La secuencia es bien conocida. Elecciones con escasas o nulas garantías, victoria fraudulenta o muy dudosa del presidente en ejercicio, Kibaki, veredicto negativo de los observadores internacionales, contestación de una oposición frustrada, evidente falta de profesionalismo en las fuerzas de orden público para controlar la situación, traducción del malestar en líneas de confrontación étnica y despliegue de odio ancestral interracial.

Algunos observadores ya han visto en esta espiral de cruda violencia desbocada el síndrome rwandés. El conflicto político queda superado por irracionales ajustes de cuentas raciales que parecían atrapados en el arcano de las memorias precoloniales. La famosa destribalización de las últimas décadas, consagrada como política oficial de los sucesivos gobiernos, ha quedado disuelta en la sangre derramada en las matanzas de estas semanas.

THE EAST AFRICAN, en un interesante artículo, pone de manifiesto como distintos agentes políticos han “envenenado a la juventud” con ecos tribales de nueva planta. “Contrariamente a lo generalmente admitido –asegura el periódico- los jóvenes africanos parecen menos esclarecidos que sus mayores en materia política”. Esta contaminación se basaría en una aculturación creciente y en la ausencia de una verdadera política nacional.

Pero LE MONDE señala otras causas no menos profundas que atizarían esta espiral de odio racista: las grandes desigualdades económicas. Menos de un 10% de la población posee la mitad de las riquezas del país. Los kikuyu, la raza del presidente Kibaki, fueron aliados del régimen colonial británico, y se beneficiaron social y económicamente de esa colaboración. La mayoría del resto de las tribus quedaron como perdedores. Sus descendientes se han coaligado ahora en una especie de federación llamada Kalenjin, para perseguir implacablemente a seguidores del kikuyu Kibaki.

La zona más castigada ha sido quizás el fértil valle del Rift, donde anidan ancestrales disputas por el control de las tierras. El enviado especial del NEW YORK TIMES ha constatado cómo los verdugos eran “vecinos e incluso amigos de las victimas”.

La respuesta de la etnia dominante era previsible: venganza despiadada. Los kikuyus han desenterrado viejas practicas sectarias evocadoras de la época Mau Mau y activado las mungiki, unas milicias o escuadrones de la muerte, que a base de exacciones y atropellos sin cuento han sembrado estos últimos días el pánico en varias zonas del país. Una vez desencadenada la espiral, los bandos rivalizan en crueldad.

La situación ha escapado a tal punto del control de las autoridades, más cuestionadas que nunca, que la posibilidad de un intervención del Ejército se contempla con cierto alivio. El presidente de Rwanda, con mucho conocimiento de causa sobre lo fácil que resulta despeñarse a los infiernos del odio racial, ha llegado incluso a recomendar la solución militar, en un gesto de sorprendente sinceridad y nula corrección diplomática.

Pero el FINANCIAL TIMES, que cree posible un acuerdo para compartir el poder, hace notar el riesgo de una intervención del Ejército. El prestigio de la institución armada puede saltar en pedazos si las tensiones ponen en evidencia las divisiones étnicas en el estamento militar. “Si se fractura –dice- la consecuencia puede ser la guerra civil”.

Varios medios se temen que el síndrome de Rwanda que se ha apoderado de Kenia puede corroer a otros países donde se aprecian síntomas similares: fracaso del modelo de desarrollo, engañosa democratización de los noventa, frágiles estructuras socio-culturales, oscuras tensiones raciales.

Otro diario africano, el congoleño LE POTENTIEL se deja ganar por el pesimismo. “Todo ocurre como si los dirigentes africanos rehusaran calibrar la dimensión de este drama. La serie, mientras, continúa. Ayer, fue Ruanda y la República Democrática del Congo. Hoy, es Kenia. Así va África, Mañana, a quien le tocará?”.

Y añadimos nosotros: ¿a quién le importa, realmente?