“Un conmovedor retrato de personas inteligentes que enredan sus propias madejas”

Chicago Tribune

“Richard Russo ha escrito una novela para esa gente a la quien le aterra convertirse en sus propios padres, es decir, para todo el mundo… Una comedia romántica de carácter taciturno de manos de un ganador del Pulitzer… Si eres de los que lloran en las bodas, llorarás con este libro; y reirás también”

The Washington Post

“Al terminar de leer El verano mágico en Cape Cod, uno ya sabe que lo releerá bien pronto. Y que los personajes le vendrán a la mente en las situaciones más inesperadas. Por mucho tiempo será más cercana la relación con ellos que la que mantenemos con algunos primos de carne y hueso”

The Miami Herald

Nuestra vida es un lento caminar, aunque a veces nos parezca rápido, por la existencia. Es ese reloj de arena que poco a poco va vaciándose. Al principio da la impresión de que los granos se desprenden con languidez. Mientras que al final creemos que se mueven vertiginosamente. Un amigo sabio, de esos que van quedando pocos, me decía no hace mucho tiempo que hasta los cuarenta el sol nos da en la frente, a partir de esa edad, nos comienza a calentar el cogote. Inteligente apreciación. Arrojados en el tiempo y en el espacio, sobrevivimos intentando hacer realidad toda una serie de proyectos. A veces adquieren cuerpo, a veces, y eso ocurre en la mayor parte de las ocasiones, no dejan de ser un sueño inalcanzable.

Jack y Joy idearon lo que iba a ser su vida en común durante la luna de miel. En aquel momento, como el de muchas parejas, todo eran proyectos, sueños e ilusiones. Tres décadas más tarde, asisten a la boda de la mejor amiga de su hija y ponen negro sobre blanco: comparan lo que fueron sus sueños de juventud con la realidad.

En su devenir existencial, han sido decisivas las fronteras trazadas por sus respectivas familias de sangre. La de Jack, un matrimonio fracturado de irónicos profesores universitarios, cuya felicidad solamente era plena los pocos días que pasaban cada verano en la costa, en el Cape, clara imagen de lo inalcanzable. La de Joy, un mosaico bullicioso y menos refinado de numerosos hermanos y padres más afectivos. Jack lleva las cenizas de sus padres para esparcirlas en el Cape, en un momento en que su matrimonio hace aguas.

En El verano mágico en Cape Cod hay un eje central que articula toda la novela. Este no es otro que un gran interrogante: ¿Terminamos convirtiéndonos en aquello de donde venimos? Es cierto que cada persona adulta decide su vida, pero esta última no es otra cosa un tapiz de relaciones con personas que nos acompañan en nuestra soledad existencial, actores de una tragicomedia que dejan su impronta.

En esta obra Richard Russo constantemente contrasta proyectos y realidad, y lo hace teniendo como telón de fondo a la familia, un bosquejo a realizar que exige sacrificios pero que proporciona felicidad. Junto a Jack, Joy, y su hija Laura, nos encontramos toda una serie de personajes secundarios narrativamente muy bien desarrollados. Un guionista compañero de Jack, un antiguo enamorado de Laura, una familia que Jack trató en un verano en el Cape. Todos ellos vienen a enriquecer una historia que nos atrae porque, en más de una ocasión, es nuestra propia historia.

Al igual que en el resto de sus obras –un buen ejemplo es Puente de los suspiros- Russo da muestras más que sobradas de gran narrador, de escritor que sabe contar historias. Y a ello hay que añadir su lucidez para adentrarse en los más profundos rincones de las grandes cuestiones. Somos actores de un gran teatro, el teatro de la vida. Muy pocas cosas nos hacen felices. Los sueños son eso, sueños, quimeras que en más de una ocasión no dan lo que prometen. Posiblemente la felicidad esté en acertar en las elecciones que tenemos que hacer en ese gran teatro poblado de actores y situaciones que, a veces, se nos escapan de las manos.