La gravedad del asunto está en que, por muchos esfuerzos que realicen los medios de comunicación afines al poder para convencernos de que son las exigencias de los mercados la causa del paro creciente, de la demolición del Derecho del Trabajo y del progresivo desmantelamiento de los sistemas públicos de protección social, la realidad es que son las políticas de los Gobiernos de derechas, aquí y en Europa, las responsables principales de lo que ocurre. El atraco a las clases populares que nuestro Gobierno práctica habitualmente, incluido el que al escribir estas líneas acaba de perpetrar, no es más que la demostración de que el problema central está en las políticas imperantes y no en los mercados, sin que ello niegue en absoluto la importancia de los problemas económicos. Y detrás de las políticas está el sustrato ideológico que las preside. Semanas atrás Mariano Rajoy hablaba de que las reformas –léase contrarreformas- en curso obedecían a “convicciones muy profundas”. Es decir, no respondían a la necesidad de actuar en una coyuntura muy desfavorable, sino a un pensamiento arraigado en los sectores más reaccionarios de la derecha para los cuales el papel del Estado y de lo público, así como su función reguladora y redistributiva, son rémoras para el libre juego de los poderes económico y financieros privados a los que, pese a la evidencia de su incapacidad para hacerlo, se les concede la función de crear riqueza y prosperidad para todos. Es sintomático que en época de recortes brutales no se contemple, por ejemplo, la aplicación de un impuesto extraordinario a las grandes fortunas o la supresión de tantas exacciones y bonificaciones al Impuesto de Sociedades que, del 30% nominal que les corresponde a las grandes empresas, pagan en la práctica poco más del 10%. Por eso cabe afirmar que, efectivamente, a lo que estamos asistiendo es a un intento de cambio en el modelo de sociedad. Es decir, retroceder de la concepción del Estado social y democrático de derecho del que habla la Constitución a un Estado liberal semejante a los que existían en Europa en la primera mitad del Siglo XX.

Ni que decir tiene que en una economía globalizada, con un poder financiero trufado de delincuentes sincronizados a escala planetaria, los márgenes de maniobra a escala nacional se estrechan sobremanera. Pero existen. Ahí está el ejemplo de Hollande en Francia, al que sin duda se le va a intentar cercar, precisamente porque no se atiene a las pautas que las derechas gobernantes tratar de marcar, no tanto en los destinos como en los desatinos de Europa.

Llegado este punto, no está de más decir algo sobre un hecho que guarda relación con la inseguridad que para esos grandes poderes económico y financiero podría provocar la democracia y los cambios políticos y sociales de orientación progresista. Se reflexiona de forma insuficiente sobre el hecho de que, al hilo de reales y a menudo inventados errores o actitudes censurables de los partidos políticos y de los sindicatos, resulta que son, más los primeros que los segundos, algunas de las instituciones menos prestigiadas ante la opinión publica. En el fomento de ese estado de opinión juegan un papel decisivo los medios de comunicación, controlados precisamente por esos grandes poderes. Digo que se reflexiona poco, porque tanto partidos como sindicatos son de las pocas instituciones de la democracia que vertebran a la sociedad. Al restarles credibilidad para esa función las posibilidades de manipulación de la opinión pública crecen ostensiblemente. No hay que ser experto en sociología para darse cuenta de que en la actualidad el grado de manipulación y alienación de los ciudadanos es espectacular. Por eso, quizás, se piensa poco en que la alternativa al sistema de partidos es el populismo o la dictadura.

En resumen, si el problema básico está en la política; si la manipulación de los estados de opinión es determinante en las opciones de los ciudadanos; si, pese a todo, aparecen Gobiernos de izquierda que plantean políticas distintas, parece obvio que hay que aclarar conceptos; intentar contrarrestar las manipulaciones utilizando todos los medios disponibles, desde las redes sociales hasta la revitalización de la militancia y la participación; y ofrecer alternativas claras, son algunas de las tareas imprescindibles para la recuperación de la izquierda. Porque, pese a la alienación que se fomenta a ojos vista, tanto en Italia como en el Reino Unido y la propia Alemania se observan signos de que las derechas pueden no salirse con la suya. Conviene también contrarrestar el fatalismo y la resignación.