El último debate, el más peleado, el más ágil, no cambió la tendencia. Ni siquiera la utilización abusiva de Joe, el fontanero que interpeló a Obama en Ohio, impidió que McCain agotara su crédito. Por mucho que el brujo Rove diga en THE WALL STREET JOURNAL que el senador por Arizona puede protagonizar «la remontada política más formidable y la más improbable desde la de Harry Truman en 1948».

El recurso del candidato republicano al populismo reaganiano y a una moderada agresividad no sirvió para descolocar al candidato demócrata, que demostró una capacidad de autocontrol sobresaliente. Obama juega a favor de corriente, es verdad, pero no ha cometido desliz importante. Se ha mantenido con una disciplina férrea en su línea de discurso. Hasta en sus ambigüedades, Obama se mantiene imperturbable.

Los datos de las proyecciones electorales le otorgan ventaja -probablemente decisiva- en la quincena de estados habitualmente disputados –excepto Indiana, con ligera ventaja de McCain- , lo que finalmente le proporcionarían 190 votos electorales más que su adversario. La delantera que los sondeos le atribuyen en Virginia y Carolina del Norte tiñe de histórico su eventual triunfo. No es descartable un “landslide”, un triunfo arrollador.

En todo caso, los estrategas de su campaña no pierden la cabeza. Mantendrán el tono hasta el final, probablemente hasta la misma noche del 4 de noviembre. No quieren sorpresas desagradables, ni errores de cálculo autoinducidos. Tampoco desean dar la impresión de que desprecian o minusvaloran al rival. Ése no es el estilo de Obama.

Los medios, agotados por una campaña larguísima e intensa, buscan un respiro. Bucean en los discursos y propuestas del senador por Illinois el anticipo de la terapia que alivie la crisis económica, la recesión que casi todos dan por inevitable.

Esta semana, orillando el resultado previsible del último debate, los artículos de análisis y opinión se han centrado en medir el alcance de las últimas decisiones del Tesoro: el fracaso del plan de rescate de la administración Bush y su conversión en un programa de nacionalización parcial de la banca en problemas.

Los diarios de referencia más alejados de la administración reclaman que el gobierno se reserve la capacidad de actuación en “decisiones importantes como fusiones o adquisiciones” (THE NEW YORK TIMES) y una “necesaria y potente autoridad reguladora” que garantice el “equilibrio entre los intereses de los bancos, los contribuyente y bien común” (THE WASHINGTON POST). Un tono de discurso muy europeo, en el que se recupera el peso de la política y la intervención legítima y activa, sin complejos, del gobierno. Incluso los defensores tradicionales del neoliberalismo ortodoxo, como el WALL STREET JOURNAL parecen resignados al final de ciclo.

Con los productos financieros tóxicos, se manda al basurero de la historia inmediata también la ideología tóxica que los ha justificado y respaldado. Otra cosa es el destino de sus ejecutores tóxicos. Queda por aclarar qué responsabilidades se van a depurar.

La prensa más responsable del establishment se inquieta ante la falta de concreción sobre la regulación de sueldos y atribuciones de estos aprendices de brujo, a partir de ahora.

En toda esta recomposición del discurso, Obama se mueve con extraordinaria habilidad, con un discreto aroma de hombre de Estado, preocupado por los intereses generales, alejado de esa ideología tóxica, pero sumamente esquivo sobre la profundidad de su compromiso con los sectores más desfavorecidos por la crisis. Su programa de actuación, por supuesto, dice estar centrado en las clases medias, en los trabajadores, en la defensa de las sociales (educación, sanidad, energías limpias, etc). Pero después de un año de campaña y un tsunami financiero, Obama sigue despertando dudas, no entre los adversarios, sino entre los seguidores.

Es muy probable que los problemas de Obama comiencen nada más ocupar el despacho oval, cuando muchos de los sectores que le han aupado le empiecen a reclamar, con una previsible impaciencia, políticas visibles y reconocibles de cambio.

El final de campaña se resolverá en este escenario de incertidumbres sobre la capacidad del sistema por reciclarse, la habilidad de sus gestores por rescribir sus normas y el verdadero alcance del “cambio de rumbo” anunciado por la alternativa. Asistiremos a la agonía de McCain, lenta pero seguramente dulce, y a la edificación de la figura ya presidencial de Obama. En el ambiente, seguramente habrá desaparecido el mal olor de las ideologías tóxicas. Pero no sabremos todavía hasta donde habrá llegado la contaminación de las aguas ni cuanto durará el inevitable reciclaje.