Una noticia de la agencia EFE, no muy destacada en los medios de comunicación por desgracia, ponía de nuevo de relieve la tragedia que supone ser niño en muchas partes del planeta, y al mismo tiempo, lo amplias que son las redes de trata de personas. En Nairobi, el 23 junio de 2015, cuarenta y ocho menores, entre 5 y 16 años, obligados a realizar trabajos forzados en el campo y el sector comercial en Costa de Marfil eran liberados en una operación policial, en la que habían sido detenidas 22 personas acusadas de explotación infantil, según informaba la Interpol.

Este final positivo, debe hacernos reflexionar, actuar y, sobre todo, recordar la realidad para cambiarla. El trabajo infantil es una lacra que recorre el mundo y que hay que eliminar. Pero, ¿qué es el trabajo infantil? Porque no todas las tareas que llevan a cabo los niños tienen que ser denominadas de esta forma.

Por una parte, según la definición de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) es todo aquel trabajo que es peligroso y prejudicial para el bienestar físico, mental o moral del niño. Y que además, impide su escolarización al apartarle de ir a clase, obligarle a dejar la escuela o forzarle a compaginar el tiempo de estudio con un trabajo pesado de largas horas de duración. En esta situación, se encuentran actualmente 168 millones de niños en el mundo. Una desdicha terrible, aunque también es cierto que desde el año 2000, cuando había 246 millones de niños con sus vidas rotas, la cifra ha disminuido un tercio.

Por otra parte, y según la propia OIT, no solo no se puede denominar trabajo infantil la participación de los niños en trabajos que no atentan contra su salud y su desarrollo personal ni interfieren con su escolarización, sino que estas actividades (ayudar a su familia en el hogar, en su negocio o en tareas fuera del horario escolar o en vacaciones para ganar algo de dinero) son consideradas positivas para su desarrollo y su posterior ingreso en la vida adulta.

A pesar de la disminución del sufrimiento conseguido en los últimos años, estos datos, que son vidas y sueños rotos, nos tienen que llevar a contraer, como ciudadanos y como sociedad, y si me apuran como especie y como civilización, un mayor compromiso con esta lucha. Y especialmente, con la eliminación de las situaciones más límites, aquellas donde los niños son esclavizados, vendidos, convertidos en soldados, arrancados de sus familias, prostituidos, expuestos a grandes peligros y enfermedades y posteriormente asesinados o abandonados en las calles solos. Una realidad cotidiana todavía, ahora, para 85 millones de niños. 85 millones de niños a los que les han despojado de sus vidas y que se merecen un esfuerzo de dignidad, que no nos puede ser lejano en el espacio ni en el tiempo, porque cada vez está más cerca de nuestras calles este tipo de explotación y esclavitud.

Gracias a la ONU y a la OIT, entre otras organizaciones, en los últimos años la mayor parte de los países han aprobado leyes donde se prohíbe o se establecen enormes restricciones al trabajo de los niños. Pero aun así, el tiempo pasa y son millones las vidas destrozadas y tiradas en las cunetas. Muchos son los problemas que asolan esta sociedad compleja del siglo XXI. Pero hay elementos como la justicia social, la igualdad, y la libertad que deben hacerse realidad en todos los seres humanos para que puedan vivir con dignidad.

Es indigno de una sociedad que se autodenomine civilizada que el terrible crimen del trabajo infantil siga siendo algo masivo a pesar de los avances. Es cierto que no existen soluciones fáciles para temas complejos, pero si el objetivo es el bienestar de las personas, por encima de la codicia, podremos realizar las acciones conjuntas, los compromisos tasados y fechados para que el trabajo infantil sea eliminado ya.

El único obstáculo es la desidia. ¿Acabamos con ella?