Algunos partidos y líderes están tan convencidos de que merecen ganar y de que el poder y el gobierno les corresponde a ellos, que cuando son derrotados en las urnas y no logran tener mayorías suficientes en los Parlamentos desarrollan un curioso y peligroso síndrome de “usurpación”.Los que han ganado las elecciones, o los que pueden forman mayorías parlamentarias alternativas, son vistos prácticamente como una especie de “usurpadores”.

Hace unos años Aznar y algunos aznaristas no fueron capaces de asumir durante varios años que habían perdido las elecciones y se pasaron una legislatura proclamando la ilegitimidad de la victoria electoral del PSOE, intentando denunciar todo tipo de conspiraciones y turbios procederes entre aquellos que les habían “usurpado” un poder que ellos tanto creían merecer. La consecuencia de este mal perder fue que también perdieron las siguientes elecciones.

Después de las elecciones vascas, en el PNV también han empezado a producirse indicios de un síndrome de “usurpación”. A pesar de que los nacionalistas vascos no tienen respaldos mayoritarios en la Cámara vasca, algunos líderes del PNV piensan que ellos tienen derechos adquiridos suficientes como para ser los que continúen gobernando y, por ello, han llegado incluso a hablar de un “golpe institucional” (sic), amenzando con no resignarse a aceptar pasivamente su desplazamiento del poder. Lo cual no deja de ser algo sorprendente e impropio de líderes verdaderamente democráticos, denotando la angustia que les produce a algunos perder poder económico, comunicacional e institucional.

Este tipo de reacciones refuerza la percepción de que es conveniente y saludable que partidos que llevan muchos años gobernando –y ocupando mucho poder institucional– queden apartados del gobierno por algún tiempo. Posiblemente esto es algo que pensaron muchos vascos el pasado 1 de marzo, dando sus votos a otros partidos y alternativas no nacionalistas. En este caso el mejor remedio al “síndrome de la usurpación” es pasar un tiempo en los bancos de la oposición, haciendo una cura de humildad y asumiendo que la democracia se basa en la ley de las mayorías y no en la falsa conciencia de unos supuestos derechos históricos adquiridos, que se sitúan más allá de la voz de las urnas.