En nuestros días estamos viendo que este tipo de recursos manipuladores se tienden a utilizar en el campo político y social, con la finalidad de abrir camino a políticas muy concretas que responden a intereses políticos y económicos perfectamente delimitados.

Lo ocurrido con el actual debate sobre las pensiones es un ejemplo notorio de la utilización del “temor” como arma política y económica. Utilización que resulta especialmente grave en coyunturas de crisis económica en las que amplios sectores de la población ya están los suficientemente preocupados como para que se les venga a decir que sus pensiones futuras se encuentran en riesgo.

Más allá del procedimiento actual de financiación de las pensiones, en realidad lo mismo se podría decir, desde una lógica privatizadora y compartimentalizada, sobre el futuro de la Educación o de la Sanidad, de forma que las personas y las familias empezarán a pensar en cómo se hacen seguros privados de Salud o cómo organizan la financiación de la educación de sus hijos o sus nietos. Y todo ello, claro está, a mayor honra y beneficio de las empresas privadas que obtienen pingües beneficios de la organización de este tipo de actividades. Actividades que tienen su principal motor y estímulo en el “miedo” de las personas ante las incertidumbres de la vida, en la salud o el paro y el envejecimiento. Miedo que en el “modelo europeo” se viene intentando conjugar mediante un modelo de Estado de Bienestar que garantiza las necesidades vitales de sus ciudadanos, proveyéndoles de los bienes, servicios y seguridades que se consideran propias de una vida digna y civilizada.

Por ello, actualmente casi todo el mundo considera superior el modelo social europeo –también los norteamericanos sensatos–, a excepción de unos pocos retrógrados y aprovechados, que intentan ocultar en sus “argumentaciones” que dicho modelo también es superior en términos financieros de eficacia y de aseguramiento, como se está viendo en nuestros días con las quiebras de entidades financieras y aseguradoras, que están dejando a muchas familias norteamericanas –y de otros países– sin seguros o con sus fondos de pensiones muy mermados, después de haber estado haciendo sacrificios y ahorros durante muchos años. ¿Este es el modelo de privatización de pensiones que nos quieren vender algunos en estos momentos? ¿Acaso no entienden que la única institución segura y que puede ofrecer suficientes garantías de futuro es el Estado?

De ahí la inmoralidad que subyace en determinados enfoques en el actual debate sobre el futuro de la pensiones. No es sólo una cuestión de “sesgos ideológicos”, sino una auténtica patología conceptual y una perversidad, en lo que implica de intentar asustar a muchas personas que no tienen grandes recursos y que están preocupados por la evolución de la economía.

Desde luego, los responsables políticos tienen que hacer todo lo que esté en sus manos para que el sistema de pensiones funcione bien, para que sea equitativo y para que tienda a adaptarse a la propia evolución de los calendarios vitales y de las expectativas de edades medias de la población. Pero nunca debieran suscitarse temores en torno a que alguien pueda dejar de cobrar sus pensiones en el futuro, retornando a aquellos viejos e insolidarios tiempos en los que los ancianos y los trabajadores retirados quedaban al único albur de sus propias fuerzas o a la eventual solidaridad de sus familiares o vecinos.

Por ello, si en el futuro hay problemas de financiación o “tesorería” con el enfoque actual de las pensiones, tiene que quedar muy claro que el Estado aportará la financiación necesaria –lógicamente de forma equilibrada– vía impuestos; igual que ocurre con la Sanidad, la Educación y otros servicios básicos del Estado. Es decir, detrás de cualquier problema –que habrá que procurar que no se produzca– tenemos que tener la seguridad de que estará el Estado. Igual que ha estado detrás de entidades e instituciones que han creado no pocas turbulencias financieras.

Harían bien algunos, pues, en no utilizar de manera tan peligrosa e inmoral el fantasma del miedo en momentos como los actuales, ya que se trata de una vía por la que se producen notables daños personales y sociales. Hoy en día estos daños pueden parecer relativos, pero no lo son en términos de las parálisis económicas que producen, ya que si prende el temor muchas personas reducirán sus consumos e intentarán ahorrar más, incluso guardando su dinero sin más, con todos los efectos que ello tendrá para el relanzamiento de la economía, que también está viéndose lastrada por discursos atemorizadores sobre el empleo, desde los que se intenta sacar tajada, allanando el camino a eventuales trabajos más precarios aun que, desde luego, no van a propiciar la existencia de un volumen de empleos de calidad que animen a las personas a “arriesgarse” a adquirir bienes de consumo de cierta entidad que puedan pagar en lapsos razonables de tiempo.

En suma, parece que algunos no quieren enterarse de lo que está pasando en la economía. O, quizás, se enteran demasiado y quieren generar toda la confusión posible en torno al carácter egoísta y alicorto de los intereses que defienden, sin evaluar debidamente que el camino del “miedo” es siempre un mal camino, que puede acabar llevándonos por vericuetos muy peligrosos. O si no, repasemos la historia política de los años veinte y treinta del siglo pasado, cuando amplios sectores de población se acabaron arrojando en los brazos de los demagogos y populistas que les prometieron terminar con sus miedos de manera expedita.