Los niños han desempeñado todo tipo de actividades laborales a lo largo de la historia, fundamentalmente como apoyo a sus familias en las tareas domésticas y/o agropecuarias. Con la emergencia de la sociedad industrial, millones de infantes y de jóvenes fueron empleados y explotados en las fábricas de incipiente creación, como mano de obra barata. En la actualidad, el trabajo infantil es un fenómeno que obedece a la pobreza, a la miseria, en definitiva, a la falta de expectativas de buena parte de la humanidad. No en vano, la inmensa mayoría de los niños trabajadores viven en países no desarrollados, fundamentalmente en el África subsahariana, Asia, Pacífico, América Latina y el Caribe.

La OIT en la Convención nº 138 sobre Edad Mínima Laboral, del año 1973, la estableció en 15 años, en concreto, entre 12 y 13 para los trabajos ligeros y en 18 para los de mayor peligro. El concepto de trabajo infantil engloba un abanico de actividades diversas, desde formas de explotación directa, cuando el trabajo es abusivo, peligroso o dañino para el bienestar de los implicados e impide su escolarización (por ejemplo, es el caso de los niños y niñas víctimas del tráfico de drogas, de armas o de redes de prostitución o de aquellos que son reclutados como soldados para las guerras); a la consideración de otras tareas que se entiende no ponen en riesgo su bienestar y no interfieren tampoco en su escolarización (por ejemplo, trabajo vacacional, ayuda coyuntural a sus familias en tareas del campo, etc.).

En los últimos años, se ha mantenido la tendencia a que cuanto más peligrosos son los trabajos y más vulnerables los niños, más rápido el descenso de la explotación infantil en sus variadas manifestaciones. Sin embargo, todavía 115 millones de niños desempeñan actividades laborales de alta peligrosidad. Los mayores progresos se han alcanzado entre los de 5 a 14 años, pues hay un 10% menos de niños trabajadores respecto al año 2006. En particular, entre las niñas un 15% menos (15 millones), y entre los niños un 7% menos (8 millones). Por otro lado, el trabajo infantil entre los jóvenes de 15 a 17 es el que se encuentra más sobrerrepresentado (62 millones) y ha aumento en mayor medida (20%).

¿Qué hacer frente a esta realidad que es un problema de ética mundial y que, a pesar de los avances experimentados en los últimos años, no parece vaya a desaparecer?, ¿cómo conjugar su erradicación con las reivindicaciones de la Red de Movimientos de Niños y Adolescentes Trabajadores (NAT) que defienden su derecho a trabajar bajo condiciones de libertad y dignidad, sin abusos, explotación o malos tratos? En la Conferencia Mundial sobre Trabajo Infantil de 2010 se apostó por la creación de una Hoja de Ruta, que impulsara su erradicación en el año 2016. Debemos ser conscientes de que sólo será posible si se da fin a la pobreza en el mundo, y para ello cumplir los Objetivos del Desarrollo del Milenio son la mejor senda para atajar el problema de raíz. Desde una perspectiva paliativa, siguiendo a Constante Thomas, Directora del Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil de la OIT, deberían crearse sistemas de protección social que apoyen a las familias de estos niños, garantizando a los padres el acceso a trabajos dignos y decentes, al tiempo se considera prioritario que se incorporen a las escuelas y, en general, que se apliquen en todo el mundo las leyes de protección a la infancia.

La realidad de un mundo con millones de personas que no han podido vivir la ilusión de su infancia y que se han visto obligados a trabajar desde tempranas edades, bajo condiciones de explotación y casi esclavitud, no es un mundo del que podamos sentirnos orgullosos. Debemos invertir esta tendencia urgentemente, pues no es ni humano, ni ético, permitir tales excesos hacia inocentes, que por el azar de la vida han nacido en un lugar o en otro.