Son conscientes de la complejidad de la sociedad en la que viven, una sociedad desigualitaria y fraccionada, que -juzgan- no les valora, ni toma en cuenta, y en la que consideran tienen pocas expectativas de integrarse. Tienen conciencia de su papel histórico, se muestran con ilusiones respecto a su futuro, pero desencantados con España. Nuestro país es tildado de tercermundista, en un contexto de desafección hacia la política y las organizaciones del tercer sector.

Anticipan un mañana que, en su caso, creen yugulado por las circunstancias económicas y por la inadecuación de un sistema educativo que ni les forma en los conocimientos, ni les habilita en las destrezas y habilidades propias, en las que, a medio plazo, deberán desempeñar sus roles sociales y desarrollar sus competencias en el ámbito laboral-profesional.

Tienen una percepción de que los enfoques y contenidos educativos están desfasados respecto a las verdaderas exigencias del mundo actual, siendo preciso -según expresan- que se reorientaran hacia una mayor especialización y contenidos prácticos (tanto académicos como laborales). Sugieren que lo que demandan los alumnos de bachillerato es que les impartieran y adiestraran en habilidades útiles para su futuro, tales como enseñarles a trabajar en equipo, idiomas, oratoria y razonamiento lógico en lugar de tanta memorización. Capítulo aparte merece la enseñanza de idiomas, el aprendizaje del inglés en las aulas y de la informática, cuya docencia consideran deficitaria y aprecian debería reconducirse hacia una mayor especialización del profesorado y más horas lectivas. Un profesorado, del que dicen que, en general, no está formado adecuadamente en función de nuestro momento histórico y conlleva que manejen códigos y lenguajes tan diferentes, que haga incluso difícil la relación interpersonal. Circunstancias que están dando ya lugar a problemas de funcionalidad y de conflicto dentro de las escuelas, con casos de desautorización y episodios de violencia hacia los profesores y entre los propios alumnos.

Ante esta situación, se observan diversas estrategias de actitud entre estos jóvenes que van desde la desmotivación hasta la motivación más feroz, en la que perfilan como una sociedad darwinista y competitiva. Quizá, por ello, se presentan como una generación que se siente muy próxima a sus padres, que tienen pocos “amigos de verdad” y muchos conocidos. También comparten identificarse con un modelo de “cultura Apple” y desenvolverse en la ambivalencia de la energía que implica la juventud y una intranquilidad manifiesta, que experimentan como un apercibimiento directo a su proyecto de vida.

En definitiva, se bosqueja una perspectiva de una juventud española, consciente de los múltiples impedimentos que tienen para desarrollarse como sujetos sociales, pues a pesar de la fuerza y el espíritu de lucha, inherente a su etapa vital, denuncian el anquilosamiento de una sociedad y de un sistema educativo que -manifiestan- les excluye y no les forma adecuadamente.

Es necesario que desde instancias políticas se escuche a los jóvenes y a los enseñantes que les están instruyendo, con el objetivo de articular cuantas medidas sean necesarias para acomodar el modelo educativo a las exigencias de las sociedades de nuestros días, y hacer nuestra la celebre frase de Einstein: “Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber”. Y así debería ser….