Las elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo han permitido constatar la multiplicidad de cambios que están dándose en el panorama político español.

Lo primero que se ha podido verificar en estas elecciones es que el PP se encuentra inmerso en un proceso muy intenso de crisis y caída. En estas elecciones ha descendido de niveles de voto que en algunos lugares, como Madrid, estaban en torno al 50%, a un promedio de voto en elecciones municipales del 26,8%, con una pérdida de dos millones y medio de votos, y una distribución específica de escaños y concejalías que le puede llevar a perder prácticamente casi todo su actual poder territorial.

Después de lo ocurrido en Andalucía, los resultados del 24 de mayo muestran una firme voluntad de cambio y un rechazo del electorado español al PP y a las políticas duras y antisociales que ha venido aplicando en los últimos años.

La segunda evidencia que ha surgido de las urnas es que el mapa político español se está fragmentando en tal grado que la conformación de gobiernos va a resultar cada vez más compleja y laboriosa. Lo cual requiere un nuevo tipo de actitudes y mentalidades en los partidos políticos y en los líderes que tienen opción de ofrecer alternativas.

En este contexto, la derechización que ha venido experimentando el PP, junto a sus magros resultados electorales y el alto grado de rechazo popular que suscita, conducen a unos escenarios en los que este partido queda virtualmente aislado y con escasas posibilidades de encontrar socios de gobierno. Máxime cuando estos hipotéticos socios de gobierno saben perfectamente que corren el riesgo de quedar contaminados inmediatamente por la impopularidad alcanzada por este partido y por los rechazos que suscita en la opinión pública. Y si no lo saben y se arriesgan, lo más probable es que bien pronto se enteren de las consecuencias, como ocurrió en su día con el efímero CDS, que en su momento llegó a superar el 15% de los votos en Madrid y que se derrumbó por completo después de su pacto con el PP de entonces.

Una tercera conclusión de los comicios del 24 de mayo es que los partidos de izquierda en su conjunto se configuran como la gran fuerza política de referencia en la sociedad española, con el trasfondo de una explícita demanda de cambio ampliamente apoyada.

Sin embargo, la situación de las tres principales fuerzas políticas de la izquierda es bastante disimilar El PSOE ha salido de las urnas con una dinámica de recuperación apreciable, confirmándose netamente como el principal partido de la izquierda y como el único que puede gestionar de forma razonable y positiva la voluntad de los españoles de efectuar un giro político hacia la izquierda. Esta preponderancia, no obstante, no debe hacer perder de vista la emergencia de Podemos como un nuevo actor político que actualmente cuenta con un importante respaldo popular –aunque no tan alto como pronosticaban algunas encuestas─; por mucho que en este caso sea difícil discernir cuántos votos “prestados” o “disimilares” han ido a parar a las plataformas “amplias” que ha apoyado este partido, y a algunos de los candidatos independientes que se han presentado.

Por su parte, la situación en la que queda IU condena a esta formación a una posición secundaria y al borde de la desaparición. Por lo tanto, habrá que ver si se mantiene de aquí a las próximas elecciones generales, en función de la capacidad de reacción y de la voluntad de autonomía de sus cuadros históricos. Si es que han aprendido la lección del 24 de mayo.

Finalmente, las perspectivas que tiene por delante Ciudadanos –que en las urnas se ha quedado por debajo de las previsiones─ van a depender mucho de la manera en la que los cuadros de este partido, y sobre todo su líder central, salgan de la ambigüedad calculada en la que se han movido hasta ahora, apelando a un voto centrista moderado e incluso de centro-progresista. Cuando llegue la hora de la verdad para la formación de gobiernos autónomos y de equipos municipales habrá que ver cómo se retratan los nuevos electos de Ciudadanos, y si son capaces de resolver las contradicciones existentes entre la “hora de predicar” y la “hora de dar trigo”.

Los resultados positivos obtenidos por el PSOE contrastan con las previsiones de ciertas encuestas sesgadas o hipercocinadas, que en ocasiones más bien han obedecido a empeños particulares por mermar las potencialidades de este partido y de su actual líder, al tiempo que se intentaba sobrevalorar las posibilidades de otras fuerzas. Algo que se conecta también con la cicatería de algunos medios de comunicación social, que durante la campaña han destacado mucho más las informaciones sobre los nuevos partidos que las del PSOE. Lo cual es algo que daría para una tesis doctoral interesante. No solo desde el punto de vista de la congruencia política.

A partir del panorama electoral que se ha perfilado en las últimas elecciones andaluzas y las del 24 de mayo, no resultaría ocioso que en determinadas plataformas de opinión, poder e influencia se abriera una reflexión inteligente sobre cómo afrontar –con un mínimo sentido de responsabilidad─ los escenarios de los próximos meses. Algo que también debiera hacerse en los círculos decisorios de los grandes partidos de la Transición, en los que es mucho lo que podría y debería hacerse para minimizar tensiones, guerras sucias y conspiraciones internas y externas, y para maximizar capacidades de comunicación y de incidencia política-electoral con altura de miras. Especialmente entre aquellos que son más conscientes de lo mucho que nos vamos a jugar en las próximas elecciones generales.