Allí cada uno va a lo suyo: a relacionarse profesionalmente, a cerrar la agenda con citas y contactos, a estrechar manos y firmar acuerdos, a dejarse ver y pasearse por pasillos, …. Porque como señalaba David Kirkpatrick, fundador de Techonomy, “es como un servicio de citas rápidas”.

Por cierto, ¿a qué han ido Ana Botella y el Ministro Soria? ¡Magnífica representación del Gobierno español! Lo único que demuestra es que al Gobierno español Davos no le merece ninguna confianza, ni económica ni política.

El origen de Davos eran los debates públicos y discusiones para intercambiar ideas sobre problemas de la economía mundial y sus posibles soluciones, pero hoy este objetivo queda algo escorado, porque la verdadera finalidad de ir a Davos es como acudir a una Feria Expositiva Mundial de los más afamados hombres de negocios bajo la supervisión de la política mundial. Así lo ha declarado a los medios de comunicación Moises Maím, que señala: “En otras ediciones, el segundo día ya se sabía cuál era el mensaje de Davos pero ahora parece que lo de menos son los debates”.

¿Quiere decir esto que en Davos no se hablará de los problemas que tiene la Economía Mundial? ¿De cuál ha sido el origen de la crisis europea y qué hacer para no repetirla?

¿Se hablará en Davos de la desigualdad que aumenta de forma imparable pese al crecimiento económico? ¿Se hablará de la concentración de riqueza? ¿Se hablará de cómo solucionar los problemas de hambruna generados, entre otras cosas, por el aumento y especulación de los alimentos?

¿Se hablará de cómo es posible que tener empleo (cuando se tiene, porque encontrar empleo en España se ha convertido en una misión imposible) en

los países del Sur de Europa ya no supone vivir con dignidad, porque no alcanza para llegar a final de mes?

¿Se hablará en Davos de cuándo pagarán los Bancos el rescate con dinero público, que todavía pesa sobre las espaldas de los ciudadanos?

¿Hablarán los que hacen negocios y se estrechan manos de si es posible hacer economía sin la corrupción, los tratos de favor, los paraísos fiscales, y demás corruptelas que están pudriendo nuestras sociedades?

¿De qué se hablará en Davos que pueda interesarnos a la mayoría de la población?

El inicio del siglo XXI ha marcado ya cuál será el principal problema del ser humano: la Desigualdad. La ONG Oxfam Intermón ha presentado en el Foro Económico Mundial de Davos su informe sobre la desigualdad y la pobreza, donde señala datos tan escalofriantes como que “85 individuos acumulan tanta riqueza como los 3.570 millones de personas que forman la mitad más pobre de la población mundial. O que la mitad de la riqueza de todo el mundo está en manos de apenas el 1% de la población. Eso sin contar, advierte el informe, “con que una considerable cantidad de esta riqueza está oculta en paraísos fiscales”.

Ya sé que a Davos no van los 3.570 millones de personas pobres que no pueden pagarse la estancia (si pudieran pagarla no estarían en esa orilla del mundo), ni tampoco el común de la mayoría social.

Pero los que asisten a Davos tienen una responsabilidad única. Quienes tienen la posibilidad de estar frente a un micrófono, disponer de una voz pública, poder expresar abiertamente lo que tantos otros millones de personas no podrán hacerlo nunca, tienen la inmensa responsabilidad de representar a quienes no pueden hablar en su propio nombre.

Nos encontramos en una época histórica en la que somos capaces de combatir la pobreza, disponemos de suficientes recursos y tecnología para eliminar la mayor injusticia de nuestras sociedades. Tenemos capacidad, pero no voluntad. Y lo que es peor, nadie se siente responsable de la suerte de los demás. Lo que ocurre es que esa “mala suerte” que sufren muchos es absolutamente provocada, pero nadie quiere sentirse responsable de ello.

Que la desigualdad se haya convertido en la seña de identidad de la sociedad del Siglo XXI pone en jaque todo el pensamiento moral y económico de la Humanidad. Ya sabemos que la desigualdad no es un problema exclusivo de nuestra época, sino que se arrastra desde el origen de nuestra civilización, pero resulta incomprensible que no hayamos avanzado en su solución cuando disponemos de los medios para ello, tanto técnicos como legislativos, sino más bien al contrario, parece que las recetas para paliar la desigualdad se difuminan y cada vez más tenemos la impresión de que la desigualdad ha venido para quedarse.