El paro es el primer problema de la sociedad española, según reflejan todas las encuestas. Y además de un drama humano extraordinario, amenaza la viabilidad del sistema económico, la estabilidad de nuestro entramado social y la mismísima legitimidad del régimen democrático. Si el régimen excluye de sus beneficios a capas muy amplias de la población, la población cuestionará el régimen, como es lógico. Sin embargo, quienes adoptan las decisiones estratégicas aquí y en Europa no parecen atender a estos riesgos, e incomprensiblemente perseveran en la adopción de decisiones que relegan la respuesta al desempleo ante otras prioridades de orden macroeconómico.

Las cifras de la última EPA son tremendas. Cerca de seis millones de parados, un 26,02% de la población activa. 850.000 empleos perdidos en un solo año. Más del 55% de los jóvenes parados. Un 16,4% de las familias con todos sus miembros en situación de desempleo. Y nada hace pensar que la situación vaya a revertirse en este año que comienza, a pesar de la infundada propaganda oficial de los “brotes verdes”. En 2012, una caída del PIB del 1,3% ha producido una caída del empleo del 4,3%. Aplicando este mismo multiplicador, y no se apuntan cambios estratégicos para aventurar otra cosa, la caída de la producción prevista para 2013 (entre el 1,3% y el 1,6%, según diferentes analistas) puede suponer un millón de parados más antes de 2014. Absolutamente insoportable.

Las respuestas que ofrece la ortodoxia económica conservadora a esta situación podían calificarse de erróneas hace un tiempo, cuando sus consecuencias estaban por comprobar. Ahora, sin embargo, resultan sencillamente inmorales, porque los resultados están a la vista. No obstante, las autoridades españolas y europeas persisten en las recetas austericidas. En estos días, el comisario Rehn y el nuevo presidente del eurogrupo, que de socialdemócrata tiene poco más que la militancia formal, han vuelto a priorizar el control de los déficits públicos en sus estrategias inmediatas. Tras el esclarecedor informe Blanchard, el FMI vuelve también a las andadas recomendando el ajuste sobre el ajuste en Portugal. Y en la semana de los seis millones de parados, el Banco de España sugiere ¡moderación salarial!

¿Hay alternativas? Claro que las hay. Nuestra macroeconomía tiene su contestación en la macroeconomía estadounidense. Allí la prioridad es combatir el paro, y el juego de las demás variables se acomoda a este propósito colectivo. Y las consecuencias son evidentes: en 2012, mientras Europa se desangraba en la recesión y el paro, EEUU crecía en producción y empleo. ¿Que el déficit se mantiene en tasas demasiado altas? Bien, trabajemos para reducirlas, pero no al precio de empobrecer a las mayorías. Como dice Alfonso Guerra “Si tengo que elegir entre un déficit alto y que se me muera la gente, prefiero el déficit alto”.

Pero es que nuestra microeconomía tiene una referencia aún más cercana, en Alemania. Porque el empleo alemán resiste a pesar de su Canciller. Es la fortaleza industrial, la apuesta por la formación, la cogestión sindical y la preferencia por repartir el trabajo antes de despedir trabajadores lo que favorece la estabilidad de los empleos en el país teutón. Ni las deregulaciones, ni las rebajas salariales, ni las facilidades en el despido forman parte del panorama laboral alemán. Este éxito debería ser nuestro espejo.

Volviendo a Stiglitz, es preciso adoptar una decisión. O el régimen cambia de estrategia económica, para revertir la precarización social progresiva, o cambiará el régimen, y puede que no sea a mejor. Alguna experiencia histórica existe al respecto.

Hasta ahora, los más desesperados optan por tirarse ellos mismos desde las ventanas de los pisos por desahuciar. Puede que pronto se les ocurra alguna alternativa…