El engranaje financiero se ideó como herramienta eficaz para la facilitación de las transacciones del mercado de productos y servicios. En algún momento de la historia la ficción del dinero viajante adquirió vida propia, hasta el punto de que en la actualidad los intereses y las estrategias de esta ficción chocan y se superponen sobre los intereses de la economía y de la sociedad que los crearon. Y nadie parece capaz de poner fin a tamaño sinsentido.

El colapso de bancos, brokers, fondos, bonos y agencias de calificación nos ha sumergido en la mayor crisis económica desde la Gran Depresión, y después de sacrificar miles de millones en su rescate, ahora vuelven a las andadas de la especulación y el pillaje. No solo no ayudan a recuperar la actividad económica y el empleo que se destruyó por su culpa. Es que perseveran en la práctica del casino global, con riesgo serio de llevarnos a todos a la ruina. Pero insisto: nadie les para.

La experiencia nos proporciona lecciones muy dolorosas sobre el destino de los mercados sin regulación ni control. La ley de la selva conduce al caos y al desastre. Y la falta de límites, de normas y de regulación en los mercados financieros internacionales se encuentra en la raíz de los problemas que están arrasando Grecia, y que amenazan con incendiar toda Europa.

En lugar de correr de un lado para otro taponando vías de agua cada vez más intratables, los líderes europeos harían bien llevando la nave a puerto y sometiéndola a un proceso de revisión y reconstrucción. El sistema financiero requiere de normas y procedimientos reglados que aseguren su servicio positivo a la economía real, y que imposibiliten las burbujas, los craks y las conductas puramente especulativas.

Los ciudadanos no terminan de entender cómo es posible que las autoridades europeas puedan regular las transacciones comerciales más nimias en el último rincón del continente, y sin embargo se muestren incapaces de establecer unas normas básicas para impedir que los tiburones financieros engorden y engorden a costa de llevarnos al desastre.

Los diputados españoles que estamos redactando la Ley de Puertos no podemos bonificar las tasas a aplicar sobre el pasaje de viajeros a nuestras islas, porque la regulación europea lo impide. Las industrias alimenticias deben vigilar en extremo la composición de los aditivos en sus productos, porque las instituciones europeas pueden bloquear su comercialización ipso-facto. La vigilancia de Europa sobre las ayudas públicas a la última huerta murciana o a la última vaquería gallega resulta implacable. Las normas europeas a aplicar sobre la producción de petardos para los niños son kilométricas. Sin embargo, cuatro brokers deciden una mañana apostar concertadamente por la ruina de todo un país, y ¿Europa no puede hacer nada?

La mayoría hemos admitido ya que el mercado reglado es una buena herramienta para asignar recursos. Ahora bien, un mercado sin más regla que la ley de la selva resulta inestable, ineficiente e injusto. Y si se trata de un mercado de dinero, es pura dinamita.

Procuremos reaccionar antes de que nos reviente a todos.