Ayer la EPA, disfrazada o no, nos confirmaba que esos aires de mejoría que desde el Gobierno intentan meter en nuestro subconsciente con pico y pala al lado de una papeleta electoral que dice “¡vótame!”, están más que lejos de ser una realidad. Rajoy asegura que está “muy contento”. Imagino que será por las 2.300 personas que han encontrado empleo y no por el hecho de que la tasa de paro haya subido, ni por los 5.933.000 parados que tiene España. Y eso que la gente se va, que muchos inmigrantes, se diga o no, abandonan nuestro país. Y no solo ellos, también nuestros jóvenes, que meten en su maleta el honor de ser la generación más preparada de nuestra historia, al lado de sus sueños y de los proyectos vitales que un día entendieron que no podrían desarrollar aquí, y se marchan sin saber si podrán volver o qué encontrarán allá donde lleguen, porque en España uno de cada dos de ellos está en paro, con cifras que según dicha EPA, sitúa en el 55% al paro juvenil. Personas, en general, que salen del padrón (unos 300.000 según datos de la semana pasada) y que se unen a aquellos que, desesperanzados han dejado de buscar y se rinden a otras circunstancias que todos imaginamos, pero que mejor no verbalizar, no vayamos a estropear tanto jolgorio. A ver si las casi 2.000.000 de familias (que supone un incremento de unos 53.000 hogares) que tienen a todos sus miembros en paro, no van a entender los motivos de alegría y deciden fastidiar la fiesta y reivindicar una situación insostenible.

Los datos no mienten y, según ellos, el número de parados sube del 25,7% al 25,9%.Así que suavizada, leve o inventada, la realidad es que la tendencia sigue siendo al alza y nos guste o no, la realidad es que se sigue destruyendo empleo, se atenúe o no esa destrucción porque, no nos engañemos y sé que utilizo una metáfora que ya he usado pero que es necesario repetir por el argumento que contiene: cuando una herida sangra llega un momento en que deja de sangrar, no porque se haya curado, sino porque al herido no le queda más sangre.

En esta ocasión, las cifras de afiliación nos indican que en lo que llevamos de año han desaparecido 79.000 puestos de trabajo y, según nos dicen, provienen del sector privado, pues el público cuenta con casi 11.000 contratos más. Una cantidad, la de la contratación pública, que algunos ponen en cuarentena y atribuyen a un baile de reconversiones y contratos entre funcionarios que antes pertenecían a la Mutualidad General de Funcionarios Civiles del Estado(MUFACE) y ahora al régimen general de la Seguridad Social, por lo que se trataría de contratos reconvertidos, pero no nuevos puestos de trabajo.

Un trabajo que cada día es más precario, pero no lo suficiente para algunos. La semana pasada la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica de Oriol, llegaba con una solución debajo del brazo que consistía en bajar todavía más el salario mínimo profesional a las personas sin formación. Según ella, es necesario “dar un trato desigual a formación desigual”, y para ello quiere «sacar a los nini (jóvenes que ni estudian ni trabajan) del limbo en el que viven», culpabilizando una vez a la juventud de la desidia del país y aumentando desde la falta de empatía y el desprecio de los términos utilizados a los más débiles. Una propuesta que acompaña a otras, que pasan por una «una segunda reforma laboral» que aproxime el coste de despido a la media europea, de aproximadamente 18 días por año trabajado.

Es curioso que este tipo de medidas, “colocarían”, según De Oriol, “a España a la cabeza” de Europa. Curioso porque estamos a la cola de Europa en muchas otras materias que parecen no preocupar a algunos de estos empresarios, tal vez porque no pasan por degradar los derechos de los trabajadores y estratificar la sociedad creando unos “ricos” con acceso a la educación, a la formación, al empleo y a sueldos como poco dignos, y una masa de “pobres”, que den servicio a la élite a costa de un poco de dinero que les permita sobrevivir (que parece que algunos piensan que para otros ya debería de ser suficiente).

En esta apuesta por modelos que se aproximan a la esclavitud, hay que recordarle a esta mujer que en la actualidad el salario mínimo profesional se encuentra congelado en los 654,30 euros al mes. Hay que recordarle que con eso no se paga ni siquiera un alquiler, y mucho menos una matrícula para la universidad, que parece que ha dejado de ser un elemento de movilidad social, tal vez porque ya eso no interesa. Dice que el salario mínimo debería aplicarse solamente “a partir de que se tenga cualificación o se haya hecho formación dual» porque hay jóvenes que no producen lo que cobran. Digo yo, que en ese caso, habría que disminuir –y mucho—el salario a los grandes empresarios y a los directivos que ocupan puestos ejecutivos. Esos que, cuando suman a su salario base, los incrementos derivados de su antigüedad en la empresa, los trienios, los bonus, y los mil complementos que tienen, como por ejemplo, tener un teléfono de empresa con llamadas a cargo de esta, o tener Internet gratis en casa (que aunque parezca mentira, aparte del ahorro que les supone, son una fuente de ingreso extra en sus nóminas mensuales), ganan la friolera de cientos de miles de euros…algunos, casi el millón. Perdónenme, pero dudo mucho, sin menospreciar el trabajo de nadie que no caeré yo en demagogia barata, que un ser humano en un año, produzca el equivalente a la vida laboral de más de veinte personas (también repito este argumento, pero es que lo obvio a veces hay que repetirlo, a ver si los interesados empiezan a escuchar).

Me pregunto yo, para cuándo gente tan ilustre, van a proponer medidas que eviten que empresas con beneficios no puedan despedir a sus trabajadores, o no puedan acogerse a planes de deslocalización, con el objetivo de “abaratar costes” e incrementar sus beneficios. La mano de obra es un factor de producción igual que el capital o la tecnología, pero la idea de invertir en el llamado capital humano parece que ha perdido valor, y lo que importa es que en contabilidad, los salarios se consideran un coste y las políticas de ahorro pasan por reducir los sueldos, que son los que afectan directamente a los trabajadores de base. Los beneficios dejémoslos para los “extras” que se suman a los sueldos, de por síastronómicos de las cúpulas directivas, que han visto en la maximización de beneficios, la estrategia para perpetuar sus privilegios. Espero que la idea de la esclavitud no se sume a los motivos de alegría que hacen que el señor Rajoy se sienta feliz. Tal vez el realismo, en esta época de sufrimiento social, sea más necesario para evitar tragedias mayores.