Todas las formaciones políticas que se presentan a unas elecciones merecen respeto y consideración, las más nuevas y las menos nuevas. Y todas las formaciones políticas merecen también el mismo análisis crítico sobre sus propuestas y sobre su comportamiento en campaña, los supuestamente emergentes y los ya emergidos, por igual. Porque unos y otros se presentan ante la ciudadanía como formaciones preparadas para asumir la representación y el gobierno de los asuntos colectivos.

Como es lógico, la pulsión de cambio en la sociedad española, conforme se aproxima la hora de la verdad electoral, va perdiendo componentes puramente emocionales y va ganando en su consideración más racional. La ciudadanía valora cada vez más la propuesta que la protesta, y va estimando en mayor medida la solvencia en la articulación de soluciones viables que la habilidad dialéctica en las tertulias televisivas.

Los dirigentes de los nuevos partidos han puesto de manifiesto recientemente algunos comportamientos cuestionables. Por ejemplo en Andalucía. Tras presentarse ante la ciudadanía como auténticas alternativas de gobierno respetuosas con la democracia, están ignorando el resultado inequívoco de las urnas andaluzas y están obstaculizando la pronta formación del gobierno que ha de servir al interés general. Además, en el afán de ganar bazas de poder cuanto antes, fomentan el transfuguismo masivo de militantes y de cargos de unos a otros, a la más vieja usanza política, por cierto.

La “democracia del click” con que algunos pretenden dar lecciones de participación transparente genera tantas sospechas de juego poco limpio que hasta sus protagonistas se han visto obligados a anular algunos de sus resultados notorios. Yerran cuando hacen y también, a veces, cuando hablan, como cuando aseguran estar dispuestos a suministrar a los andaluces cañas de pescar en lugar de peces, como si se tratara de un territorio tercermundista… El propio Jefe de Estado debió sorprenderse un tanto cuando uno de los líderes emergentes aprovechó su primer encuentro público para regalarle unos dvd sobre la serie americana de moda.

Más serio es el cuestionamiento que merecen sus propuestas programáticas. Algunas porque son de ida y vuelta, como el establecimiento de la renta mínima universal o la jubilación a los 60 años. Otras por poco meditadas, como la denuncia del Tratado de Lisboa y el euro. También las hay sumamente injustas, como la idea de Podemos de eliminar las pensiones de viudedad que reciben miles de mujeres sin recursos en España, con el argumento de que ya cobrarían la renta universal, a la que previamente se había renunciado…

Un debate a fondo requiere la oferta electoral de Ciudadanos para legalizar la prostitución, cuando todos sabemos que la compra-venta de favores sexuales en nuestro país, además de vejatoria para todo ser humano, se fundamenta en buena medida en el tráfico y la explotación de mujeres víctimas de redes mafiosas. También es rechazable la obsesión del economista de cabecera de esta formación por el contrato único, que equivale necesariamente al contrato único precario. Y ha de cuestionarse la apuesta por la “sanidad mixta” en detrimento de la sanidad pública garante de equidad. Y la coincidencia con el PP al limitar la prestación sanitaria a los inmigrantes. Y las reticencias a la paridad hombre-mujer en las candidaturas. Y la fijación de un IVA homogéneo, forzando la subida de impuestos sobre el consumo de productos de primera necesidad, como alimentos y medicinas….

Insistamos, por tanto, en la legitimidad de todas las opciones políticas, por novedosas e inexpertas que resulten, pero analicemos con cuidado si tras tanta novedad emergente existe en realidad algo más que mucha ambición y poca solvencia.