No me sorprendieron en exceso los resultados. Imaginaba que el resultado del PP y del PSOE sería lamentable (aún me ha parecido poco el castigo al PP después de todo el entramado de corrupción en el que chapotea); me preocupa mucho el ascenso de la extrema derecha, sobre todo en Grecia, donde Amanecer Dorado no pretende convivir con el sistema democrático sino que es fascismo y barbarie. Y me alegré de la aparición de partidos de izquierda que recogieran la indignación y la decepción ciudadana.

He vivido con estupor estos días el acoso y derribo a Podemos, hecho con una mezcla de infantilismo político y enfado constreñido. Creo que no somos suficientemente conscientes de que estamos sobre una olla a presión, que en cualquier momento puede estallar (hipotecas, paro, impuestos, emigración, corrupción, angustia vital, pérdida de derechos, y etc, etc).

Cuando vivíamos sumidos en la cultura de la indiferencia (como la denominaba Ramoneda) parecía que al “establishment” político-económico no le preocupaba el deterioro de la democracia, la pérdida de confianza de los ciudadanos y la falta de participación social. Cuando de la indiferencia pasamos a la indignación, al descubrir la gente la estafa a la que habíamos sido culturalmente sometidos, me preocupó que la ciudadanía no supiera canalizar tal indignación. Cada vez las manifestaciones son mayores, las protestas más continuas y los insultos a políticos una constante diaria. Por eso, sinceramente, me ha resultado tranquilizador y esperanzador que la Ciudadanía fuera suficientemente sabia como para canalizar su indignación hacia el sistema de representación democrática.

Pero eso no ha gustado a todos los partidos, porque algunos se ven amenazados y perdidos en la contienda electoral.

Inmediatamente, el PSOE se vio inmerso en un proceso para cambiar al Secretario General, como si ése fuera el único problema. Y, una vez más, abre una fisura entre el esqueleto orgánico y la militancia (cada vez más desconcertada).

Y, entre debate y debate, surge el Rey con la abdicación que dejó sorprendidos a los españoles, aunque era una decisión bien planificada.

¿El Rey se va porque cree que es el propio sistema el que está envejecido? ¿Se necesita una nueva generación al frente? Pero no sólo una nueva generación en edad (que algunos nacieron viejos), sino unas nuevas formas de hacer, de pensar, de comprometerse, y sobre todo, de enfrentarse a los problemas sin miedos ni ataduras ni mimetismo con el sistema.

Quizás sea el momento de dar las gracias a la generación que hizo posible la democracia en España (aun cuando también haya habido muchas sombras, errores y fiascos), pero digamos que el balance ha sido positivo. Pero dadas las gracias, también hay que dejar que el futuro comience a hacerlo la generación que lo va a vivir, que comience a tomar sus propias decisiones y a responsabilizarse de sus propias políticas.

Igual que la Transición se produjo gracias a hombres como Suárez, Felipe o Carrillo, protagonistas sin complejos de su propio tiempo, ahora le toca a otra generación llevar adelante sus destinos, si es posible con asesoramiento, pero sin tutelas ni imposiciones ni limitaciones.

Por eso me parece un completo error pedirle a una generación que no ha votado la Constitución, que no vivió la Transición, que no pueda decidir su futuro en torno a algo tan importante como la representación del Estado. Y más grave me parece cuando para anular la voz ciudadana se reivindica “el imperio de la legalidad”, como si un referéndum o una votación fueran la toma de la Bastilla.

Recordaba recientemente Mario Salvatierra que el PSOE votó abstención en el debate parlamentario sobre la Monarquía, el 11 de mayo de 1978. El Grupo parlamentario socialista solicitó el voto particular, que defendió el compañero Luis Gómez Llorente, y de quien recojo algunas citas: «Ni creemos en el origen divino del Poder, ni compartimos la aceptación de carisma alguno que privilegie a este o a aquel ciudadano simplemente por razones de linaje». Pero hay una reflexión de Gómez Llorente que hoy parece que hemos olvidado y que, independientemente de que nos consideremos monárquicos o republicanos, deberíamos como demócratas respetar y defender: «Por otra parte, es un axioma que ningún demócrata puede negar, la afirmación de que ninguna generación puede comprometer la voluntad de las generaciones sucesivas. Nosotros agregaríamos: se debe incluso facilitar la libre determinación de las generaciones venideras».

Cuando la dirección del PSOE tome ciertas decisiones, debe considerar el gran tamaño del desconcierto que actualmente sufren sus votantes.