¿Tiene sentido que las actividades de pensamiento y cultura reciban apoyo público en una sociedad democrática? Parece evidente que sí. Articular la participación de la ciudadanía en los ámbitos políticos y culturales requiere de instrumentos válidos para el estudio, para el debate y para la expresión libre de los diferentes posicionamientos. Si no existieran herramientas como la revista TEMAS, habría que inventarlas para garantizar el propio funcionamiento del sistema democrático.

¿Y cómo deben financiarse? Si exigimos la autofinanciación, estaremos discriminando a los ciudadanos con menos recursos respecto a los más pudientes. Si invitamos al “mecenazgo” como fuente exclusiva de financiación, estamos dando a los poderes económicos la llave para controlar qué se estudia y qué no se estudia, qué se publica y qué no se publica. Parece razonable garantizar con ayuda pública la existencia de un tejido cultural e intelectual activo y solvente, que responda a la diversidad social y que actúe desde la austeridad y el máximo rigor en la administración de sus cuentas.

¿Y cuáles deben ser los criterios para la distribución de estas ayudas? Es de sentido común: transparencia, limpieza, objetividad, pluralidad. Pero nada de todo esto se percibe en los procesos que la Secretaría de Estado de Cultura ha puesto en marcha. La propuesta de ayudas se lleva a cabo por una comisión de “expertos” cuya experiencia nadie ha explicado. Las baremaciones de los expertos son secretas. Y puede constatarse fehacientemente cómo determinadas publicaciones ideológicamente afectas al poder reciben mejor trato que las críticas, aun contando estas últimas con méritos de calidad y repercusión de tanto o mayor nivel. Esto último se llama sectarismo.

La cultura democrática que aquí reivindicamos ha estado presente en el comportamiento de todos los equipos del Ministerio de Cultura desde la transición democrática, con gobiernos de centro, de derechas y de izquierdas. Hasta hoy.

¿Hay que callarse? No. Hoy debemos defender la revista TEMAS frente a esta agresión sectaria. Y mañana, si fuera preciso, debemos defender a las revistas de pensamiento conservador o liberal. Porque está en juego algo más que unos miles de euros claves para la supervivencia de una buena publicación. Está en juego la calidad de nuestra democracia.