La segunda consecuencia importante, y directa, es la posible merma del voto por correo, o el voto anticipado (‘early vote’) en algunos Estados del Este y, de continuar los estragos de ‘Sandy’ hacia el interior, también en Pensylvania u Ohio. Y éste último será, nadie lo pone en duda, el gran ‘decider’ de las elecciones (una vez más).

La pregunta obvia es: ¿a quién ha perjudicado más ‘Sandy’? Y, reverso de la moneda, ¿a quién beneficiado? Las dos consecuencias mencionadas no son autónomas: están conectadas. Los días finales se consideran estratégicos en la reducción de la abstención, una amenaza en general mayor para el campo de Obama.

A priori, pues, los demócratas son los más damnificados, porque esperaban beneficiarse más (históricamente así es, desde hace muchas convocatorias) del voto por correo o del voto anticipado, ya que muchos de sus votantes pertenecen a las clases populares a las que no siempre les resulta fácil (o conveniente) ausentarse de sus empleos para depositar su voto. En algunos Estados (y precisamente Ohio ha sido un lamentable ejemplo), las colas en los colegios electores son interminables, no sólo por mala organización, sino por deliberadas políticas obstruccionistas del voto, (deficiente distribución de los electores, máquinas insuficientes en colegios con tradicional mayoría demócrata y otras) promovidas la mayoría por Administraciones republicanas. La tormenta puede haber hecho más difícil aún votar.

DOS ACTITUDES, DOS VISIONES

El presidente Obama ha reaccionado con inteligencia frente al desastre. Pese a que el ‘parón político’ perjudicaba aparentemente sus aspiraciones, ha conseguido transmitir la impresión de que ha aparcado su condición de candidato y se ha embutido en el vestuario de ‘presidente en acción’. Alguien puede decir que se trata de un guiño populista (se hubiera dicho, desde luego, si lo hubiera hecho un presidente latinoamericano en campaña). Pero ha moderado bien el discurso y ha evitado apariciones aparatosas. «No me preocupa en estos momentos el impacto que esto tenga sobre las elecciones, sino el impacto que tenga en las familias», dijo el Presidente sólo unas horas antes de que ‘Sandy’ destruyera buena parte de las infraestructuras de Nueva York y Nueva Jersey. Es muy probable que las palabras de Obama no sean rigurosamente ciertas, pero sonaron como si lo fueran.

Pero hay otro elemento de análisis derivado del desastre: el contraste entre los episodios del ‘Sandy’ de Obama y el ‘Katrina’ de Bush será inevitable. Lo ocurrido vuelve a demostrar que el Estado es fundamental: lejos de ser un problema o causa de muchos males es un factor de corrección de lo que sale mal y de amortiguación de las penurias.

Esta no será, desde luego la conclusión de Romney, quien en repetidas ocasiones ha defendido la reducción de fondos de la Agencia Federal de Gestión de Emergencias y su descentralización absoluta, incluso la privatización, para reducir costes, «porque no nos podemos permitir estas cosas». Su respuesta ha sido, entre otras cosas, en recolectar fondos. Una forma de caridad, un enfoque bien distinto.

En vísperas de la llegada de ‘Sandy’, Romney se encontraba pisando a fondo el acelerador en Ohio para alejarse de las políticas públicas. Y la metáfora aquí es más que un puro recurso lingüístico, porque estaba tratando de desacreditar el programa de salvación del automóvil promovido por Obama hace unos años. Ese Estado clave entre los claves para decidir el resultado final de las elecciones vive en gran medida de la salud del sector automotriz.

CÁLCULOS Y PRONUNCIAMIENTOS

El candidato republicano mantiene favorables expectativas en el voto nacional (se utiliza este término para determinar el sufragio universal global en todo el país), pero no consigue reducir la desventaja en algunos Estados indecisos (‘swinging states’), sin los cuales no obtendrá los 270 votos electorales que necesita para ser proclamado Presidente.

El fin de semana, el NEW YORK TIMES publicaba un estudio muy pormenorizado de las distintas combinaciones que darían la victoria a uno u otro candidato. Como estamos hablando de siete a nueve Estados, con diferente número de electores cada uno, y las diferencias en la expectativa de voto a uno y otro también son distintas, las sumas posibles son muy variadas.

Aunque puede haber sorpresa, la práctica totalidad de encuestas y ‘pollsters’ (los expertos que siguen al minuto y en cada circunscripción la evolución del ánimo electoral) indican que a una semana del primer martes después del primer lunes de noviembre, Obama tenía asegurados prácticamente 185 votos electorales y Romney cinco menos, 180. Pero el Presidente mantiene una diferencia que podría ser suficiente en otros Estados que sumarían 58 votos más, hasta completar 243. El republicano, por el contrario, solo puede contar con añadir 26 más a los sólidos seguros, con lo que sólo sumaría 206 muy probables. A Obama le faltarían 27 votos y a Romney 64.

No hay espacio aquí para desgranar las posibles combinaciones, pero es obvio que el actual Presidente lo tiene más fácil, según estos cálculos. Lo que no parece descabellado es que obtenga un segundo mandato sin contar con la mayoría de los sufragios totales. Ya le ocurrió a Bush en 2000 (ni siquiera entonces, a estas alturas, se puede decir que ganó en el conteo que decide el vencedor). Para Obama no sería bueno, porque afrontaría la culminación de su proyecto con un lastre político indudable, incluso aunque los demócratas recuperaran terreno en la Cámara de Representantes, que se renueva por completo.

Los medios independientes (izquierda) intentan que la gran tormenta no emborrone demasiado lo que está en juego en estas elecciones. Incluso los ‘liberales’, es decir moderados o centristas, como THE NEW YORK TIMES, han hecho una apuesta inequívoca por Obama. En su editorial del fin de semana, el diario más influyente de Estados Unidos en el mundo (más que en casa, por cierto), se pronuncia sin ambages por el candidato demócrata. No fue una sorpresa, claro, pero los términos en que se pronunció fueron muy contundentes. Los errores que en otros momentos ha señalado en la gestión de la Administración estos cuatro años apenas fueron mencionados o recordados, se ninguneaban las propuestas electorales de Romney y concluía haciendo una invocación «entusiasta» a la reelección de Barack Obama.

‘Sandy’ se ha llevado por delante torres de electricidad, ha derribado muros de edificios y levantado carreteras. ¿Puede alterar también el rumbo del final del proceso electoral? ¿Puede constituirse en la ‘segunda sorpresa de octubre’, asumiendo que la primera fue el penoso primer debate de Obama? Veremos.