propios de un sistema internacional, que ha venido rechazando durante más de tres décadas.

– Indirectamente, el acuerdo puede contribuir (aunque esta aspiración no esté ni mucho menos garantizada) a que, según la visión occidental, la República Islámica pase de ser un factor desestabilizador en Oriente Medio a convertirse en un agente de estabilidad.

DESDE LA REPÚBLICA ISLÁMICA DE IRÁN

– El acuerdo no desmantela por completo su programa nuclear, le reconoce su derecho a enriquecer uranio y, por tanto, a dotarse de un recurso energético para su desarrollo, lo cual avala la narrativa del régimen, que siempre ha sostenido que no tenía intenciones militares.

– Hace mucho más improbable la destrucción militar de sus instalaciones, al convertir el altamente improbable la hipótesis de una acción unilateral israelí.

– Propicia el levantamiento de las sanciones derivadas de su programa nuclear, aunque se mantengan las impuestas por las violaciones de derechos humanos y al apoyo a partidos y organizaciones regionales consideradas como ‘terroristas’ por los gobiernos occidentales.

– Salva y consolida el régimen de los ayatollahs al librarlo de las presiones económicas y reivindicarlo como potencia internacional de consideración.

DESDE LOS ENEMIGOS (DIVERSOS Y NO SIEMPRE COINCIDENTES) DEL ACUERDO

– En Israel se advierte división de opiniones y sensibilidades. El Gobierno de la derecha nacionalista y ultranacionalista mantiene su rechazo y será difícil que la ‘pedagogía’ adicional de Obama cambie esta percepción. La reclamación última del electoralmente reforzado primer ministro Netanyahu de que Irán «reconozca el derecho de Israel a existir» es extemporánea y ajena al asunto en cuestión. La izquierda, por el contrario, contempla el acuerdo con alivio, considera que el programa nuclear iraní ha quedado encuadrado, aunque no se ha disipado la aprensión sobre lo que pueda ocurrir tras esos quince años de control.

– En Arabia Saudí, la reacción ha sido cauta. Es significativo que la primera llamada de Obama para comunicar y explicar el sentido del acuerdo fuera al Rey Salman. El presidente norteamericano ha establecido una política calculada de cortejo. No es descabellado pensar que el apoyo logístico y de inteligencia prestado a Riad en la operación militar saudí en Yemen se haya hecho con el ojo puesto en Lausana. Se trataría de demostrar a los jeques del Golfo que la actual Administración no pretende alterar sustancialmente el actual sistema de alianzas en la región. El acercamiento con Irán no se hará a costa de las monarquías petroleras.

– En el Congreso de Estados Unidos, dominado por los republicanos, el acuerdo será escudriñado al detalle. Se mantendrá una retórica crítica, escéptica, pero no está asegurado que los demócratas pro-israelíes apoyaran a los republicanos si éstos quisieran mantener las sanciones que legislativo impuso en su día a Irán. El cálculo es puramente político. Es decir, tendrá más que ver con las perspectivas electorales del año próximo en Estados Unidos que con las aprensiones de seguridad de Israel o de los aliados conservadores de Oriente Medio.

DESDE UN ENFOQUE NEUTRAL

– El acuerdo supone un triunfo para Obama cuando más lo necesitaba, tras dos años de dudas, críticas acervas e incertidumbres sobre la solvencia de su estrategia en Oriente Medio; el éxito negociador de Kerry supone un refuerzo adicional del Presidente, ya que el Secretario de Estado es contemplado como el hombre de mayor confianza de Obama.

– Un horizonte de supervivencia para la República Islámica de Irán, ya que el acuerdo no sólo ampara un pilar de su desarrollo futuro (el energético), sino que, indirectamente, revalida la actual expansión de su condición de potencia regional de primer orden.

– El acuerdo consagra el actual equilibrio entre las distintas sensibilidades del régimen: Jamenei y los ayatollahs conservadores han avalado el resultado de la negociación y, por tanto, de forma indirecta, han respaldado la estrategia reformista del Presidente Rohani y de su ministro de exteriores, Zarif, auténtico artífice del acuerdo nuclear.

– El aislamiento momentáneo de la derecha nacionalista israelí, lo que no puede ser necesariamente positivo, porque puede precipitar un deriva provocadora peligrosa, en función del respaldo que obtenga de una hipotética administración republicana a partir de 2017.

– Un replanteamiento del tablero geoestratégico en Oriente Medio, sin sobresaltos, que nadie quiere (eso es también una ventaja del ‘engagement’ iraní), pero sometido a los riesgos de la acumulación, encadenamiento y complicación de los conflictos en marcha.