Estamos inmersos en una lucha de poder entre lo que supuso Europa como avance civilizatorio y el poder encarnado en Bruselas por unos burócratas que, ni representan a los europeos, ni tienen nada que ver con el sueño de libertad, paz e igualdad que se ha ido construyendo desde la segunda mitad del siglo XX, y que dio lugar a la construcción de un Estado de Bienestar que otorgaba a los ciudadanos una serie de derechos y seguridades vitales hasta ese momento desconocidas.

¿En qué momento cambió todo? No se puede decir con precisión, aunque las mayorías conservadoras en las instituciones han ayudado, pero Europa está dejando de ser percibida por los ciudadanos como un ideal de vida para convertirse en una pesadilla que le recorta calidad de vida y bienestar.

Ante esta situación, hay que diferenciar claramente entre Europa y Bruselas, entre la Europa de los ciudadanos y la Bruselas de los mercados. Y hay que trabajar activamente para que Europa sea liberada del rapto que sufre por parte de Bruselas. Estamos ante un claro ejemplo de doctor Jekyll y Mr Hyde, donde los ciudadanos europeos somos los únicos que podemos imponer democráticamente que en Bruselas se haga lo que las urnas mandatan y no lo que deciden unos oligarcas desconocidos pero muy poderosos.

La Europa que hay que liberar y liderar es la que nace de la voluntad de los ciudadanos. Sin olvidar como establecía la Constitución Europea que la Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres.

La Bruselas que hay que erradicar es la que, insensible al sufrimiento de los ciudadanos, impone una austeridad suicida mientras olvida que la UE tiene como finalidad promover la paz, sus valores y el bienestar de sus pueblos.

Los europeos están por una Europa que se propone avanzar por la senda de la civilización, el progreso y la prosperidad, por el bien de todos sus habitantes, sin olvidar a los más débiles y desfavorecidos.

Quieren seguir perteneciendo a un continente donde el trabajo es un derecho, y donde toda persona tiene que poder trabajar en condiciones que respeten su salud, seguridad y dignidad. Sí, quieren trabajo y que las condiciones sean justas, equitativas y que les permitan llevar una vida digna.

Quieren seguir perteneciendo a un continente donde la educación es un derecho real para cualquier persona en condiciones de calidad y equidad.

Quieren seguir perteneciendo a un continente donde toda persona tiene derecho a acceder a la prevención sanitaria y a beneficiarse de la atención sanitaria, garantizándose un nivel elevado de protección de la salud humana.

Quieren seguir perteneciendo a un continente donde se reconoce y respeta el derecho de acceso a las prestaciones de seguridad social y a los servicios sociales que garantizan una protección en casos como la maternidad, la enfermedad, los accidentes laborales, la dependencia o la vejez, así como en caso de pérdida de empleo. Un continente que combate la exclusión social y la pobreza, y no la genera.

Quieren seguir perteneciendo a un continente abierto a la cultura, al saber y al progreso social. Un continente que avanza en democracia y transparencia, y donde se respetan y cumplen las decisiones que los ciudadanos toman en las urnas.

Quieren seguir perteneciendo a un continente donde no tienen cabida declaraciones como las del portavoz comunitario, Olivier Bailly, que ante el claro rechazo de los italianos en las urnas a las políticas de ajustes de la UE, declaró que recibía el mensaje de inquietud, pero que esperaba que Italia cumpla sus compromisos de reformas estructurales que asumió con Bruselas. Unas declaraciones no solo desafortunadas, sino terribles, porque no entiende qué significa la democracia y dónde se encuentra la soberanía.

En definitiva, hay que elegir entre Europa o Bruselas. La oligarquía europea y global se ha decantado por Bruselas. Ahora corresponde a los europeos luchar por la paz, la justicia social y el bienestar que supone Europa como avance civilizatorio.

Frente al becerro de oro, y tras las dolorosas experiencias del siglo XX, de los ciudadanos depende Europa, Europa y más Europa. Algo distinto e incompatible con la Bruselas de hoy.