Asistí a sus clases de Estructura Económica en el marco de los cursos de Sociología que en aquellos años puso en marcha la Universidad Complutense en el viejo Caserón de San Bernardo. José Luis Sampedro ya era un Catedrático acreditado y se sabía que colaboraba en el servicio de estudios de un Banco público, el Banco Exterior de España. Los catedráticos de entonces solían ser especialmente atildados en su manera de vestir. Trajes impecables, con sus chalecos y otros adornos, con tejidos de estilo diplomático. Incluso un Catedrático que me dio clases en la Facultad de Derecho acudía siempre con guantes de cabritillo. Sampedro, en cambio, vestía de manera elegante pero discreta. Le recuerdo con jerséis de lana en invierno, chaquetas de tweed, y, eso sí, con una pajarita.

Sus clases tenían una inequívoca orientación progresista. Resaltaba los grandes problemas sociales y las dimensiones de la economía conectadas a la solución de esos problemas. Recuerdo que manifestaba una especial sensibilidad por las desigualdades e injusticias internacionales. Sus explicaciones e interpretaciones, rigurosas y de fondo, las aderezaba con metáforas potentes, que dejaban un recuerdo permanente. Creo que en esto era un gran pedagogo. En varias ocasiones he comprobado que algunos académicos destacados que fueron alumnos suyos aún recuerdan algunas de esas metáforas y sus explicaciones. Por ejemplo, varias veces he oído hablar a Carlos Berzosa de la metáfora de la famosa montaña de mantequilla y de su altura en comparación con el edificio de “Galerías Castañeda”, en donde estaba entonces la Facultad de Ciencias Económicas.

A mí me quedó especialmente grabada una metáfora-imagen que resulta especialmente pertinente y actual en nuestros días. Para resaltar el papel que querían jugar los países históricamente marginados, y en algunos casos ocupados colonialmente, el profesor Sampedro recurría al primer acto del Tenorio, cuando D. Juan intentaba escribir una carta en una hostería y era molestado por los gritos (del populacho) que se escuchaban fuera del escenario. Y recordaba aquel famoso verso del malhumorado y solitario Don Juan:

Cuan gritan esos malditos.

Pero, mal rayo me parta

Si en concluyendo la carta

no pagan caros sus gritos.

Pues bien, esos que antaño gritaban desde fuera del escenario, los pueblos marginados -resaltaba el profesor Sampedro- en nuestro tiempo quieren salir al escenario y contar. Ser unos más en el acto de la vida y del orden mundial. Y a partir de ahí el profesor Sampedro desgranaba y analizaba las situaciones de dependencia internacional, las asimetrías de poder, de influencia y riqueza, las tensiones que lógicamente estaban surgiendo e iban a surgir en el panorama internacional, etc.

Metáfora, por cierto, que en nuestros días también se puede aplicar a los sectores marginados y postergados, que no se resignan a permanecer ocultos y apartados fuera del proscenio y quieren estar -y contar- en el escenario de nuestras sociedades. Lo cual, también hoy, da lugar a que los actores más altivos se sientan tan enfadados y molestos –y hasta prestos a dar mandobles- como antaño lo estaba el irascible Don Juan.