Tal forma de proceder y de argumentar revela un notable primitivismo mágico en el análisis, que en esta ocasión se pone al servicio de un propósito bien concreto: acabar con José Luis Rodríguez Zapatero y desalojar al PSOE del gobierno, al tiempo que se arrincona a los sindicatos y se prepara el terreno para tomar medidas que terminarán reduciendo su papel a lo meramente simbólico y “contestatario”.

Las posibilidades de que los diseñadores de esta estrategia se salgan con la suya no deben minusvalorarse, no sólo por el hecho de que la crítica al gobierno actual está calando en la opinión pública más de lo que parece, sino, sobre todo, porque la oposición cuenta con algunos resortes político-jurídicos que podrían posibilitar su objetivo. En concreto, si el PP llega a un acuerdo estratégico con CIU y el PNV y logra convencer a otras formaciones políticas para que miren para otro lado, se podría articular una moción de censura constructiva, liderada por un nacionalista catalán con fama de consensuador, cuyo único propósito sería convocar inmediatamente elecciones generales. ¡Y luego a esperar los resultados benéficos del ensalmo!

Lamentablemente, esta hipótesis no es una elucubración pre-veraniega inducida por los excesos de calor, sino una estrategia muy concreta en la que algunos llevan algún tiempo trabajando, más o menos en la sombra. De hecho, algunas votaciones en el Congreso ya apuntan en esta dirección, mientras determinadas fuerzas nacionalistas aprovechan las circunstancias para aumentar el precio de su factura, antes de decantarse por una u otra dirección.

El problema de fondo es que todo se está haciendo de manera bastante opaca, mientras se endurece el diapasón de la crítica y se intenta demonizar al actual Presidente del Gobierno español hasta extremos inauditos.

Ni que decir tiene que, si esta maquiavélica maniobra sale adelante, la imagen internacional de España se vería afectada por un nuevo quebranto de carácter político, en la medida que se proyectaría una impresión de inestabilidad y de falta de seriedad política. A su vez, entre aquellos que no creen en la magia, ni en los ensalmos, ni en el carácter económicamente beneficioso de las catarsis, se produciría además una sensación de inutilidad. Lo que amplificaría la imagen de unos españoles que no sabemos muy bien lo que hacemos y que no desaprovechamos la ocasión de arrearnos los unos a los otros unos disparatados garrotazos inoportunos.

¿Para qué pueden servir realmente unas elecciones anticipadas? ¿Pueden arreglar algo? Si el PP gana por mayoría absoluta –cosa que no es nada fácil– hay que suponer que su gobierno no va a salirse mucho del camino que actualmente está marcando la Unión Europea. Aunque, lógicamente, introduciría criterios de menos consideración social y aprovecharía la ocasión para meter un buen rejonazo financiero y sociológico a los sindicatos. A su vez, si ni el PSOE ni el PP tienen mayoría absoluta será preciso entrar en una dinámica de pactos y de eventuales supeditaciones en ascenso (o en subasta) que no harán sino aportar nuevos factores de incertidumbre y de falta de confianza en nuestra situación.

Por eso no se acaba de entender bien el ardor con el que algunos postulan la solución mágica de las elecciones anticipadas. ¿Acaso no se dan cuenta que Grecia acababa de tener elecciones generales justo antes de que la crisis les estallara en la cara? ¿De qué les valió a los griegos tener unas elecciones que también fueron una cierta catarsis? Además, los griegos tuvieron la suerte de elegir a un líder bien capacitado técnica y económicamente, que contaba con bastante prestigio y predicamento entre amplios sectores sociales y sindicales. Y, sin embargo, al final Grecia se encuentra digiriendo una terrible purga de ricino y con un clima social y laboral bastante alborotado. ¿Por qué no pensarán algunos estrategas de salón en estos escenarios posibles? Y si lo piensan, ¿qué es lo que pretenden realmente en el fondo?

Esperemos que algunos de los que están siendo convocados a esta estrategia mágica y disparatada se detengan a meditar y analizar, y no se avengan a colaborar haciendo una parte del trabajo sucio de la derecha. Y si lo hacen, ya saben que, al final, Roma nunca paga a traidores.