Ha de ser este razonamiento el que lleva al señor De Guindos a decirnos que, tras la reunión del ECOFIN el pasado 6 de mayo, se ha llegado a un acuerdo sobre la popularmente llamada tasa Tobin, Tasa a las Transacciones Financieras (ITF o FTT). Según anuncia, España y otros diez países aplicarán, a partir del 2016 y de forma gradual, esta medida que afecta a transacciones financieras y que, inicialmente, solo se aplicará a las operaciones con acciones en contra de la propuesta del PSOE de aplicarla también a derivados y bonos.

Sin embargo yo, que me confieso escéptica con la forma en que se ha diseñado este impuesto y que considero que no es suficiente para lograr su objetivo inicial, no me creo nada de lo que cuenta el señor ministro (que por cierto, fue el único de sus homólogos europeos que habló a la prensa de este tema. Los demás ministros del ECOFIN hicieron mutis, y los medios de comunicación de sus países también). Una vez más, las elecciones europeas y el ansia de ganar votos se anteponen a la realidad en los discursos de nuestros representantes. Es necesario —porque lo es— para garantizar el funcionamiento de lo que nos queda –o mejor, de lo que nos están dejando— de Estado de Bienestar y conseguir sacar a Europa de la crisis en la que se haya, generando empleo y fomentando la inversión, mirar hacia donde la especulación campa, en ocasiones, a sus anchas.

Si los gobiernos necesitan recaudar impuestos para cumplir con los principios de equidad y redistribución de las riquezas que, pese a quien pese, aun son los pilares de las sociedades en las que nos movemos, está claro que hay que mirar hacia los mercados de capitales, dominados por incesantes movimientos que gracias a las tecnologías fluyen en cualquier punto de la economía mundial de “este mundo” globalizado (y digo “este mundo” refiriéndome a las “parcelas del mismo” donde interesa salvaguardar el buen desarrollo de la globalización, que la que se refiere a la esencia del ser humano, exento de riqueza y bienes materiales y simplemente visto como ciudadano del mundo, todavía está por llegar). Movimientos que han de ser objeto tributario por su magnitud y los volúmenes de negocio que implican y, que sin embargo, parecen salvarse de los esfuerzos que otros mercados, como por ejemplo, el de trabajo (esfuerzos que hacen los trabajadores con sueldos congelados, bajadas salariales y reducción de sus derechos, por ejemplo), están padeciendo en aras de la recuperación de Europa y de las economías domésticas de los países que conforman el viejo continente, especialmente los del Sur (y no les digo más, que en España sabemos la que nos está cayendo).

Sin embargo, el Gobierno promete que trabaja para aplicar esta tasa que, si la estudiamos con calma, parece una medida ineficaz por insuficiente. Los mercados de capitales necesitan una regulación real que favorezca la equidad y evite el desvío de dinero a los archiconocidos paraísos fiscales. Es la lucha contra la corrupción, contra el dinero oculto, contra el engaño y la traición de unos ciudadanos a otros, lo que hay que combatir y erradicar. Hay que hacerlo en Europa, pero también dentro de cada una de las fronteras de los países miembros. Es hora de ser valiente y enfrentarse a las grandes compañías, con cuyos presidentes el miércoles comía el señor Rajoy para celebrar esa fiesta que siente en el cuerpo en estos tiempos prelectorales (aunque Bruselas, como yo, no termine de creerse nada). Ellos son los que dominan el Ibex35 en nuestro país y es a ellos a los que hay que decirles que no basta con dar solamente aquello que sobra a los de abajo, porque eso es dar limosna, sino que hay que hacer un ejercicio real para poner punto y final a la desigualdad, para que listas como la de las grandes fortunas que publica Forbes, dejen de existir como trofeos para aquellos que aplican la maximización del beneficio económico como prioridad y casi único objetivo a la hora de gestionar sus compañías y sus riquezas. Hay que tomar medidas para que los grandes intermediarios participen de ellas y poner entre las partes fin a la volatilidad de los mercados, y mostrar a la sociedad el compromiso del sistema financiero para asumir los costes generados por la crisis.

Parece que la decisión, nada transparente por cierto, de Bruselas ha sido retrasar la puesta en marcha de esta medida hasta 2016. No hay razones ni argumentos (que eso de la transparencia cada vez es algo más molesto). Dicen que se aplicará de forma gradual, dicen que son 10 los Gobiernos que asumirán la medida, porque Eslovenia abandona la idea, y se une a los otros 18 que no tienen intención de gravar nada… dicen tantas cosas, que en realidad no sabemos a qué atenernos, y la idea de una Europa unida y con proyecto común, cada vez está más desquebrajada y se proyecta como una mole de intereses particulares donde las ideas no están maduras, donde los desequilibrios estigmatizan a determinados países y hieren de muerte el crecimiento económico que cada vez es más endémico y se rodea de contextos donde el endeudamiento va a marcar los pasos de nuestros años futuros.

El PP una vez más hace un “sí pero no”, y apoya una medida inmadura e insuficiente pero que se aplicará, si se aplica, en unos años. Tal vez así, contenta a quien cree en la necesidad de generar presión fiscal a los mercados de dinero y también, a los que son reacios porque encuentran en el libre mercado una buena forma de obtener ingresos. Parches para hoy, que alimentan agujeros para mañana y que no hacen sino confirmar la necesidad de apostar por la creación de instituciones coherentes en Europa, donde los políticos que tomen las decisiones no tengan miedo a expresar libremente aquello en lo realmente creen y aboguen por generar valor social a una Unión Europea que adolece de respuestas.